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A Trump se le pueden parar los pies, y él ya lo sabe

Corresponsal en Washington —
25 de febrero de 2026 08:06 h

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El poder de Trump tiene mucho de absoluto. Cuando paseas por las calles de Washington de vez en cuando te encuentras con carteles gigantes colgando en edificios públicos con la cara del presidente de Estados Unidos. Cualquiera diría que se trata de un gesto propio de regímenes autoritarios, y, en efecto, a veces se encuentran ciertas concomitancias.

El viernes pasado el Tribunal Supremo de EEUU paró los pies a Trump. Es la principal consecuencia de una sentencia que hay formas de sortear a través de legislaciones pensadas para poner aranceles, a diferencia de la ley de emergencia internacional que usó el presidente de EEUU como un atajo.

Pero los jueces le dijeron a Donald Trump lo que muchos venían diciendo desde hacía meses sin que el presidente de EEUU atendiera a razones: que el mecanismo que estaba eligiendo no era el correcto.

Lo que ocurre con Trump es que nunca escucha a quien le lleva la contraria, y le encanta rodearse de personas que le aplauden y pelotean sin rubor. Lo podemos ver cada día en cada acto en el que participa. Es obligatorio dedicar varios minutos a halagar al presidente de EEUU que se quiere tanto a sí mismo que no para de nombrar cosas con su apellido, desde instituciones culturales hasta cuentas corrientes, golden visas o aeropuertos y puentes si la oposición no lo impide.

Con Trump, todo va de Trump, hasta el punto de que la premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, le ha regalado la medalla de la Academia Sueca para congraciarse con el presidente de EEUU y tener un papel en la transición venezolana. Pero no lo tiene fácil, porque Trump está encantado con Delcy Rodríguez. Y lo ha vuelto a expresar este martes en su discurso sobre el estado de la Unión.

La decisión del Supremo sobre los aranceles no es la única que preocupa al presidente de EEUU.

Este lunes publicó en sus redes sociales un comentario insultante contra el Supremo porque teme perder otra de sus grandes apuestas: la eliminación de la nacionalidad por nacimiento por medio de un decreto, cuando resulta que está consagrada en la Constitución. Seguramente sea verdad que aquella decisión del siglo XIX tenía que ver con un contexto histórico diferente al actual. Pero eso ya es un juicio político, y lo que dice la enmienda 14 de la Constitución es clarísimo.

“Todas las personas nacidas o naturalizadas en los Estados Unidos, y sujetas a su jurisdicción, son ciudadanos de los Estados Unidos y del estado en el que residan”, afirma la sección 1 de la 14 enmienda de la Constitución de EEUU, redactada en 1868, estableciendo el ius soli.

La Enmienda 14 fue adoptada después de la Guerra Civil para garantizar ciudadanía a las personas anteriormente esclavizadas y evitar decisiones –como la de Dred Scott contra Sandford–, que había negado la ciudadanía a personas afrodescendientes.

“ ¿Qué más se puede pedir?”, dice Trump  en su post en Truth Social, desafiando el texto de la Constitución de EEUU: “Pero este tribunal supremo encontrará la manera de llegar a una conclusión errónea, que volverá a hacer felices y ricos a China y a otras naciones. Que nuestro tribunal supremo siga tomando decisiones malas y perjudiciales para el futuro de nuestra nación: yo tengo un trabajo que hacer”.

Pero no solo. Donald Trump es un presidente que tiene una aprobación en las encuestas en torno al 40% después de su primer año del segundo mandato, lo que puede suponer un retroceso grande en las legislativas de mitad de mandato el próximo noviembre. Y eso sí que puede afectar a la agenda de uno de los presidentes con más y mejor control del Senado y la Cámara de Representantes. Trump logró sacar su megaley fiscal a pesar de las múltiples voces en contra, y solo fue posible por su control total de los republicanos en el Capitolio.

Seguramente nunca un Congreso de EEUU fue tan complaciente con el poder legislativo como lo está siendo el actual. Y eso se puede acabar en nueve meses, poco después, además, de que venzan los 150 días con los que puede decretar aranceles globales sin pasar por el voto del Congreso. A partir de esos 150 días, Trump va a necesitar un voto en el Congreso que no se prevé nada fácil. Entre otras cosas, por lo poco populares que son los aranceles para la población general estadounidense.

En definitiva, si el Supremo sigue haciendo su trabajo con independencia y si la Casa Blanca pierde el control de alguna de las dos Cámaras del Congreso, el frenazo para las políticas del presidente de EEUU puede ser elocuente. Y Trump lo sabe.