“Es una fuerza extraordinaria”: Obama responde a la llamada para impulsar a los candidatos demócratas y vapulea a Trump
Podría haber sido una situación incómoda. Barack Obama reconoció durante un acto de campaña a favor del candidato al Senado en Míchigan Abdul El-Sayed que su compañero de partido había sido crítico con algunas de las decisiones que tomó como presidente.
“Es cierto. Abdul no estaba de acuerdo con algunas de las cosas que queríamos hacer, o que mi Administración hizo cuando yo era presidente”, dijo Obama ante una multitud en Detroit. “¿Sabéis quién más no está de acuerdo con todo lo que hago? Michelle Obama”. El público estalló en carcajadas. “Diría que, unas cinco veces al día, ella me dice: '¡Serás cabeza hueca! ¿Por qué haces eso?”
Fue un intento elegante de tender un puente entre el viejo Partido Demócrata y el nuevo. Las elecciones de medio mandato en Estados Unidos han evidenciado un fuerte sentimiento contra quienes ocupan o han ocupado cargos públicos. Incluso algunos candidatos han rechazado activamente las etiquetas de su partido, buscando presentarse como figuras ajenas al sistema y que desafían al 'establishment' de Washington.
En ese contexto, ¿quién querría en sus mítines a un expresidente de 65 años que dejó el cargo hace casi una década, con su promesa de “esperanza y cambio” solo parcialmente cumplida? Pues, al parecer, los demócratas.
“¡Sí, se puede!”, coreó la multitud esta semana dentro de un recinto en las afueras de Atlanta, Georgia, recuperando los cánticos de la campaña de Obama en 2008, que ahora parece un vestigio de una época ya desaparecida.
A solo unos días de las ‘midterm’, que decidirán el equilibrio de poder en el Congreso durante el resto del segundo mandato de Trump, los demócratas han recurrido a su mejor orador para lanzar una serie de discursos contundentes en la recta final de la campaña.
El primer presidente negro de Estados Unidos ha ridiculizado sin piedad las pretensiones autocráticas de Trump y ha arremetido contra sus desatinos en Oriente Medio.
“Estas elecciones son nuestra última y mejor oportunidad para, al menos, ponerle freno; para frenar algunas de las insensateces de esta Administración”, dijo en Georgia. “Es el freno de emergencia del sistema, y tenemos que activarlo”.
Para los estrategas del partido, la decisión de recurrir a Obama en la recta final de la campaña ha sido una apuesta calculada. A diferencia de Trump, que ha dedicado semanas a mítines cargados de agravios y quejas en bastiones republicanos tradicionales, Obama ha mantenido un perfil relativamente bajo hasta los últimos compases de la campaña, permitiendo que una nueva generación de candidatos demócratas forjara su propia identidad antes de que él aportara, en la etapa final, su peso como figura destacada.
David Litt, que fue redactor de discursos en la Casa Blanca en la etapa de Obama, asegura que “lo que hemos visto estos días son intervenciones del expresidente para apoyar a una nueva generación de líderes demócratas que han surgido de forma orgánica, en lugar de intentar involucrarse desde el principio. Obama sigue conservando una credibilidad y una capacidad para movilizar al electorado de las que puedes beneficiarte enormemente si eres candidato en una contienda electoral especialmente reñida. Y, sobre todo, si necesitas crecer entre los votantes jóvenes y los afroamericanos”.
Según Litt, el expresidente posee un activo poco común en la política estadounidense actual: la capacidad de captar la atención y, al mismo tiempo, desestabilizar al actual inquilino de la Casa Blanca.
“A Obama se le da bien atraer la atención, algo que hoy en día resulta difícil de conseguir”, explica Litt. “Por otro lado, sigue ocupando un lugar constante en la mente de Trump. Trump, que está recorriendo el país en estas últimas semanas de campaña, debería estar hablando de sus logros. Sin embargo, se ha dedicado a intentar rebatir las críticas de Obama a sus impopulares obras de reforma de la Casa Banca, porque es incapaz de evitar reaccionar de forma visceral ante sus comentarios. Le resulta imposible contenerse”.
