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Silvia Nanclares

Escritora, editora pro-am y activista cultural. Utiliza la ficción y el humor para entender la realidad y tratar de contarla. Trabaja e investiga en la órbita de la literatura, el mundo editorial y la Cultura Libre, desarrollando e impulsando proyectos colectivos como Helvéticas, Escuela de Escritoras o #bookcamping, colectivo de archivo e investigación editorial.

Ha publicado la colección de relatos El Sur: Instrucciones de Uso (bucolicas.cc) y colabora periódicamente en publicaciones como Diagonal o Vacaciones en Polonia. Mantiene su blog  Entorno de Posibilidades.

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El baile de la desescalada

También podría llamarse el baile de la evitación. Pina Bausch, la genial coreógrafa alemana, decía que solía pasar horas observando a sus vecinos moverse por la ciudad. De allí sacaba algunos de sus característicos pasos que hacen de sus coreografías algo inconfundible. Movimientos orgánicos que hoy se asocian con la esencia de lo que llamamos danza contemporánea.

¿Cómo sería hoy la danza contemporánea que inspiraría a Pina? Tiempos, tiempos salvajes, cantaban Los Ilegales. Tiempos nuevos, danzas salvajes. No. Tiempos nuevos, danzas disciplinadas. Danzas del mantener la distancia, todo un reto, danzas de las miradas sin poder descifrar el 90% de lo que antes nos revelaba la expresión no verbal de la cara, danza de la inquisición: yo te miro, te examino, ¿es tu hora?, ¿por qué no llevas mascarilla? Me detengo en seco porque viene alguien de frente y la acera es más bien estrecha.

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El rojo del amanecer

Hace una semana experimenté por primera vez una sensación que, de tan natural, de tan deseada, ya había olvidado. La de estar en casa sola. Sola por primera vez desde hace más de cuarenta días. Me limité a escuchar, a sentir la soledad, el vacío de la casa, algo para mí tan necesario. Tanto que ni era consciente de que me estaba faltando. Justo salí del silencio que me regalaba el último real decreto del estado de alarma (tenía solo una hora sola, el tiempo corría en contra) para volver a escuchar la primera entrega del podcast especial confinamiento de Sangre Fucsia, donde Laura Gaelx, hablando de soledad y vejez, mencionaba a Maruja Mallo, retumbando: "Mi mayor capital es la soledad porque me lo ha dado todo". Restaban ya menos de diez minutos para que volvieran mi hijo y su padre de su también anhelado primer paseo. ¿Por qué presiento que expresar en alto este placer será impopular? La soledad como privilegio.

Porque esa misma mañana había hablado con mi madre. "No sabes lo sola que estoy", me dice. No, no lo sé. Yo llevo conviviendo casi dos meses con dos personas 24 horas, una de ellas de veinte meses, con una demanda de necesidad y atención vampírica y chispeante. Yo de lo que tenía era sed de esto, de experimentar la soledad. Sin más. Qué placer. Para las mujeres, la soledad buscada (la lucha del "ser para sí" constitutivo de la identidad masculina vs el "ser para otros" de la femenina) será siempre un placer culpable. Pero también nos queda la risa de la Medusa y el placer de la subversión antes de volver a estar disponibles.

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Primeras necesidades

Busco por toda la casa un cuaderno. Sin éxito. Se me ha terminado el mío, después de escribir hasta en las guardas y las tapas. ¿Y ahora qué? Hay folios. No es lo mismo. Necesito un buen fajo de hojas encuadernadas donde escribir a mano y darme cuenta de que pasan los días. Tengo la letra enorme y no me cunden las libretitas para divagar. Para hablar conmigo misma. A veces es mi único espacio de soledad en esta casa. Me dice J. que en Carrefour hay cuadernos. Pero me da miedo salir a la calle por eso, hasta ahí llega mi nivel de indefensión aprendida. Tengo miedo de la Policía. Aunque por este barrio está más ocupada haciendo redadas racistas que chequeando si las vecinas salen a por algo esencial o no. ¿Cómo le explico que para mí un cuaderno lo es? ¿Pero qué se habrá creído esta señora?

Aun así, me calzo las botas. Hoy me toca la compra a mí. Vivo con extrañamiento el acto de atarme los cordones, el abrigo y el bolso. Paso a ver a Adoración, mi vecina, 89 años. Insiste en que entre en su casa y yo que no, que imposible, que no quiero ponerla en riesgo, que voy con el niño, además. Se ve que por más que racionalmente patalee, una parte de mí muy dócil ha interiorizado lo de los "pequeños y peligrosos vectores de contagio". Pues si mi hijo es un vector, yo soy una derivada. Le recuerdo a Adoración que tiene mi teléfono, por si acaso, después de saber que una hija suya le ha llenado la despensa hasta reventar. Y que las vecinas de nuestro rellano, todas mayores, todas antiguas, se chequean diariamente. Me quedo más tranquila.

