La guerra santa de Pete Hegseth: la teología cristiana militante que ha alentado el ataque de EEUU contra Irán
Nueve meses y seis días antes de que un misil Tomahawk atravesara las aulas alegremente decoradas de la escuela primaria Shajareh Tayyebeh, en Minab (Irán), despedazando los cuerpos de más de un centenar de escolares, profesores y padres, el pastor personal del secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, pronunció un sermón en el Pentágono.
“Existe la tentación de pensar que tienes el control y eres responsable de los resultados finales, especialmente para aquellos que dan las órdenes y se encargan de apuntar y disparar”, predicó Brooks Potteiger, el consejero espiritual más cercano de Hegseth, en el primero de lo que se han convertido en servicios de culto cristiano mensuales en el Departamento de Defensa: “Pero, en última instancia, no estás al mando del mundo”.
Citando un versículo de Mateo 10, Potteiger se dirigió a los altos mandos del Ejército estadounidense que se encontraban en la sala y les dijo: “Si nuestro Señor es soberano incluso sobre la caída de un gorrión, podéis estar seguros de que es soberano sobre todo lo demás que cae en este mundo, incluidos los misiles Tomahawk y Minuteman”.
“Jesucristo tiene la última palabra”, afirmó.
Piedad y sed de sangre
Las pruebas disponibles y una investigación preliminar del Ejército estadounidense sugieren que Estados Unidos fue responsable del bombardeo de la escuela del 28 de febrero que mató a más de 175 personas, la mayoría de ellas menores, pero ni Donald Trump ni Hegseth han asumido ninguna responsabilidad, ni han expresado ningún remordimiento.
En cambio, Hegseth ha insistido en presentar la guerra en Irán —que alcanzó un alto el fuego temporal hace casi dos semanas tras seis semanas de combates— como una guerra de origen divino, invocando repetidamente la “providencia todopoderosa de Dios” y expresando su certeza de que Dios está del lado del Ejército estadounidense. En medio de alardes sobre la superioridad del poderío militar estadounidense y un desprecio teatral por las “ridículas leyes de la guerra” el secretario de Defensa ha prometido no dar “cuartel” a los “salvajes bárbaros” del régimen iraní y ha pedido al pueblo estadounidense que rece por la victoria “en el nombre de Jesucristo”.
La peculiar combinación de piedad y sed de sangre de Hegseth quedó patente sobre todo en el servicio religioso celebrado el 25 de marzo en el Pentágono, el primero desde que comenzó la guerra en Irán, cuando rezó por “una violencia abrumadora contra aquellos que no merecen piedad”. La oración fue tan impactante que, al parecer, provocó una reprimenda directa del papa León, quien en su homilía del Domingo de Ramos advirtió que Dios ignora las oraciones de quienes tienen las “manos manchadas de sangre” por hacer la guerra.
Creen que todo lo que sucede es voluntad de Dios
Sin embargo, a Hegseth difícilmente le importarán las duras palabras de la máxima autoridad de la Iglesia católica. Este veterano del Ejército estadounidense de 45 años y expresentador de la cadena de televisión conservadora Fox News es miembro de una rama poco conocida y profundamente calvinista del cristianismo evangélico —Juan Calvino se separó de la Iglesia católica durante la Reforma protestante del siglo XVI— que rechaza la autoridad del Papa y se basa en la creencia en la predestinación.
“Creen que todo lo que sucede es voluntad de Dios”, afirma Julie Ingersoll, profesora de estudios religiosos en la Universidad del Norte de Florida, que investiga esta rama del cristianismo reformado: “Creen que Dios define todo lo que ocurre”.
¿Incluso una bomba que caiga sobre una escuela primaria llena de niños? “Si Dios ordenó un genocidio en Deuteronomio 20”, señala Ingersoll, en alusión a un pasaje en el que Dios ordena a los israelitas “destruir todo ser viviente” en ciertas ciudades, “¿qué te hace pensar que no provocaría el ataque a una escuela de niñas?”, pregunta la experta.
A los halcones de la política exterior estadounidense partidarios de una línea dura contra Irán nunca les han faltado justificaciones materiales y geopolíticas para defender la guerra, pero la temeridad con la que se ha conducido esta contienda plantea interrogantes sobre qué otros factores pueden estar en juego. Durante décadas, Estados Unidos ha sabido defender sus intereses en Oriente Medio sin necesidad de bombardear Teherán.
