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Los groenlandeses en Dinamarca no pueden respirar aliviados
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Los groenlandeses en Dinamarca no pueden respirar aliviados: “No se trata de geopolítica, es nuestra lucha como pueblo”

Òscar Gelis Pons

Copenhage —
24 de enero de 2026 22:22 h

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Sika Kristensen es mitad groenlandesa y mitad danesa, y vive en una isla al sur de Dinamarca. Desde que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, día tras día ha reiterado las amenazas para conquistar la isla ártica, Sika duerme mal por las noches: “Al principio sentía indignación, ahora lo que tengo es miedo de lo que Trump pueda hacer en nuestro país y de que destruya Groenlandia como la conocemos” dice. 

Desde comienzos de este año, los groenlandeses que viven en Dinamarca sienten una montaña rusa de emociones. Están lejos de la isla donde la mayoría de ellos nació, y se preocupan por sus familias y sus seres queridos que viven allí. La comunidad groenlandesa en Dinamarca equivale aproximadamente al 30% de la población de la isla, que cuenta con 56.000 habitantes. La mayoría marcharon del territorio ártico cuando eran jóvenes para obtener estudios universitarios, que en Dinamarca son gratuitos para los groenlandeses, o en busca de trabajo. 

Desde la década de 1990, los datos muestran que la emigración de Groenlandia hacia Dinamarca es neta, lo que significa que la mayoría de groenlandeses que cada año emigran del país ya no regresan. Uno de los sitios donde se reúne la comunidad en Copenhague es la Casa de Groenlandia (Kalaallit illuutaat). La misma tarde en que Trump se refería a su país en el foro económico de Davos, el centro cultural groenlandés era un bullicio de gente con una sala de actos repleta donde se celebraba un taller sobre prejuicios y racismo, con muchos asistentes también daneses. 

“No es geopolítica, es nuestra lucha como pueblo”

En enero de 2025, Sika Kristensen y su padre salieron por primera vez a la calle cuando Trump expresó su deseo de comprar la isla más grande del mundo tras ganar las elecciones presidenciales en los EEUU. “En la manifestación éramos 50 personas” señala Kristensen. El contraste es obvio con las protestas del fin de semana pasado en la capital danesa, donde alrededor de 20.000 personas dijeron al presidente de la Casa Blanca “Saca las manos de Groenlandia”. “Fue muy emocionante sentir todo este apoyo en las calles, empecé a llorar cuando llegué a casa” dice.

Julie Rademacher es portavoz de la asociación groenlandesa Uagut (Nosotros), que organizó las marchas históricas en las principales ciudades de Dinamarca y en Nuuk. Rademacher cuenta que, para los groenlandeses, “están siendo días difíciles, la gente tiene ansiedad pensando en el futuro, yo soy madre, imagínate contarles a tus hijos que tu país puede ser invadido por los EEUU, los niños se asustan” dice. 

Esta semana, Trump desde Suiza anunció un principio de acuerdo con la OTAN sobre Groenlandia, lo que ha implicado para los países europeos la retirada de la amenaza de los aranceles y una desescalada, por el momento, de la tensión sobre ese asunto. Sin embargo, los groenlandeses sienten que aún están lejos de poder respirar aliviados: “No se trata de geopolítica, se trata de nuestra existencia como pueblo indígena” defiende Rademacher, “para nosotros, es una lucha por nuestra nacionalidad, nuestra lengua y por las generaciones futuras” dice. 

Naja Blytmann Trondheim es profesora de estudios árticos en la Universidad de Copenhague y también es groenlandesa. Como profesora de lenguas inuit, subraya que “en Groenlandia somos el único país en el que los niños aprenden una lengua inuit en la escuela desde que son pequeños, ya que en Canadá y Alaska el sistema lo impide y la lengua se pierde”. Trondheim admite “sentir escalofríos” cuando ve a Trump en la televisión, “especialmente cuando se refirió a Groenlandia como ese trozo de hielo”. “Si terminamos formando parte de los EEUU, mucho me temo que nuestro idioma y cultura no se conserven”.

Gestos de aproximación de Copenhague a Nuuk 

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, el pasado mes de septiembre fue la primera dirigente en la historia del país nórdico que pidió perdón a miles de mujeres groenlandesas que fueron víctimas de una campaña de esterilización forzada llevada a cabo en los años sesenta y setenta por las autoridades danesas en la isla. Su gobierno también presentó hace un año un plan para combatir la discriminación contra los groenlandeses, por lo que Julie Rademacher piensa que “es una líder que se ha acercado a los groenlandeses y los ha escuchado mejor” dice. 

Frente a los embates expansionistas de Washington, desde los gobiernos de Copenhague y Nuuk se ha hecho un esfuerzo estas semanas para mostrar una imagen de unión frente a la adversidad. Algunos groenlandeses en Dinamarca se alegran de que los dos ejecutivos sean capaces de dejar de lado sus diferencias en estos momentos difíciles, mientras que otros lo ven como un frenazo a la celebración de un referéndum de independencia en Groenlandia y consideran responsable de ello a Dinamarca. 

Sika Kristensen piensa que “la historia y el daño colonial no se pueden reparar. Por ejemplo, en mi familia hay mujeres que no pueden tener hijos por todo lo que pasó, sin embargo, el reconocimiento es un paso más hacia el camino correcto” dice. En ese sentido, Kristensen piensa que la presión monumental causada por las amenazas norteamericanas “ha servido para abrir una puerta a reconsiderar el estatus de los groenlandeses dentro de Dinamarca y para que los daneses aprendan algo sobre nosotros” dice. 

Julie Rademacher añade que “hay una relación asimétrica entre groenlandeses y daneses, principalmente porque nosotros aprendemos mucho en la escuela sobre Dinamarca, su cultura, su lengua y su historia, sin embargo, en Dinamarca no es así” dice. Rademacher reivindica que “Groenlandia es un país moderno, es fundamental que la gente entienda que no solo somos pescadores y cazadores de focas, tenemos internet 5G y contamos con todas las posibilidades modernas que un país necesita para desarrollarse”.