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Su amiga estupenda

¿Siguen existiendo las necrológicas? De pequeña leía cada día las de El País en papel. Me llamaba la atención los nombres estrambóticos de las señoras mayores. Antera Domínguez del Valle, 91. Saturnina López González, 89. De vez en cuando resaltaba entre el mar apretado de nombres de tinta alguna otra edad: 24. Muy raramente: 9. La gente de 75 años me parecía entonces muy mayor, anciana. Ahora, ya no. Ahora, alguna de la gente que más quiero ronda esa edad. Joaquina Moreno, 75. Una de las mejores amigas de mi madre. No saldrá en ninguna necrológica porque no hay necrológicas en estos días. No hay suficiente espacio en Internet para tanta indignidad.

En estos días veo a pedazos, robados al cuidado, al teletrabajo y a la siesta, La amiga estupenda, la serie de HBO adaptación de la tetralogía de Elena Ferrante. "Es demasiado realista", me dice mi madre. Me duele, porque se parece demasiado a una parte de mi vida, de mi juventud, me quiere decir. Cuando leímos los libros, que devoramos y nos intercambiamos adictivamente, mi madre ya me lo comentó, y yo también supe reconocer las huellas de lo que me transmitían las infancias de mis dos padres, niños de barrio parecidos a los barrios napolitanos de las protagonistas, Lila y Lenù. Comentamos con detalle ese pasaje del principio, quien lo leyó no lo olvida, donde se describe cómo entonces la cotidianidad estaba impregnada de violencia, se mascaba en la calle, en el trabajo, en las caras de la gente. Ahora nos hemos vuelto más limpios, hablamos más fino y tenemos aplicaciones en el móvil, pero seguimos siendo hijos y nietos de esa violencia. Una violencia histórica que se ha sofisticado progresivamente, pero, ¿cómo vamos a aprender a digerirla?

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Criaturas del confinamiento

La última salida que hice antes de que se declarara el estado de alarma fue a la librería de Cris. En vista de lo visto, necesitaba el último de Mariana Enríquez, Nuestra parte de la noche. No sé si fue la mejor decisión. Pero aquí estoy, enganchadísima a esta huida del padre e hijo protagonistas hacia un mundo oscuro y desconocido. Es un tocho y eso me reconforta, no quiero quedarme sin lectura durante las noches de insomnio recurrente.

La primera medida contra el coronavirus fue suspender la asistencia a clase en todos los ciclos educativos. Nuestro primer conato de acción de protesta fue al día siguiente y en favor de las educadoras de la escuela municipal de nuestro hijo. En cuanto supimos que estaban en capilla de un ERTE debido a la amenaza de impago del Ayuntamiento. Indignados por la falta de reconocimiento del primer ciclo de educación infantil y por la situación vulnerable en que esto dejaba a las personas que, muchos días, pasan más tiempo que nosotros con nuestras criaturas, preparamos una carta de apoyo desde la AMPA. Esa falta de respeto hacia la infancia sería la primera de muchas de las que se habrían de producir en esta crisis.

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Desde mi trinchera

Os escribo esta carta desde mi trinchera. Las Trincheras permanentes. Así las llamó mi querida Carolina León. En ellas vivo desde que di a luz. Desde que traje al mundo a mi hijo. Dar a luz, traer al mundo. Dame, tráeme. Formulaciones elocuentes para entender lo que cuece a este lado de los hogares en nuestro orden social. Empecé la semana quedando para escribir un guion con mi amiga M. A las dos nos palpita el pecho del estrés, de ir de un lado a otro enlazando proyectos para conseguir un sueldo decente al mes. Ha aprovechado, la ciudad es cíclica en sus tareas para las mujeres, trabajo y cuidados se unen en una espiral sin fin, para traer una bolsa de ropa de su niño, que es algo mayor que el mío, como hace cada pocos meses. Nuestros compañeros son hombres comprometidos en distintas intensidades. Si fuéramos un pelín más cínicas, los llamaríamos aliados.