Ahora, las consecuencias totalmente previsibles de la escalada —ataques mortales contra bases y aliados estadounidenses, las repercusiones económicas globales del cierre del estrecho de Ormuz y la consolidación del poder por parte del régimen iraní— constituyen una lección práctica de por qué durante 47 años prevaleció la moderación.
¿Por qué correr ese riesgo ahora? ¿Podría el belicoso, agresivo y vociferante Hegseth —con sus tatuajes de cruzados, su desdén por la diplomacia y su evidente gusto por una dominación violenta — haber convencido a Trump de iniciar una guerra para completar la tarea inconclusa de las Cruzadas?
El 6 de abril, en una rueda de prensa sobre el rescate de un piloto de un caza F-15 derribado en el sur de Irán, Hegseth volvió a invocar sus creencias religiosas para justificar los acontecimientos tal y como se desarrollaron. “Derribado un viernes, el Viernes Santo, escondido en una cueva, en una grieta, todo el sábado y rescatado el domingo”, dijo. “Sacado de Irán mientras salía el sol el Domingo de Pascua, un piloto renacido”.
No es exactamente el hijo de Dios muriendo por los pecados de la humanidad, pero al menos le dio un giro positivo a algunos hechos incómodos: un caza derribado semanas después de que Hegseth afirmara que Estados Unidos había logrado el “dominio aéreo total”; una misión de rescate que supuso la pérdida de cientos de millones de dólares en aviones militares; y todo ello en el contexto de una guerra en la que Estados Unidos parece abocado a una derrota estratégica clara.
“Deus Vult”, reza el tatuaje que Hegseth lleva en el bíceps derecho. Es una frase en latín que significa “Dios lo quiere” y que se cree que coreaban los guerreros cristianos que respondieron al llamamiento del papa Urbano II en 1095 para marchar hacia Tierra Santa y reconquistarla para la cristiandad. Mientras los pueblos estadounidense e iraní permanecen atrapados en esta guerra profundamente impopular, es vital comprender qué significa “Dios lo quiere” para Hegseth, y qué podría significar eso para el resto de nosotros.
El giro a la religión de Hegseth
Hegseth ha descrito su juventud como “una fachada cristiana pero un núcleo secular”. Nacido y criado en el estado de Minnesota, cursó la formación de oficial mientras estudiaba en Princeton y sirvió en múltiples misiones en Irak, Afganistán y la base militar de Guantánamo. (Reservista desde hace mucho tiempo, abandonó el servicio tras ser denunciado por compañeros en 2021 por sus tatuajes de cruzados, que se han asociado con grupos supremacistas blancos y extremistas).
Ascendió a puestos de liderazgo en dos organizaciones de defensa de los veteranos, pero acabó siendo expulsado por lo que la revista The New Yorker ha calificado como “graves acusaciones de mala gestión financiera, conducta sexual inapropiada y conducta indebida”. Divorciado en dos ocasiones por supuestas infidelidades, ahora cría a siete hijos con su tercera esposa, con quien se casó en 2019. Llegó a un acuerdo extrajudicial de 50.000 dólares (unos 47.000 euros) con una mujer que lo acusó de agresión sexual en 2017, acusación que él niega.
En 2016, Hegseth fue fichado como presentador en Fox News. Con su peinado telegénico, su mandíbula cuadrada y sus trajes ligeramente demasiado ajustados, llamó la atención de Trump por su agresiva y exitosa campaña para conseguir indultos presidenciales para criminales de guerra condenados.
El viraje de Hegseth hacia la religión comenzó en 2018, cuando él y su tercera mujer se unieron a una iglesia evangélica en Nueva Jersey y, según ha declarado a una publicación cristiana en 2023 “la fe se materializó”. Siendo ya un entusiasta defensor de las guerras culturales de la derecha contra la educación pública laica, acabó coescribiendo un libro en 2022 en el que defendía que la supervivencia de la “civilización occidental” depende de la reintroducción del cristianismo en la enseñanza estadounidense. El coautor del libro, David Goodwin, es un líder del movimiento por la “educación cristiana clásica” (CCE), y Hegseth se convirtió en un entusiasta seguidor, describiendo el proceso de escritura como una especie de revelación o “píldora roja” [en referencia a la escena de Matrix en la que elegirla supone despertar a una verdad incómoda].
