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Silvia Nanclares

Escritora, editora pro-am y activista cultural. Utiliza la ficción y el humor para entender la realidad y tratar de contarla. Trabaja e investiga en la órbita de la literatura, el mundo editorial y la Cultura Libre, desarrollando e impulsando proyectos colectivos como Helvéticas, Escuela de Escritoras o #bookcamping, colectivo de archivo e investigación editorial.

Ha publicado la colección de relatos El Sur: Instrucciones de Uso (bucolicas.cc) y colabora periódicamente en publicaciones como Diagonal o Vacaciones en Polonia. Mantiene su blog  Entorno de Posibilidades.

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Una semana como otra cualquiera

Escribo esto mientras duermes tu siesta de la mañana en el sofá. Sobre tu cabeza sobrevuelan cazas camino del Paseo de La Castellana. ¿Qué podría contarte acerca de estos años cuando seas mayor? ¿De estos meses? ¿De esta semana? Antes de nada, te diría que el año en que tú naciste, 2018, la mayoría de edad del siglo, no se falló el premio Nobel de Literatura. Todo porque dos académicas de la Academia sueca habían dejado sus puestos rompiendo la posibilidad de quórum. Habían abandonado sus sillones después de un "turbio suceso", como lo calificó la prensa, suceso, como muchos de los otros que se destaparon en esos años, tenían que ver con el abuso de poder y el acoso sexual (que en muchas ocasiones, y detentado aquel en su mayoría por hombres, viene a ser lo mismo).

Cuando despiertes tendré que dejar de escribir, así que más me vale apresurarme. Llorarás para que acuda, te cogeré en brazos, te daré agua, te diré palabras en nuestro idioma secreto, te daré algo de fruta y saldremos a pasear. Por el cielo seguirán surcando los F-16. Iremos a un solar del barrio liberado para el vecindario que había en la calle Doctor Fourquet, con correpasillos comunales que te hacían feliz, estabas por soltarte a caminar. Allí nos encontraremos a Mariana, que viene a estudiar aquí, acá, como ella dice, en su casa están fumigando debido a la segunda plaga de chinches en lo que va de año. Lleva en España menos de un año, llegó justo antes de que Macri hipotecara su país. Trataremos de tomarnos un café y un pedazo de bizcocho en el bar de enfrente. No lo haremos (precios prohibitivos) y nos enfadaremos con los dueños de la cafetería, que se enorgullecen de moler el café (roasted) y de ser displicentes con dos personas como nosotras, cero trendys a sus ojos. Una madre mayor y una sudaca. Mariana no entiende el despliegue militar para celebrar lo que en su pueblo es el día en que se recuerdan las masacres indígenas perpretadas por los mismos que son homenajeados aquí. Acá.

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Bailamos en cadenas

La semana pasada tuve la suerte de acompañar a dos escritoras jóvenes en la presentación del libro de una de ellas. La que publica libro, Noemí López Trujillo, insiste en que es periodista, pero yo le digo que no, que cuando se escribe así de bien, lo que brilla, junto a la documentación y la rigurosidad, es la escritura, sin más. Y que eso es lo bueno. La otra escritora, Alba Carballal, asiente mientras me mira. Estamos contentas, la presentación ha ido bien y ahora podemos dar cuenta de unas buenas y merecidas cañas. Siento que me han investido con una suerte autoridad, entre otras cosas, porque tengo quince años más que ellas. Cuando la periodista nació (1988), yo ya andaba por el parque de mi barrio probando cigarros y besos. Cuando nació la escritora (1992), yo hacía cola en la Expo junto a mis padres. Mi primera infancia llegó a ser en blanco y negro (1975). Y en 2008, cuando descarrilamos de la Champions, yo creí aquello de que la crisis sería una nube pasajera en nuestra biografía. Para ellas, sin embargo, la crisis es el aire que respiran. Ha perdido, por tanto, su carácter episódico. Deberíamos inventar un nuevo nombre para ella, por ejemplo, paisaje vital. O posguerra. Ah, no, ese no, que está pillado por la generación de nuestras tías y abuelas.

