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Silvia Nanclares

Escritora, editora pro-am y activista cultural. Utiliza la ficción y el humor para entender la realidad y tratar de contarla. Trabaja e investiga en la órbita de la literatura, el mundo editorial y la Cultura Libre, desarrollando e impulsando proyectos colectivos como Helvéticas, Escuela de Escritoras o #bookcamping, colectivo de archivo e investigación editorial.

Ha publicado la colección de relatos El Sur: Instrucciones de Uso (bucolicas.cc) y colabora periódicamente en publicaciones como Diagonal o Vacaciones en Polonia. Mantiene su blog  Entorno de Posibilidades.

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La alegría pública

Escribo esta columna desde un bar en Méndez Álvaro, Madrid. Una franquicia, que siempre son más frías y menos literarias. No sé si podríamos llamar a esto un barrio. ¿El barrio de la Estación Sur? ¿Del Planetario? Todas las casas y edificios de oficinas son muy nuevos y el comercio pequeño brilla por su ausencia. Como me dijo una madre vecina de esta zona en una ocasión: "Aquí puedes coger un bus a cualquier parte de Europa y más allá, trenes a todas las ciudades de España, pero no puedes ir andando a comprar un lápiz". He dicho "una madre" con toda la intención, porque cuando te conviertes en eso, en madre, tu percepción de la ciudad, de la calle, de los servicios públicos, cambia radicalmente. Descubres la alegría pública. Te empieza a importar menos tu realización personal (sea lo que sea eso) que poder meter tu carrito en el bus que te lleva a la escuelita. O poder pagar dicha escuela, o tener amigas o familiares que puedan quedarse con tu hijo, o tener una buena pediatra (o una pediatra, sin más) en el Centro de Salud. De pronto, todos esas cosas se convierten en indicadores de la medida de tu felicidad. Por ejemplo, un lápiz deja de ser una herramienta de otro siglo para conectarte con el proceso de adaptación de tu hijo al nuevo curso. 

Escribo esta columna desde un bar de Méndez Álvaro mientras mi hijo pasa su primera hora solo en la escuela del Ayuntamiento de Madrid en la que ha sido admitido (insertar aquí confeti, marcha triunfal, flash mob o cualquier otra cosa que remita a un entusiasmo desbordante). No me quedo corta si os digo que esta ha sido una de las alegrías del año para la familia de quien suscribe. No, no ha sido ir de vacaciones a un sitio insospechado y maravilloso, o haber sido capaz de haber seguido escribiendo, o haber recuperado el cuerpo que tenía antes de parir gracias al Vikram Yoga, o haber participado en proyectos novedosos y/o bien pagados. No, nada de esto ha ocurrido, y todo ello, sin duda, habría supuesto una gran dosis de alegría en mi vida A.M. (Antes de la Maternidad). Pero no, de las mejores cosas que me (nos) ha pasado este año es eso: que nos han dado plaza en la escuela infantil pública. 

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¿Qué vamos a hacer?

Convivo con varios pensionistas que viven muy bien. Gozan de buena salud, tienen la pensión máxima y dedican su tiempo a seguir descubriendo el mundo más allá de la obsesión por las dolencias médicas o el abuelismo esclavo de los que ellos mismos se quejan que abunda en su "sector". Son muy afortunados. Y tal vez sean una especie en extinción, como el atún rojo o las vacaciones pagadas. He disfrutado mucho pasando tiempo este verano en su compañía. Supongo que ser madre te saca de la zona de confort de tener zona de confort. Te convierte en puro cuerpo y te acerca a las personas más vulnerables: viejas, niños, criaturas diversas en general.  Uno de esos pensionistas, Luis, es también un queridísimo amigo. Es el padre de una de mis mejores amigas y abuelo putativo de nuestro hijo (nunca se tienen suficientes abuelas y abuelos). Nos invitó a pasar unos días a mi familia y a la de mi amiga en un sitio idílico. Pensionistas invitando a pasar unos días de vacaciones a un grupito de cuarentañeros y un bebé. Gran metáfora de los tiempos de esa España que madruga todos los meses menos, con suerte, en agosto.  