Siguiendo el consejo de Goodwin, Hegseth trasladó a su familia a Nashville, Tennessee, para enviar a los niños a una escuela de CCE. “Pensábamos que nos mudábamos por una escuela, pero nos mudamos a una iglesia, a una comunidad y a toda una visión del mundo que también ha cambiado nuestra forma de pensar”, ha afirmado al hablar de la mudanza familiar.
Esa iglesia es la Pilgrim Hill Reformed Fellowship, dirigida por el pastor Potteiger, quien ha dado sermones sobre los misiles Tomahawk en el Pentágono. La implicación de Hegseth en ella no es en absoluto casual.
“No es el tipo de iglesia a la que simplemente puedes acudir un domingo para rezar, cantar canciones y luego irte a casa”, explica Ingersoll. Forma parte de una denominación llamada Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas (CREC), en la que existe una “fuerte jerarquía” y los ancianos o sabios de la iglesia ostentan un poder significativo sobre los feligreses, incluso mediante un sistema judicial que puede excomulgar y excluir.
Los miembros de la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas] no creen en la igualdad social entre las personas
Según Ingersoll, para unirse, Hegseth probablemente habría tenido que asistir a una “sesión” con el consejo de autoridades de la iglesia, durante la cual los nuevos conversos hacen una profesión de fe y aceptan ciertos pactos. “Lo fundamental es que te comprometas a someterte a las autoridades en materia de disciplina eclesiástica, lo que significa que eres responsable ante los líderes de la iglesia de todo lo que haces y todo lo que crees”, explica la experta.
Suena un poco preocupante para alguien que ocupa un cargo de liderazgo en un gobierno basado en la separación entre Iglesia y Estado. Suena preocupante porque lo es.
Como explica Ingersoll, los feligreses de la [CREC] “no abrazan la democracia especialmente”. “No creen en la igualdad social entre las personas. Piensan que Dios creó el mundo y que algunas personas están destinadas a tener autoridad y a gobernar sobre otras, y que otras están destinadas a obedecer”.
“No creen que el gobierno legítimo obtiene su autoridad del consentimiento de los gobernados”, puntualiza. La experta señala que para las personas con las creencias de Hegseth “la autoridad legítima proviene directamente de Dios”.
Eso queda claro en la sexta semana de una guerra que se inició sin la aprobación del Congreso de Estados Unidos y a la que se opone ampliamente el pueblo estadounidense. Pero si a Hegseth no le importa el pueblo, ¿qué opinión valora?
Ideas extremas
La “visión del mundo” que adoptó Hegseth tras unirse a Pilgrim Hill fue concebida por Douglas Wilson, un pastor de 72 años que ha pasado los últimos 50 años intentando establecer una “teocracia” en la pequeña ciudad universitaria de Moscow, Idaho.
La religión era un asunto familiar para Wilson. Su padre, oficial retirado de la Marina y evangelista a tiempo completo, se trasladó a Idaho en la década de los setenta para abrir una librería cristiana. Tanto Wilson como su hermano Evan siguieron sus pasos y se sintieron atraídos por el movimiento contracultural cristiano Gente de Jesús, una corriente de inspiración hippie surgida en esa década. Comenzaron a estudiar teología juntos y ayudaron a fundar una iglesia, pero se distanciaron cuando Doug se interesó por el calvinismo y Evan no pudo renunciar a su creencia en el libre albedrío. (Los calvinistas son una minoría muy pequeña dentro del protestantismo).
Después de que Evan abandonara la iglesia (los hermanos siguen distanciados), Doug siguió explorando movimientos teológicos minoritarios, interesándose especialmente por un movimiento calvinista fundamentalista que busca establecer la “teonomía”; una especie de gobierno cristiano. Su base en Idaho reúne ya a unas 3.000 personas distribuidas en tres iglesias, y sus seguidores —conocidos como “kirkers”, en alusión a Christ Church (kirk es una palabra antigua escocesa que significa iglesia), el núcleo de su movimiento— ejercen una influencia creciente en la política local y en disputas sobre el uso del suelo. La CREC, por su parte, ha crecido hasta alcanzar unas 150 iglesias en todo el mundo. Mientras tanto, Wilson ha construido un pequeño imperio empresarial en torno a la promoción de libros, escuelas y materiales de educación en el hogar vinculados a la CCE, ampliando así su influencia dentro del evangelismo más convencional.