El comentario que encendió la ira de Trump se produjo durante un mitin en Cleveland, Ohio, cuando Obama afirmó que las reformas emprendidas por Trump —repletas de detalles dorados— han dejado la Casa Blanca con un aspecto que recuerda a “si Saddam Hussein hubiera abierto un local de The Cheesecake Factory”, una cadena de restaurantes conocida por sus excesos en la decoración y en el tamaño de su menú, que incluye más de 250 platos.
La ocurrencia de Obama desató una pequeña “guerra cultural” en los medios de la derecha; no porque Obama hubiera aludido al dictador iraquí, sino porque se atrevió a sugerir que una popular cadena de restaurantes era un símbolo de excesos vulgares.
En uno de sus mítines, Trump agitó los brazos intentando simular una hoja de lechuga, y acusó a Obama de esnobismo: “Cada trozo de lechuga que come tiene que ser perfecto, yo no soy tan exigente”. No contento con eso, defendió las decoraciones doradas con las que ha llenado la Casa Blanca y afirmó que Obama había dejado la residencia presidencial “deteriorada”.
El secretario del Tesoro de Trump, Scott Bessent —que hasta su salto a la política era un acaudalado gestor de fondos de inversión—, ha llegado incluso a organizar una comparecencia ante las cámaras frente a un restaurante de The Cheesecake Factory en Washington. Con ello, parecía intentar refutar las acusaciones de elitismo de la actual Administración, al tiempo que instaba a “la gente de Martha’s Vineyard”, en referencia a la isla favorita de los millonarios, a probar el extenso menú de la cadena.
Para Obama, la reacción de la Casa Blanca y los medios de derechas no ha hecho más que confirmar su tesis. “Han movilizado a todo el aparato gubernamental para responder una broma; no actúan frente a la inflación, sino ante una broma. Como no tienen soluciones para los problemas reales, prefieren que los medios —y la sociedad— hablen de The Cheesecake Factory”.
En opinión de Litt, la indignación republicana ha dejado al descubierto su doble rasero. “Son el mismo partido que se ha pasado años quejándose de que ya no se puede hacer ninguna broma y de que todo se considera una ofensa. Y de repente, toda esa gente que decía defender a capa y espada el derecho a hacer bromas, considera que The Cheesecake Factory es una línea roja que no se puede cruzar”.
Desde una zona rural de Tennessee, Corbin Trent, estratega de medios y exdirector de comunicación de la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, se ríe de los intentos republicanos de presentar las declaraciones de Obama como una muestra de condescendencia de las élites hacia la clase trabajadora. “Pretendían sacar a relucir ese discurso sobre la ‘élite liberal’. Yo vivo en la América rural. Tenemos a un tipo, Donald Trump, que se comporta como un mafioso y dirige el país como si fuera una organización criminal. Es alguien que se está enriqueciendo a costa de todos de forma impune. Es algo evidente cada vez que vas al supermercado, llenas el depósito de gasolina o enciendes la televisión y ves que estamos bombardeando más lugares”.
Los demócratas también han movilizado a la exvicepresidenta Kamala Harris, mientras que el expresidente Bill Clinton ha participado en la campaña de David Jolly, candidato a gobernador de Florida. Sin embargo, desde que dejó la Casa Blanca, Obama ha mantenido una actividad inusualmente intensa en las presidenciales, legislativas y en las elecciones para elegir gobernador.
En 2024, apoyó a Harris en la recta final de la contienda presidencial, que finalmente ganó Trump. Cuando Obama inauguró su centro presidencial en Chicago en junio, asistieron todos los expresidentes vivos, a excepción de Trump.
No obstante, dentro de la coalición demócrata en su conjunto, el legado de Obama sigue siendo complejo. Para una generación más joven de demócratas, que alcanzó la mayoría de edad durante las campañas presidenciales de Bernie Sanders y el auge de los candidatos de los Socialistas Democráticos de América (DSA), el expresidente es recordado tanto por las limitaciones de su acción institucional y sus pactos moderados como por su retórica inspiradora.
Norman Solomon, cofundador del grupo progresista RootsAction, comenta: “Es como un gran cuadro al óleo: si te acercas mucho, no parece tan impresionante. Si examinas de cerca la trayectoria de Obama —el fracaso en sus esfuerzos de paz en Palestina, el aumento de las tropas en Afganistán, o el hecho de haber presidido la mayor transferencia de riqueza hacia arriba que se haya visto en la vida reciente—, la imagen no resulta tan positiva”.