En la serie británica y distópica (¿realista?) de la BBC, Years and Years, en concreto, en el último capítulo, hay dos monólogos brutales, de esos que se te hacen un nudo y no te dejan dormir bien. Y ambos son caras de la misma moneda. El primero es el de Vivianne Rook, una suerte de Esperanza Aguirre presidenta post Brexit, donde justifica la institucionalización de las atrocidades que actualmente los estados solo perpetran mediante el laisser faire. Y si de paso se puede hacer negocio con ellas, el liberalismo justifica sus fines. "Equilibrar el sistema", lo llama ella. Unos sobran, otros son necesarios. El estado, mientras, hace caja. 

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Del centralismo también se sale

Mis padres se tomaron muy en serio la tarea de enseñarnos la península. Y digo península porque nunca fuimos a las islas, pero sí cruzamos las correspondientes fronteras hacia Portugal cuando tocaba: Viana do Castelo por arriba, Vila Real de Santo Antonio por abajo. Manteles, toallas, café. Una vez hasta cruzamos el Estrecho. Para conocer Ceuta. Y comprar cosas. Otra vez cruzamos los Pirineos hasta Andorra. También compramos cosas. En los ochenta y los noventa, comprar cosas era el modo de existir. Siempre viajábamos en coche. El coche era una extensión de nuestra casa. Allí dormíamos, merendábamos, nos peleábamos, llorábamos, nos reíamos, cantábamos. Todo sin cinturón y sin aire acondicionado, al menos hasta finales de los 90. Luego, nuestros padres se independizaron de nosotros, se compraron un Mini y nos echaron del coche. Allí solo cabía el amor de una pareja que, en sus cincuenta largos, quería dejar de cuidar y trabajar. Dedicarse a vivir.

Pero en esas travesías de nuestros agostos de infancia, aún salíamos en grupo y al alba, cargábamos el coche hasta los topes y mi padre proclamaba el mantra de la felicidad compartida: "De un tirón hasta la playa". Y yo imaginaba una recta que salía del centro del mapa y llegaba hasta el mar. Lo de un tirón no era verdad porque parábamos siempre en alguna gasolinera a mitad de camino (La Roda, La Carolina), acunados por el sonido del intermitente, cuando aún no había franquicias, y nuestros padres, cosa inaudita, nos despertaban para que desayunáramos un Donut en el correspondiente bar de carretera. Ese era para mí el pistoletazo oficial de las vacaciones. La relajación de las costumbres, la cancelación de las estrictas normas. Eramos, sin saberlo, una familia Alcántara avant la lettre y representábamos nuestro papel con una fidelidad histórica apabullante.

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Cómo escribir un buen relato

Queridos Pedro y Pablo:

(Tal vez debería dirigirme a vuestros asesores o spin doctors, pero como tradicional y deliberadamente quedan en la sombra y vosotros sois los que dais la cara o la espalda según toque, seguiré con el teatrito de la interpelación. Quienes os filtren lo que debéis leer u os comparta estos links en esos chats llamados 'War Room', 'Desembarco del Rey' o algo todavía más infantil, estoy segura de que tendrán a bien haceros llegar esta humilde columna)

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"¿Soy una mala feminista si acepto la ovodonación?" Claroscuros de una maternidad bajo el capitalismo reproductivo

Mi hijo cumplió ayer once meses, casi dos años después de que llegáramos a la casilla de la ovodonación. En su día, la toma de decisión de seguir esa bifurcación dentro del camino de la reproducción asistida fue difícil. El dilema estaba atravesado por dos fuertes escollos: por un lado, la cuestión del duelo genético (de esto ya hay demasiado escrito, no me detendré mucho en ello) y, por otro, y en mi caso específico y salvajemente cruzado con mis gafotas feministas, el conflicto ético. El primero era más inesperadamente psicoanalítico y el segundo más político, aunque en realidad se encuentran ambos mezclados en una suerte de continua paradoja: en tu maternidad, hay una ausencia de ti y una presencia de alguien desconocida.

