Análisis
Por qué el refuerzo de la alianza entre Marruecos, Israel y EEUU debe inquietar a España
El documento suscrito en Nueva York por el ministro marroquí de Exteriores, Nasser Burita, y su homólogo israelí, Gideon Saar, avalado explícitamente por la Casa Blanca —el embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, fue el anfitrión del acto— es mucho más que un simple acuerdo para elevar las relaciones entre Rabat y Tel Aviv al rango de embajadas.
Ya en 1994, tras los Acuerdos de Oslo entre israelíes y palestinos, el rey Hasan II impulsó el establecimiento de oficinas de enlace entre Marruecos e Israel, aunque posteriormente, con la violenta respuesta israelí al estallido de la Segunda Intifada (septiembre de 2000), decidiera dar marcha atrás. Hubo que esperar a octubre de 2020 para reabrir dichas oficinas, como uno más de los pasos dados a partir de la incorporación de Marruecos a los Acuerdos de Abraham impulsados por Donald Trump al final de su primer mandato presidencial. Una decisión que, en esencia, suponía el reconocimiento marroquí de Israel como Estado a cambio del reconocimiento del Sahara Occidental como territorio plenamente marroquí por parte de Trump —y del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu—.
Visto así, una primera lectura del acuerdo para elevar la representación diplomática bilateral, con el nombramiento inminente de embajadores y el añadido de la reapertura de enlaces aéreos directos y proyectos conjuntos de inversión, podría parecer un simple paso más en una relación que se ha ido reforzando a ojos vista en estos últimos cinco años. Pero de inmediato surgen elementos que modifican significativamente esa primera impresión.
Choca, por ejemplo, que se escenifique esa decisión justo cuando Israel, por boca de su ministro de Defensa, Israel Katz, insiste en que las Fuerzas de Defensa israelíes están listas para “terminar el trabajo” —es decir, para completar el genocidio que el Gobierno de Netanyahu está llevando a cabo contra los palestinos—. El monarca marroquí sigue siendo formalmente el presidente del Comité Al Quds, creado por la Organización para la Cooperación Islámica para elaborar y desarrollar planes y programas para proteger la ciudad de Jerusalén (Al Quds, en árabe), preservar su patrimonio religioso y cultural y apoyar a su población palestina.
Solo cabe entender que lo que acaba de suceder en Nueva York termina por confirmar que Rabat (y, en realidad, el resto de las capitales árabes) ha abandonado definitivamente a su suerte a los palestinos, sin atender en ningún caso a sus compromisos con la causa palestina y al generalizado sentimiento propalestino de su propia población.
Por encima de cualquier otra consideración, la absorción del Sahara Occidental es fundamental para el régimen marroquí y a ese objetivo está dispuesto el rey Mohamed VI a subordinar cualquier otro. De ahí que esté dispuesto a ajustarse al guion (proisraelí) que establezca Trump, si con ello logra su apoyo para terminar de inclinar la balanza a favor de su tesis soberanista, tanto en la ONU —reduciendo el mandato de la MINURSO sobre el terreno, para que siga sin poder atender a las violaciones de derechos humanos— como en la reactivación del proceso de negociación para imponer a los saharauis el plan marroquí.
Pero es que, además, con el reforzamiento de los vínculos con Israel, lo que obtiene Rabat es vital para sus planes de seguridad y defensa. Israel es uno de los principales fabricantes mundiales de sistemas de defensa y contar con su apoyo le permite a Rabat mantener el intenso ritmo de la carrera armamentística que está sosteniendo con Argelia en su ya tradicional disputa por el liderazgo del Magreb.
Gracias a esa colaboración, Marruecos ya cuenta hoy con un amplio abanico de productos israelíes, como el sistema de defensa antiaérea Barak MX; el sistema anti-drones Skylock Dome; los drones de reconocimiento y ataque Wander-B, Thunder-B y SpyX; las municiones merodeadoras Skystriker; los lanzacohetes PULS y las piezas de artillería autopropulsada ATMOS 2000, así como dos satélites espía Ofek-13. En tan solo cinco años, esas ventas israelíes ya suponen en torno al 24% de todas las importaciones marroquíes en el capítulo de defensa, a lo que se suman los proyectos para producir localmente algunos de esos equipos, como ocurre en Benslimane, donde la empresa israelí BlueBird ya ensambla y produce drones militares.
Inevitablemente, por mucho que el acuerdo diplomático se presente como beneficioso para la estabilidad del Magreb y que el esfuerzo militar marroquí esté dirigido hacia Argel, España se muestra inquieta. Por una parte, porque en el contexto actual el Gobierno español sabe que está en la diana tanto de Washington (especialmente por su postura díscola en la OTAN sobre el gasto de defensa) como de Israel (por las acusaciones sobre el genocidio palestino). De ahí cabe derivar un explícito apoyo de ambos países a Rabat, precisamente cuando todavía nos encontramos sumidos en una crisis provocada por la entrada en Ceuta de decenas de miles de personas de Marruecos. En caso de un aumento de las tensiones entre España y Marruecos, Rabat cree tener el viento a su favor.
Por otro, porque el rearme marroquí supone un reto para el sistema de defensa español, aunque solo sea en la medida en que el apoyo de Washington y Tel Aviv le está permitiendo a Marruecos reducir la desventaja con España en la relación de fuerzas, sobre todo en el ámbito naval y aéreo.