La guerra contra Irán expone una debilidad estructural en el poderoso Ejército de EEUU: se queda sin misiles
Irán está explotando al máximo la escasez de munición crítica que presenta el Pentágono. Los ayatolás se aferran a su posición, conscientes de que, cuanto más tiempo pase, más se va a vaciar el arsenal estadounidense. Esta situación, sobre la que ya se había advertido al presidente estadounidense, Donald Trump, para que se lo pensara dos veces antes de lanzar la guerra contra Irán el pasado 28 de febrero, está tensando aún más las relaciones entre la cúpula militar de Estados Unidos y la Casa Blanca.
La semana pasada, fuentes militares filtraban a la cadena CNN y a la agencia Reuters que Estados Unidos ya ha gastado cerca del 80% de las municiones del sistema de defensa antimisiles en la guerra contra Teherán. Concretamente, los misiles THAAD y los interceptores Patriot, según señalaban esas mismas fuentes. En los pasillos del Pentágono se está trabajando a contrarreloj para que los contratistas aceleren la producción de armamento, según un memorando al que ha accedido el periódico The Washington Post.
En una visita de Trump el mes pasado a la Cumbre de Defensa e Innovación en Pensilvania el presidente se dirigió a los directivos de las empresas armamentísticas: “Tenemos la mejor calidad del mundo, pero necesitamos un poco más de velocidad”. La CNN señalaba que el Ejército había agotado cerca del 80% de sus interceptores THAAD y cerca del 50% de sus Patriot.
La drástica disminución de los misiles de precisión y largo alcance significa que Trump podría verse obligado a recurrir en mayor medida a misiones de bombardeos tripuladas, que son más arriesgadas, sostiene la agencia Reuters. Los misiles son, principalmente, las armas tierra-tierra del Ejército, conocidas como Sistemas de Misiles Tácticos del Ejército (ATACMS) y Misiles de Ataque de Precisión (PrSM). Según dos de las fuentes consultadas por Reuters, Estados Unidos ha utilizado “prácticamente todas” estas armas.
El secretario de Defensa adjunto, Steve Feinberg, escribió a los altos cargos de la industria armamentística el pasado miércoles y les dio 21 días para que entreguen sus planes para “incrementar más agresivamente los calendarios de entrega y/o incrementar la producción para las capacidades críticas”. Feinberg añadía: “Los ciclos de desarrollo que duran años no son aceptables”. “Debemos acelerar drásticamente los plazos de nuestros programas y ampliar ahora nuestra capacidad de producción”, advirtió.
Aunque las amenazas resultan un esfuerzo fútil ante una realidad mucho más compleja. Hace décadas que Estados Unidos arrastra un problema de fondo en su industria armamentística: su armamento más crucial cuesta mucho dinero y requiere de mucho tiempo de producción. Una debilidad de la que desde hace décadas es consciente el Ejército estadounidense. Tanto fabricar un THAAD como un misil Patriot comporta como mínimo un año y millones de dólares.
Con base en el historial de producción reciente de la industria armamentística, la perspectiva de poder volver a los niveles de munición almacenada previos a la guerra contra Irán se dibuja muy lejana. El año pasado, la Marina estadounidense compró solo 55 Tomahawks. Y este año, el Pentágono quiere comprar 785, un incremento de más del 1000% según señala el Instituto Cato.
Ya a principios de los años 2000, el secretario de Defensa de George Bush, Robert Gates, advirtió de que las armas que suponían el pilar central de la supremacía militar estadounidense necesitaban de años de producción y, en consecuencia, pedía invertir en una nueva generación de armamento que representara el “75% de las soluciones”, pero que se pudiera fabricar más deprisa y con menor coste.
Ahora, 26 años después, los drones Shahed de Irán explotan esa debilidad. Mucho más baratos y rápidos de producir, obligan a los sistemas de defensa THAAD y los Patriot a estar disparando a marchas forzadas. Algo que ha minado gravemente el arsenal del Pentágono, tal como el jefe del Estado Mayor Conjunto estadounidense, el general Dan Caine, ya advirtió a Trump de que podía pasar.
Una de las premisas del Departamento de Defensa es que siempre debe tener un mínimo de arsenal para poder sostener dos conflictos a la vez, en previsión de una hipotética guerra con China. Un objetivo que, con la disminución de la munición, cada vez es más difícil de cumplir.
Las prisas del Pentágono no son nuevas. Se trata de una realidad que la Administración Trump conocía, pues el último análisis elaborado por el Departamento de Defensa en 2025 sobre el panorama de los proveedores del Pentágono subrayaba lo siguiente: “La DIB [Base Industrial de Defensa] se ha consolidado, pasando de 51 proveedores que había después de la Guerra Fría a solo cinco grandes contratistas que hoy desarrollan los sistemas de armas más críticos. La DIB está estancada: construye los mejores sistemas de armas del mundo en pequeñas cantidades, mientras continúa dependiendo de piezas obsoletas, procesos de fabricación anticuados y una innovación estancada”.
Ya en marzo, a las pocas semanas de que empezara la guerra, Trump se reunió con los directores ejecutivos de las principales compañías armamentísticas de Estados Unidos para intentar que cuadruplicaran la producción de armamento. Las compañías que se comprometieron con los nuevos objetivos eran BAE Systems, Boeing, Honeywell, L3Harris, Lockheed Martin, Northrop Grumman y Raytheon.
En paralelo, Trump también ha tanteado a fabricantes de coches y otras compañías manufactureras para ayudar a acelerar la producción de armas. Un titular que parece propio de la Segunda Guerra Mundial, pero del cual se hacía eco el periódico Wall Street Journal el pasado mes de abril. Desde antes de la guerra lanzada por Trump junto a su aliado, Benjamín Netanyahu, altos cargos de Defensa habían conversado con directivos de diferentes empresas, como General Motors y Ford, según revelaban fuentes conocedoras al medio.