Durante la presentación nos hemos sentado en sillas yuxtapuestas, como representantes de las distintas décadas en las que hemos nacido. 90s, 80s, 70s. "Bailamos en cadenas". En mi cabeza, resuena esa máxima de José Sanchis Sinisterra. Empleaba la frase a menudo, para mostrarnos cómo todos los textos nacen siempre de otros textos, cómo las generaciones bailan como estamos nosotras tres hoy aquí, muy juntitas. Felizmente encadenadas. Pero las cadenas también tienen un componente restrictivo: las generaciones compartimos opresiones que no hemos sido capaces de liberar y, por ello, dejamos en herencia para las siguientes. Bailando entre lo que nos une, lo que nos separa y lo que nos atenaza, pasamos la presentación abordando las diferentes cuestiones que el libro (brillante) de Noemí contiene. Tomando como pretexto la dificultad de las españolas para tener hijos en condiciones dignas, la periodista ha hecho una radiografía precisa y escalofriante de su clase social, el precariado. De la que, de nuevo encadenadas por el lado oscuro, formamos parte las tres generaciones. Ella describe con exhaustividad, objetivando con números y formas tangibles, la precariedad de su generación, la Y, o millenial, la que lo tiene jodido.

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La alegría pública

Escribo esta columna desde un bar en Méndez Álvaro, Madrid. Una franquicia, que siempre son más frías y menos literarias. No sé si podríamos llamar a esto un barrio. ¿El barrio de la Estación Sur? ¿Del Planetario? Todas las casas y edificios de oficinas son muy nuevos y el comercio pequeño brilla por su ausencia. Como me dijo una madre vecina de esta zona en una ocasión: "Aquí puedes coger un bus a cualquier parte de Europa y más allá, trenes a todas las ciudades de España, pero no puedes ir andando a comprar un lápiz". He dicho "una madre" con toda la intención, porque cuando te conviertes en eso, en madre, tu percepción de la ciudad, de la calle, de los servicios públicos, cambia radicalmente. Descubres la alegría pública. Te empieza a importar menos tu realización personal (sea lo que sea eso) que poder meter tu carrito en el bus que te lleva a la escuelita. O poder pagar dicha escuela, o tener amigas o familiares que puedan quedarse con tu hijo, o tener una buena pediatra (o una pediatra, sin más) en el Centro de Salud. De pronto, todos esas cosas se convierten en indicadores de la medida de tu felicidad. Por ejemplo, un lápiz deja de ser una herramienta de otro siglo para conectarte con el proceso de adaptación de tu hijo al nuevo curso. 

Escribo esta columna desde un bar de Méndez Álvaro mientras mi hijo pasa su primera hora solo en la escuela del Ayuntamiento de Madrid en la que ha sido admitido (insertar aquí confeti, marcha triunfal, flash mob o cualquier otra cosa que remita a un entusiasmo desbordante). No me quedo corta si os digo que esta ha sido una de las alegrías del año para la familia de quien suscribe. No, no ha sido ir de vacaciones a un sitio insospechado y maravilloso, o haber sido capaz de haber seguido escribiendo, o haber recuperado el cuerpo que tenía antes de parir gracias al Vikram Yoga, o haber participado en proyectos novedosos y/o bien pagados. No, nada de esto ha ocurrido, y todo ello, sin duda, habría supuesto una gran dosis de alegría en mi vida A.M. (Antes de la Maternidad). Pero no, de las mejores cosas que me (nos) ha pasado este año es eso: que nos han dado plaza en la escuela infantil pública. 

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¿Qué vamos a hacer?

Convivo con varios pensionistas que viven muy bien. Gozan de buena salud, tienen la pensión máxima y dedican su tiempo a seguir descubriendo el mundo más allá de la obsesión por las dolencias médicas o el abuelismo esclavo de los que ellos mismos se quejan que abunda en su "sector". Son muy afortunados. Y tal vez sean una especie en extinción, como el atún rojo o las vacaciones pagadas. He disfrutado mucho pasando tiempo este verano en su compañía. Supongo que ser madre te saca de la zona de confort de tener zona de confort. Te convierte en puro cuerpo y te acerca a las personas más vulnerables: viejas, niños, criaturas diversas en general.  Uno de esos pensionistas, Luis, es también un queridísimo amigo. Es el padre de una de mis mejores amigas y abuelo putativo de nuestro hijo (nunca se tienen suficientes abuelas y abuelos). Nos invitó a pasar unos días a mi familia y a la de mi amiga en un sitio idílico. Pensionistas invitando a pasar unos días de vacaciones a un grupito de cuarentañeros y un bebé. Gran metáfora de los tiempos de esa España que madruga todos los meses menos, con suerte, en agosto.  

En la serie británica y distópica (¿realista?) de la BBC, Years and Years, en concreto, en el último capítulo, hay dos monólogos brutales, de esos que se te hacen un nudo y no te dejan dormir bien. Y ambos son caras de la misma moneda. El primero es el de Vivianne Rook, una suerte de Esperanza Aguirre presidenta post Brexit, donde justifica la institucionalización de las atrocidades que actualmente los estados solo perpetran mediante el laisser faire. Y si de paso se puede hacer negocio con ellas, el liberalismo justifica sus fines. "Equilibrar el sistema", lo llama ella. Unos sobran, otros son necesarios. El estado, mientras, hace caja. 