Este vacío habitado me ha acompañado durante la toma de decisión, como digo, pero también después, a la hora de seguir el tratamiento, vivir el embarazo, el parto y parte del postparto. ¿Afectaría ese denso hueco al vínculo que estableciera con mi hijo? Una amiga vino a echarme una mano aquí, Pilar, madre de dos hijos junto a Nerea, su pareja, mediante el método ROPA (donde una de las madres gesta el óvulo de la otra) . "No siento absolutamente ninguna diferencia entre los dos, salvo por el hecho de que N. (el mayor, a partir de su óvulo y semen de donante pero gestado por su compañera), se parece un poco a mí, y me hace gracia". Pero, claro, su caso era diferente, sus condiciones materiales y simbólicas también. Ahora mi hijo y yo tenemos igualmente un vínculo incuestionable, pero ese claroscuro, "ese constante baile de opuestos y contradicciones", como dice Raquel, otra amiga madre mediante doble donación de gametos, sigue operando como un sonido de fondo.

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Es la correlación de fuerzas, estúpidos

Me despierto, desvelada, en mitad de la noche. 5:30 a. m., 28 grados. No está mal. En realidad no estoy desvelada, en realidad me ha despertado el rumor, la orquesta seca de los aparatos de aire acondicionado encendidos de un par de mis vecinos, comunicándose entre sí en el patio de luces. Digo yo que mis vecinos se echarán algo encima, aunque sea fino, si no quieren sufrir una de esas muertes absurdas, muerte por enfriamiento de lomos o por asesinato imaginario, al más puro estilo Max Aub: Lo maté por dormir con el aire acondicionado puesto. Yo duermo sin sábana y no solo me ha despertado el ruido, sino el cabreo. Me siento a escribir acompañada por el zumbido de la estupidez humana. La misma que deja los monopatines eléctricos en medio de la acera. ¿La movilidad alternativa era esto? Me pregunto mientras retiro del camino un monopatín y lo dejo en la calzada de muy malos modos, día sí, día también. Una señora airada que viene detrás de mí me dice que nunca había tenido más impedimentos a la hora de moverse con su silla de ruedas por la ciudad. ¿Cómo sería un Madrid (Sevilla, Pamplona, Puertollano) Central ampliado no sólo sin coches, sino sin estupidez humana?

Es la misma estupidez y si sigo por este camino, esta columna se la tendré que dedicar a Javier Marías, que asola (según me han contado, aún no puse un pie en la arena) las playas de motos acuáticas más allá de las boyas en todo el litoral. Me lo cuenta una amiga que acaba de volver del Cap de Sant Antoni (Denia), donde la oferta turística de vehículos a motor se ha disparado, poniendo en peligro a un montón de gente que antes se bañaba alegremente y hasta se atrevía a nadar, (dios mío, nadar, mover brazos y piernas, ¡no!, libremente) por ese espacio público tan alucinante que son las playas. Pero mi amiga no compra mi argumento de la estupidez humana. Dice que eso no explica nada, que es un argumento vacuo (lo siento, Marías). Mi amiga estudió sociología y me hace de vez en cuando comadresplaining (y yo se lo permito porque es mi amiga y porque ha estudiado). Dice que se trata de una correlación de fuerzas. Que las gentes de las motos de agua están defendiendo su derecho a elegir. La correlación de fuerzas hace que su relato, por el momento, sea ganador. Es el ejercicio de su libertad. Aham. 

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Mis privilegios en la cultura

La primera palabra que dije en un escenario profesional fue "¡Semen!" Nuestra compañera Natalia Hernández tenía una afonía radical y tuve que sustituirla en su papel de coro en la escena de la 'esfinge' (una inolvidable Eva Trancón) del texto. Como los griegos, versión enloquecida de Edipo Rey del dramaturgo británico Steven Berkoff, a la sazón primer montaje de la compañía Producciones del Callao, con Alfredo Sanzol, que era y es el director de la compañía, y de cuyo estreno se celebran en estos días veinte añazos. Recuerdo esa época como un momento maravilloso.