“Después, abandona la Casa Blanca y se marcha en avión a una isla propiedad de un multimillonario [en 2017, los Obama pasaron unas vacaciones tras la etapa presidencial en islas privadas propiedad del multimillonario británico Richard Branson]. Eso no es precisamente solidaridad”, remata.
Solomon reconoce, no obstante, que ante la situación de 2026, el valor táctico de Obama es innegable. “Casi cualquier persona sale bien parada si la comparamos con Trump. En Míchigan, donde siempre ha existido un cierto resentimiento entre las comunidades afroamericana y árabe-americana (a la que pertenece El-Sayed), ayuda que Obama ofrezca una perspectiva más sensata sobre lo que está en juego”.
Otros sectores progresistas celebran el regreso de Obama a la campaña electoral y no interpretan su participación en mítines como una concesión de los candidatos más jóvenes al viejo orden del partido, sino como una prueba de que el expresidente reconoce que el partido se ha desplazado hacia la izquierda.
Joseph Geevarghese, director ejecutivo de Our Revolution, un grupo surgido de la campaña presidencial de Sanders en 2016, explica que el hecho de que Obama participe en la campaña electoral “tiene un impacto global positivo, por su efecto estratégico: ayuda a atraer a sectores demográficos clave, incluidos los votantes afroestadounidenses”.
“Interpreto, además, la presencia de Obama en la campaña como una validación del impulso del movimiento progresista. Obama es la máxima expresión del ‘establishment’ y, sin embargo, está recorriendo el país a favor de los progresistas, afirmando que nuestra agenda no es radical, sino que forma parte del 'mainstream'. Es una confirmación de la fuerza que ha alcanzado nuestro movimiento”.
Geevarghese destaca también la capacidad de Obama para proteger a los candidatos pertenecientes a minorías frente a ataques xenófobos. “Obama es el claro ejemplo de un candidato que logró superar las tácticas rivales que lo presentaban como alguien ”ajeno“ —cuando lo tildaban de ”no estadounidense“ y utilizaban su segundo nombre, Hussein—. Para Abdul El-Sayed, que está sufriendo ataques similares, contar con el respaldo de Obama en Míchigan valida su candidatura y lo fortalece”.
Desde 2016, los Socialistas Democráticos de América (DSA por sus siglas en ingles e integrados en el Partido Demócrata) han pasado de tener 6.000 miembros a más de 130.000 en todo el país, logrando grandes victorias electorales —como la de Zohran Mamdani en Nueva York— y ahora buscan ampliar los representantes con los que cuentan en el Congreso.
Ashik Siddique, copresidente de DSA, explica que “el hecho de que Obama aparezca junto a candidatos progresistas demuestra que se está produciendo un cambio decisivo. Los votantes desean resultados tangibles y alternativas a los factores que propiciaron la llegada de Donald Trump. Que Barack Obama participe en campañas junto a candidatos como Abdul El-Sayed, en Míchigan, refleja que comprende la postura de los votantes”.
No obstante, Obama —al igual que Trump— sigue siendo una especie de “unicornio” político: una figura que desafía cualquier categorización sencilla. Y esa sigue siendo una de sus fortalezas.
Nina Turner, exsenadora estatal de Ohio y destacada voz progresista, explica que “el presidente Obama, debido a su singularidad, sigue siendo una figura extraordinariamente valorada entre la base demócrata”. “Incluso entre los progresistas, entre quienes nos sentimos decepcionados con el balance final de su presidencia, Obama sigue teniendo ‘ese algo’. Es una fuerza extraordinaria”.
“La crítica al presidente Obama es que representaba, en gran medida, al ‘establishment’: hizo campaña con la promesa de ‘esperanza y cambio’, pero no logró un cambio significativo”, explica Turner. “Sin embargo, la gente tenía esperanza, y es precisamente ese componente de esperanza de su candidatura el que sigue teniendo un gran peso, incluso cuando se critica su presidencia, especialmente desde el sector progresista. Así que de manera global, su presencia en la escena política es positiva para los demócratas de todas las generaciones y posiciones”.