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Del centralismo también se sale

Mis padres se tomaron muy en serio la tarea de enseñarnos la península. Y digo península porque nunca fuimos a las islas, pero sí cruzamos las correspondientes fronteras hacia Portugal cuando tocaba: Viana do Castelo por arriba, Vila Real de Santo Antonio por abajo. Manteles, toallas, café. Una vez hasta cruzamos el Estrecho. Para conocer Ceuta. Y comprar cosas. Otra vez cruzamos los Pirineos hasta Andorra. También compramos cosas. En los ochenta y los noventa, comprar cosas era el modo de existir. Siempre viajábamos en coche. El coche era una extensión de nuestra casa. Allí dormíamos, merendábamos, nos peleábamos, llorábamos, nos reíamos, cantábamos. Todo sin cinturón y sin aire acondicionado, al menos hasta finales de los 90. Luego, nuestros padres se independizaron de nosotros, se compraron un Mini y nos echaron del coche. Allí solo cabía el amor de una pareja que, en sus cincuenta largos, quería dejar de cuidar y trabajar. Dedicarse a vivir.

Pero en esas travesías de nuestros agostos de infancia, aún salíamos en grupo y al alba, cargábamos el coche hasta los topes y mi padre proclamaba el mantra de la felicidad compartida: "De un tirón hasta la playa". Y yo imaginaba una recta que salía del centro del mapa y llegaba hasta el mar. Lo de un tirón no era verdad porque parábamos siempre en alguna gasolinera a mitad de camino (La Roda, La Carolina), acunados por el sonido del intermitente, cuando aún no había franquicias, y nuestros padres, cosa inaudita, nos despertaban para que desayunáramos un Donut en el correspondiente bar de carretera. Ese era para mí el pistoletazo oficial de las vacaciones. La relajación de las costumbres, la cancelación de las estrictas normas. Eramos, sin saberlo, una familia Alcántara avant la lettre y representábamos nuestro papel con una fidelidad histórica apabullante.

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Cómo escribir un buen relato

Queridos Pedro y Pablo:

(Tal vez debería dirigirme a vuestros asesores o spin doctors, pero como tradicional y deliberadamente quedan en la sombra y vosotros sois los que dais la cara o la espalda según toque, seguiré con el teatrito de la interpelación. Quienes os filtren lo que debéis leer u os comparta estos links en esos chats llamados 'War Room', 'Desembarco del Rey' o algo todavía más infantil, estoy segura de que tendrán a bien haceros llegar esta humilde columna)

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"¿Soy una mala feminista si acepto la ovodonación?" Claroscuros de una maternidad bajo el capitalismo reproductivo

Mi hijo cumplió ayer once meses, casi dos años después de que llegáramos a la casilla de la ovodonación. En su día, la toma de decisión de seguir esa bifurcación dentro del camino de la reproducción asistida fue difícil. El dilema estaba atravesado por dos fuertes escollos: por un lado, la cuestión del duelo genético (de esto ya hay demasiado escrito, no me detendré mucho en ello) y, por otro, y en mi caso específico y salvajemente cruzado con mis gafotas feministas, el conflicto ético. El primero era más inesperadamente psicoanalítico y el segundo más político, aunque en realidad se encuentran ambos mezclados en una suerte de continua paradoja: en tu maternidad, hay una ausencia de ti y una presencia de alguien desconocida.

Este vacío habitado me ha acompañado durante la toma de decisión, como digo, pero también después, a la hora de seguir el tratamiento, vivir el embarazo, el parto y parte del postparto. ¿Afectaría ese denso hueco al vínculo que estableciera con mi hijo? Una amiga vino a echarme una mano aquí, Pilar, madre de dos hijos junto a Nerea, su pareja, mediante el método ROPA (donde una de las madres gesta el óvulo de la otra) . "No siento absolutamente ninguna diferencia entre los dos, salvo por el hecho de que N. (el mayor, a partir de su óvulo y semen de donante pero gestado por su compañera), se parece un poco a mí, y me hace gracia". Pero, claro, su caso era diferente, sus condiciones materiales y simbólicas también. Ahora mi hijo y yo tenemos igualmente un vínculo incuestionable, pero ese claroscuro, "ese constante baile de opuestos y contradicciones", como dice Raquel, otra amiga madre mediante doble donación de gametos, sigue operando como un sonido de fondo.