Yo en esa compañía empecé recogiendo basura. Era una basura valiosa, porque no era basura, era escenografía. Como perfeccioné mi destreza como recoge-basura, acabé siendo utilera, es decir, la persona que chequea y facilita que todo el vestuario y los objetos estén listos antes y durante la función. Pero había empezado recogiendo basura. Y no estaba mal, me gustaba, es un trabajo importante en cualquier función. Quiero decir, yo mimaba la basura. Pero ahora, mirando atrás (con ira), me inquieta la naturalidad con la que esa mujer de 22 años, recién terminada su carrera de Dramaturgia en la Real Escuela de Arte Dramático, con nota y parabienes de profesores como Juan Mayorga, Ignacio García May, Alonso de Santos, Eduardo Vasco (por cierto, ¿dónde estaban por aquel entonces las profesoras/autoras?), creyó que su merecido puesto era recoger la basura. En términos de charla TED, podría hacer un relato del valor de empezar desde lo subalterno. Pero no, no me quiero dejar cuestiones cruciales fuera. Me lo quiero explicar.

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En una manzana de tu ciudad

En la manzana de tu casa están contenidas las claves de tu vida. Lo dijo Georges Pèrec, o Enrique Vila-Matas, o Italo Calvino. Ya no me acuerdo. Quizá me lo inventé yo. Hace años, solo leía señoros de la literatura y sus hazañas se mezclan en mi archivo de referentes. Da igual. El caso es que en algunas manzanas de la ciudad se dan tantas capas de desigualdad que, efectivamente, contienen las claves para comprenderla entera.

C/ Embajadores / Pza. Arturo Barea

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Papeletas

Era lunes y parecía que no podíamos llevar más papeletas para la tristeza, la rabia y el enfado en una misma semana. Era lunes y algunas evidencias políticas habían transformado los paisajes sociales de muchos pueblos y ciudades. Desde el jueves anterior, sin embargo, más allá de todo ambiente preelectoral, en un pueblo de Madrid, la vida se estaba volviendo cada vez más claustrofóbica para Verónica. En otra arena pública, ella ya había sido elegida. Elegida para ser señalada, cuestionada y humillada. La jornada de reflexión fue la que ella eligió a su vez para marcharse. Para salir de una ecuación imposible. Sabemos que la historia está inconclusa y que no hay hechos probados, pero sí sabemos que Verónica ya no está.

Hay un relato terrible de la ya de por sí muy terrible y siempre lúcida escritora norteamericana Shirley Jackson llamado La lotería en el que se narra la elección anual y al azar, dentro de una pequeña comunidad, de una persona para ser lapidada. Es ley de vida. Es costumbre. Alguien tiene que caer cada año y todo el pueblo lo asume como parte de la configuración social. Nadie cuestiona el hecho, todos participan en la inhumanidad como esencia de la continuidad de los lazos comunes. El cuento, escrito en 1948, provocó la repulsa de un montón de lectores de la publicación semanal en la que salió al aire, era un espejo tan real que mucha gente optó por la indignación y por culpar a la escritora por dibujarnos tan feos.

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Sacar el embarazo del armario: del miedo al hambre y las contradicciones

Acabo de entrar en el tercer trimestre. 28 semanas, séptimo mes. Quien tenga experiencia en contar el tiempo en semanas, trimestres, prácticamente días llegado un punto, sabe de lo que estoy hablando. Sabe que el tiempo y su percepción, habitualmente volátil y escurridizo, casi frenético, se convierte en otra cosa durante un embarazo. Para una persona de 43 años como yo, que un fenómeno tenga la capacidad de parar la bola de la vida, esa que cada año corre más vertiginosamente, es algo muy reseñable.

Así es el embarazo: un fenómeno físico y, si se quiere filosófico, arrinconado injustamente en la historia de nuestra cultura. Creo que por no caer en esencialismos y mistificaciones, los feminismos, las feministas, hemos contribuido en ocasiones a armarizar el proceso de la reproducción sin otorgarle la centralidad que merecen procesos tan potentes como estos, ávido de escuchar voces en primera persona más allá de las amonestaciones de los expertos o las ofertas comerciales que asolan nuestros anuncios en la red.

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