Las posiciones de Wilson son extremas incluso dentro de la derecha cristiana. Firme defensor del “patriarcado bíblico”, sostiene que las esposas deben someterse a sus maridos, que los padres deben imponer una disciplina “dolorosa” a los hijos y que a los niños se les enseñe la “teología de la pelea a puñetazos”.
Wilson se opone al derecho al voto de las mujeres. No está en contra de la pena de muerte por homosexualidad presente en algunos países. Ingersoll explica que Wilson se describe a sí mismo como un nacionalista cristiano y quiere “conquistar el mundo para Cristo”. “Todo el mundo acabará siendo cristiano, y esa forma de civilización está llena de castigos muy duros para quienes no estén de acuerdo o no se sometan”.
Su elogio del gobierno cristiano de los Estados Confederados de América ha llevado a algunos críticos a tildarlo de neoconfederado, pero él prefiere el término “paleoconfederado”. En 1996, fue coautor de una apología del sur anterior a la guerra que caracterizaba la esclavitud como “una relación basada en el afecto y la confianza mutuos” y a los abolicionistas como personas “impulsadas por un odio ferviente hacia la Palabra de Dios”. El libro fue retirado por acusaciones de plagio, pero Wilson volvió al tema en Black and Tan, de 2005, en el que argumentaba que la esclavitud sureña era “mucho más humana que la de la Roma antigua” y que los esclavistas cristianos del sur se basaban “en sólidos fundamentos bíblicos”.
Pero mientras que las ideas de Wilson se situaban en su día en la periferia del evangelismo de derechas en Estados Unidos, en las últimas décadas se ha producido un cambio.
Masculinidad militante
Según la historiadora Kristin Kobes Du Mez, tras la Segunda Guerra Mundial, se desarrolló una cultura de masculinidad militante entre los evangélicos blancos de Estados Unidos. Profesora de la Universidad de Calvin, una universidad cristiana en el estado de Michigan, que ha analizado en varias ocasiones la figura de Hegseth y el contexto del que emerge, Du Mez investigó el surgimiento de esta corriente del evangelismo en su libro Jesus and John Wayne publicado en 2020.
Mientras que en el siglo XIX el ideal de la “masculinidad cristiana” se habría centrado en virtudes como el honor, la dignidad y la caballerosidad, a principios del siglo XXI el hombre evangélico ideal se había transformado en algo que se parece mucho más a Hegseth. “No se podría encontrar una mejor encarnación de esa ideología, de esa concepción particularmente militarista del cristianismo y de esa mentalidad de que el fin justifica los medios que santifica la violencia y la crueldad en nombre de la justicia” que Hegseth, señala Du Mez.
La autora sostiene que la transformación del ideal masculino evangélico surgió de una sensación de asedio. Ante las amenazas a su estatus por parte del feminismo, el movimiento por los derechos civiles, la guerra de Vietnam y los amplios cambios económicos, los evangélicos se volcaron psíquicamente en una especie de religiosidad chovinista que les permitía reafirmar su dominio, al menos dentro del hogar. El apoyo a la Guerra Fría y a las guerras posteriores al 11-S en Oriente Medio proporcionó otro ámbito en el que llevar a cabo estas fantasías de dominación, normalmente sin necesidad de ensuciarse las manos. “Cualquier enemigo de Estados Unidos, ya sea extranjero o nacional, y cualquier enemigo de su agenda particular son también enemigos de Dios”, puntualiza.
Las perversas consecuencias morales de combinar la masculinidad militante con la certeza religiosa se pueden observar en la forma en que este movimiento ha apoyado sistemáticamente los usos más cuestionables del poder militar estadounidense. En su libro, Du Mez explica que durante la Segunda Guerra Mundial, los evangélicos blancos defendieron el bombardeo incendiario de ciudades alemanas. Durante la guerra de Vietnam, se alinearon con los autores de la masacre de My Lai. Y durante la “guerra contra el terrorismo” tras el 11S, fueron los estadounidenses más propensos a apoyar la tortura de prisioneros.