Pero las dos sabemos que toda la ropa que ha entrado en nuestras respectivas casas ha sido recepcionada y gestionada por nosotras. Dame, tráeme. Ellos no se pasan bolsas de ropa. Ellos, al menos motu propio, no organizan prendas por estaciones, no fichan qué le falta al niño, no descartan, no reservan, no preparan bolsas pensando en otros amigos con criaturas más pequeñas. No hay bolsas de ropa rulando en el grupo de padres, salvo excepciones excepcionales que confirman la norma. Esa es una de las muchas cuestiones del desvalorizado mundo de los cuidados que no va con ellos. Y yo soy privilegiada, le digo a M. mientras engullimos un pincho antes de salir disparadas camino a la escuelita: me junté con un hombre de los que traía mucho trecho avanzado gracias a un montón de amigas feministas. Nunca os lo agradeceré suficiente, hermanas.

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No me la dejes en sombra

Leo en estos días incansablemente a Proust. Lo hago para no hacerme mayor del todo. Lo hago porque en Fun Home, Alison Bechdel dice algo así como que la madurez (léase vejez, para nosotras) comienza cuando reconoces que ya no leerás En busca del tiempo perdido. Cumplo 45 años, tengo un hijo de 18 meses, trato por todos los medios de detener el tiempo. Y lo hago, como con todo, a través de la literatura. Me levanto a las seis de la mañana, sigilosa: si por casualidad mi cachorro me llegara a oler, despídete del plan. Me hago un café, victoria, y voy leyendo de a poquito, apenas diez páginas al día, como un mantra, como una meditación, como una ladrona. Leo el primer tomo, leo el segundo tomo. Proverbial es la cantidad de leísmos de la traducción de estos primeros tomos, realizada por el poeta Pedro Salinas, al que todo se le perdona. La Recherche en castellano es a ti debida, Pedro. Autoridad. Yo sigo con mi plan, extasiada ante el genio de Proust, hasta disfrutando de las patadas leístas en el costado de la lectura. Porque las perpreta Salinas, quien escribió los versos de La voz a ti debida para Katherine R. Witmmore, mujer en sombra, de cuya existencia no supimos hasta que póstumamente pudieron leerse sus cartas de amor.

Estrenan Elena Fortún, de María Folguera, en el Centro Dramático Nacional. Otra mujer en sombra, no de la escritura, sino vitalmente –y no cuento más–, acompañada de otra ensombrecida, María de la O Lejárraga. Fortún y Lejárraga: la segunda saca de las sombras a la primera, animándola a que lleve sus escritos a la redacción de ABC, seguro que cuadran para el suplemento Blanco y Negro, incapaz ella misma de salir de la sombra alargada de las candilejas de su marido, presunto dramaturgo de renombre, Gregorio Martínez Sierra.

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Una semana como otra cualquiera

Escribo esto mientras duermes tu siesta de la mañana en el sofá. Sobre tu cabeza sobrevuelan cazas camino del Paseo de La Castellana. ¿Qué podría contarte acerca de estos años cuando seas mayor? ¿De estos meses? ¿De esta semana? Antes de nada, te diría que el año en que tú naciste, 2018, la mayoría de edad del siglo, no se falló el premio Nobel de Literatura. Todo porque dos académicas de la Academia sueca habían dejado sus puestos rompiendo la posibilidad de quórum. Habían abandonado sus sillones después de un "turbio suceso", como lo calificó la prensa, suceso, como muchos de los otros que se destaparon en esos años, tenían que ver con el abuso de poder y el acoso sexual (que en muchas ocasiones, y detentado aquel en su mayoría por hombres, viene a ser lo mismo).

Cuando despiertes tendré que dejar de escribir, así que más me vale apresurarme. Llorarás para que acuda, te cogeré en brazos, te daré agua, te diré palabras en nuestro idioma secreto, te daré algo de fruta y saldremos a pasear. Por el cielo seguirán surcando los F-16. Iremos a un solar del barrio liberado para el vecindario que había en la calle Doctor Fourquet, con correpasillos comunales que te hacían feliz, estabas por soltarte a caminar. Allí nos encontraremos a Mariana, que viene a estudiar aquí, acá, como ella dice, en su casa están fumigando debido a la segunda plaga de chinches en lo que va de año. Lleva en España menos de un año, llegó justo antes de que Macri hipotecara su país. Trataremos de tomarnos un café y un pedazo de bizcocho en el bar de enfrente. No lo haremos (precios prohibitivos) y nos enfadaremos con los dueños de la cafetería, que se enorgullecen de moler el café (roasted) y de ser displicentes con dos personas como nosotras, cero trendys a sus ojos. Una madre mayor y una sudaca. Mariana no entiende el despliegue militar para celebrar lo que en su pueblo es el día en que se recuerdan las masacres indígenas perpretadas por los mismos que son homenajeados aquí. Acá.