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Es la correlación de fuerzas, estúpidos

Me despierto, desvelada, en mitad de la noche. 5:30 a. m., 28 grados. No está mal. En realidad no estoy desvelada, en realidad me ha despertado el rumor, la orquesta seca de los aparatos de aire acondicionado encendidos de un par de mis vecinos, comunicándose entre sí en el patio de luces. Digo yo que mis vecinos se echarán algo encima, aunque sea fino, si no quieren sufrir una de esas muertes absurdas, muerte por enfriamiento de lomos o por asesinato imaginario, al más puro estilo Max Aub: Lo maté por dormir con el aire acondicionado puesto. Yo duermo sin sábana y no solo me ha despertado el ruido, sino el cabreo. Me siento a escribir acompañada por el zumbido de la estupidez humana. La misma que deja los monopatines eléctricos en medio de la acera. ¿La movilidad alternativa era esto? Me pregunto mientras retiro del camino un monopatín y lo dejo en la calzada de muy malos modos, día sí, día también. Una señora airada que viene detrás de mí me dice que nunca había tenido más impedimentos a la hora de moverse con su silla de ruedas por la ciudad. ¿Cómo sería un Madrid (Sevilla, Pamplona, Puertollano) Central ampliado no sólo sin coches, sino sin estupidez humana?

Es la misma estupidez y si sigo por este camino, esta columna se la tendré que dedicar a Javier Marías, que asola (según me han contado, aún no puse un pie en la arena) las playas de motos acuáticas más allá de las boyas en todo el litoral. Me lo cuenta una amiga que acaba de volver del Cap de Sant Antoni (Denia), donde la oferta turística de vehículos a motor se ha disparado, poniendo en peligro a un montón de gente que antes se bañaba alegremente y hasta se atrevía a nadar, (dios mío, nadar, mover brazos y piernas, ¡no!, libremente) por ese espacio público tan alucinante que son las playas. Pero mi amiga no compra mi argumento de la estupidez humana. Dice que eso no explica nada, que es un argumento vacuo (lo siento, Marías). Mi amiga estudió sociología y me hace de vez en cuando comadresplaining (y yo se lo permito porque es mi amiga y porque ha estudiado). Dice que se trata de una correlación de fuerzas. Que las gentes de las motos de agua están defendiendo su derecho a elegir. La correlación de fuerzas hace que su relato, por el momento, sea ganador. Es el ejercicio de su libertad. Aham. 

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Mis privilegios en la cultura

La primera palabra que dije en un escenario profesional fue "¡Semen!" Nuestra compañera Natalia Hernández tenía una afonía radical y tuve que sustituirla en su papel de coro en la escena de la 'esfinge' (una inolvidable Eva Trancón) del texto. Como los griegos, versión enloquecida de Edipo Rey del dramaturgo británico Steven Berkoff, a la sazón primer montaje de la compañía Producciones del Callao, con Alfredo Sanzol, que era y es el director de la compañía, y de cuyo estreno se celebran en estos días veinte añazos. Recuerdo esa época como un momento maravilloso.

Yo en esa compañía empecé recogiendo basura. Era una basura valiosa, porque no era basura, era escenografía. Como perfeccioné mi destreza como recoge-basura, acabé siendo utilera, es decir, la persona que chequea y facilita que todo el vestuario y los objetos estén listos antes y durante la función. Pero había empezado recogiendo basura. Y no estaba mal, me gustaba, es un trabajo importante en cualquier función. Quiero decir, yo mimaba la basura. Pero ahora, mirando atrás (con ira), me inquieta la naturalidad con la que esa mujer de 22 años, recién terminada su carrera de Dramaturgia en la Real Escuela de Arte Dramático, con nota y parabienes de profesores como Juan Mayorga, Ignacio García May, Alonso de Santos, Eduardo Vasco (por cierto, ¿dónde estaban por aquel entonces las profesoras/autoras?), creyó que su merecido puesto era recoger la basura. En términos de charla TED, podría hacer un relato del valor de empezar desde lo subalterno. Pero no, no me quiero dejar cuestiones cruciales fuera. Me lo quiero explicar.

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En una manzana de tu ciudad

En la manzana de tu casa están contenidas las claves de tu vida. Lo dijo Georges Pèrec, o Enrique Vila-Matas, o Italo Calvino. Ya no me acuerdo. Quizá me lo inventé yo. Hace años, solo leía señoros de la literatura y sus hazañas se mezclan en mi archivo de referentes. Da igual. El caso es que en algunas manzanas de la ciudad se dan tantas capas de desigualdad que, efectivamente, contienen las claves para comprenderla entera.

C/ Embajadores / Pza. Arturo Barea

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