Más influencia
A medida que la cultura del evangelismo se desplazaba en su dirección, Wilson dejó de ser un paria. Estableció vínculos con líderes más respetables y demostró un don para generar atención y publicidad. En los últimos años, ha aparecido en el pódcast de Tucker Carlson, uno de los comentaristas ultraconservadores más influyentes de Estados Unidos, y ha compartido escenario con Albert Mohler, teólogo y líder de la Convención Bautista del Sur, la mayor denominación evangélica del país.
El mayor golpe maestro de Wilson ha sido el reclutamiento de Hegseth a través de Potteiger. La atención mediática ha ampliado el acceso de Wilson a medios de gran alcance como el periódico New York Times, y parece decidido a mantener su influencia. Después de que Pete Hegseth fuera nombrado secretario de Defensa, Wilson anunció que Potteiger se trasladará a Washington para abrir una nueva iglesia de la CREC a la que Hegseth pueda asistir sin necesidad de desplazarse.
Wilson no parece particularmente interesado en las minucias cotidianas del Gobierno o la guerra. Cuando fue invitado a predicar en el Pentágono el 17 de febrero, su sermón se mantuvo en gran medida al margen de la contienda, aunque planteó si la propia invitación podía anticipar una reforma “de cisne negro”; un giro inesperado y de gran impacto hacia un renacimiento del cristianismo en Estados Unidos.
Lo que estamos viviendo ahora es ver qué sucede cuando esta ideología se convierte en política nacional
Por su parte, Hegseth ha mostrado una voluntad sin precedentes de integrar sus creencias personales al funcionamiento oficial del Departamento de Defensa.
Para Du Mez, el papel de Hegseth al frente del Pentágono —y su aparente entusiasmo por iniciar conflictos— es alarmante.
“Durante mucho tiempo, gran parte de esto parecía pura bravuconería”, indica Du Mez, señalando que las figuras destacadas del movimiento de la masculinidad militante, como Billy Graham, Ronald Reagan y John Wayne, solían no haber servido realmente en el ejército estadounidense. Pero con Hegseth, “tienes la bravuconería, tienes la retórica, tienes esa ideología subyacente, y se le han entregado las riendas del poder”, puntualiza Du Mez. “Lo que estamos viviendo ahora es ver qué sucede cuando esta ideología se convierte en política nacional”.
Con Hegseth, eso no solo significa librar guerras en el extranjero, por mucho que parezca disfrutarlo. Significa intentar cumplir la visión de Wilson de un mundo gobernado por la ley bíblica, una cristiandad global. Para ello, el primer paso es establecer la cristiandad en casa.
Una leyenda inventada
Cuando Hegseth intenta defender que Estados Unidos es una nación cristiana, algo que hace a menudo, le gusta contar una historia sobre el primer presidente del país, George Washington.
Durante el Desayuno Nacional de Oración del 5 de febrero —el tradicional encuentro anual en Washington entre dirigentes políticos y religiosos—, afirmó: “Como George Washington en Valley Forge, arrodillado en la nieve e implorando al cielo guía y protección, así rezan hoy nuestros soldados”. “El problema con esta historia es que nunca pasó”, señala Brian Kaylor, redactor jefe de la publicación bautista Word&Way, quien ha seguido de cerca (y criticado) la promoción de la teología cristiana en el Gobierno por parte de Hegseth: “(Esta leyenda) fue inventada décadas después de la muerte de Washington, por el mismo tipo que inventó la historia de que Washington taló el cerezo”
No obstante, la Administración Trump la ha adoptado como una especie de absurda historia alternativa sobre el origen de Estados Unidos, en la que el país no fue fundado por deístas que consagraron la separación entre Iglesia y Estado en la Constitución, sino por patriarcas cristianos que establecieron una nación cristiana.
Como señala Kaylor, varias de las 13 colonias originales tenían religiones establecidas oficialmente y los fundadores decidieron no emular ese sistema cuando redactaron la nueva Constitución. Además, las únicas referencias a la religión en el texto del documento, en el artículo VI y en la primera enmienda, sirven para proteger la separación entre Iglesia y Estado al prohibir las pruebas religiosas para ocupar cargos públicos, prohibir el establecimiento de una religión estatal y proteger el derecho de las personas a practicar el culto que quieran.