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Bailamos en cadenas

La semana pasada tuve la suerte de acompañar a dos escritoras jóvenes en la presentación del libro de una de ellas. La que publica libro, Noemí López Trujillo, insiste en que es periodista, pero yo le digo que no, que cuando se escribe así de bien, lo que brilla, junto a la documentación y la rigurosidad, es la escritura, sin más. Y que eso es lo bueno. La otra escritora, Alba Carballal, asiente mientras me mira. Estamos contentas, la presentación ha ido bien y ahora podemos dar cuenta de unas buenas y merecidas cañas. Siento que me han investido con una suerte autoridad, entre otras cosas, porque tengo quince años más que ellas. Cuando la periodista nació (1988), yo ya andaba por el parque de mi barrio probando cigarros y besos. Cuando nació la escritora (1992), yo hacía cola en la Expo junto a mis padres. Mi primera infancia llegó a ser en blanco y negro (1975). Y en 2008, cuando descarrilamos de la Champions, yo creí aquello de que la crisis sería una nube pasajera en nuestra biografía. Para ellas, sin embargo, la crisis es el aire que respiran. Ha perdido, por tanto, su carácter episódico. Deberíamos inventar un nuevo nombre para ella, por ejemplo, paisaje vital. O posguerra. Ah, no, ese no, que está pillado por la generación de nuestras tías y abuelas.

Durante la presentación nos hemos sentado en sillas yuxtapuestas, como representantes de las distintas décadas en las que hemos nacido. 90s, 80s, 70s. "Bailamos en cadenas". En mi cabeza, resuena esa máxima de José Sanchis Sinisterra. Empleaba la frase a menudo, para mostrarnos cómo todos los textos nacen siempre de otros textos, cómo las generaciones bailan como estamos nosotras tres hoy aquí, muy juntitas. Felizmente encadenadas. Pero las cadenas también tienen un componente restrictivo: las generaciones compartimos opresiones que no hemos sido capaces de liberar y, por ello, dejamos en herencia para las siguientes. Bailando entre lo que nos une, lo que nos separa y lo que nos atenaza, pasamos la presentación abordando las diferentes cuestiones que el libro (brillante) de Noemí contiene. Tomando como pretexto la dificultad de las españolas para tener hijos en condiciones dignas, la periodista ha hecho una radiografía precisa y escalofriante de su clase social, el precariado. De la que, de nuevo encadenadas por el lado oscuro, formamos parte las tres generaciones. Ella describe con exhaustividad, objetivando con números y formas tangibles, la precariedad de su generación, la Y, o millenial, la que lo tiene jodido.

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La alegría pública

Escribo esta columna desde un bar en Méndez Álvaro, Madrid. Una franquicia, que siempre son más frías y menos literarias. No sé si podríamos llamar a esto un barrio. ¿El barrio de la Estación Sur? ¿Del Planetario? Todas las casas y edificios de oficinas son muy nuevos y el comercio pequeño brilla por su ausencia. Como me dijo una madre vecina de esta zona en una ocasión: "Aquí puedes coger un bus a cualquier parte de Europa y más allá, trenes a todas las ciudades de España, pero no puedes ir andando a comprar un lápiz". He dicho "una madre" con toda la intención, porque cuando te conviertes en eso, en madre, tu percepción de la ciudad, de la calle, de los servicios públicos, cambia radicalmente. Descubres la alegría pública. Te empieza a importar menos tu realización personal (sea lo que sea eso) que poder meter tu carrito en el bus que te lleva a la escuelita. O poder pagar dicha escuela, o tener amigas o familiares que puedan quedarse con tu hijo, o tener una buena pediatra (o una pediatra, sin más) en el Centro de Salud. De pronto, todos esas cosas se convierten en indicadores de la medida de tu felicidad. Por ejemplo, un lápiz deja de ser una herramienta de otro siglo para conectarte con el proceso de adaptación de tu hijo al nuevo curso. 

Escribo esta columna desde un bar de Méndez Álvaro mientras mi hijo pasa su primera hora solo en la escuela del Ayuntamiento de Madrid en la que ha sido admitido (insertar aquí confeti, marcha triunfal, flash mob o cualquier otra cosa que remita a un entusiasmo desbordante). No me quedo corta si os digo que esta ha sido una de las alegrías del año para la familia de quien suscribe. No, no ha sido ir de vacaciones a un sitio insospechado y maravilloso, o haber sido capaz de haber seguido escribiendo, o haber recuperado el cuerpo que tenía antes de parir gracias al Vikram Yoga, o haber participado en proyectos novedosos y/o bien pagados. No, nada de esto ha ocurrido, y todo ello, sin duda, habría supuesto una gran dosis de alegría en mi vida A.M. (Antes de la Maternidad). Pero no, de las mejores cosas que me (nos) ha pasado este año es eso: que nos han dado plaza en la escuela infantil pública. 

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