“Es exactamente lo contrario de crear una nación cristiana”, afirma Kaylor.
Ha habido momentos en la historia de Estados Unidos en los que las ideas nacionalistas cristianas gozaron de una amplia aceptación. Uno de ellos es el de los Estados Confederados de América, que se concibió como una nación cristiana, “invocando el favor y la guía de Dios Todopoderoso” en su constitución. (La Convención Bautista del Sur, hoy la denominación evangélica más grande de Estados Unidos, se formó en 1845 cuando se separó de los bautistas del norte para seguir apoyando la esclavitud). Cuando Wilson se autodenomina “paleoconfederado”, parece referirse, al menos en parte, a su deseo de un gobierno explícitamente cristiano.
La otra consistía en justificar el genocidio de los indígenas americanos; los primeros colonos solían enmarcar la agresión violenta contra la población nativa en términos de llevar la salvación a los “salvajes”. En el siglo XIX, esta tendencia había evolucionado hacia el “destino manifiesto”, la creencia de que los colonos blancos estaban predestinados por Dios a conquistar toda América del Norte. La reivindicación por parte de la administración de Donald Trump del imaginario reflejado en el cuadro American Progress, de John Gast —una alegoría del “destino manifiesto” que muestra a una figura femenina blanca avanzando sobre el continente y llevando la luz y la tecnología hacia el oeste, mientras los pueblos indígenas quedan relegados a la oscuridad— ha puesto de manifiesto su voluntad de recuperar también esa forma de pensar.
Acceso al poder
En otro momento violento de la historia de Estados Unidos, el nacionalismo cristiano goza de una sólida base de apoyo entre los estadounidenses. De hecho, según una encuesta reciente del Public Religion Research Institute, cerca de uno de cada tres simpatiza o cree firmemente en la idea de Estados Unidos como nación cristiana. Pero la verdadera fuerza del movimiento nacionalista cristiano en Estados Unidos proviene ahora de su acceso al poder. El segundo mandato de Trump está plagado de nacionalistas cristianos en puestos de liderazgo.
El movimiento nacionalista cristiano contemporáneo en Estados Unidos une a cristianos de denominaciones dispares. Hegseth representa el ala reformada/calvinista, que se distingue del evangelismo carismático practicado por figuras como la asesora de la “oficina de la fe” de la Casa Blanca, Paula White-Cain. Un tercer bando lo forman los integralistas católicos, que buscan integrar Iglesia y Estado; entre sus adeptos se encuentran Steve Bannon y el arquitecto del Proyecto 2025, Kevin Roberts, un plan impulsado por sectores conservadores para reconfigurar la administración federal de Estados Unidos conforme a una agenda ideológica.
Aunque todos estos grupos pueden estar de acuerdo en las prioridades de la política interior —incluido el desmantelamiento de la educación pública y el uso de la política gubernamental para promover las estructuras familiares “tradicionales”—, las cosas se complican cuando se trata de la política exterior, especialmente en lo que respecta a Oriente Medio.
Ingersoll indica que los evangélicos reformados como Hegseth son posmilenaristas, lo que significa que creen que es tarea de los cristianos construir primero el reino de Dios en la Tierra, antes del regreso de Jesús. El entusiasmo de Hegseth por las cruzadas encaja en este sentido más amplio de propósito: es posible que realmente crea que su misión es restablecer la cristiandad en todo Oriente Medio, empezando por Irán, con el fin de allanar el camino para el regreso de Jesús.
Sin embargo, los dispensacionalistas premilenialistas, como White-Cain y el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, creen que deben provocar el fin de los tiempos en la Tierra ahora mismo, para que Jesús pueda regresar a la Tierra y establecer él mismo el Reino de los Cielos. Son fervientes sionistas cristianos y ven en el control judío de Israel una condición clave para el cumplimiento de estas profecías, en lugar de buscar restablecer ahora el dominio cristiano sobre Tierra Santa.
Sin embargo, estas visiones irreconciliables sobre Oriente Medio parecen importar poco. Ambos bandos cuentan con una justificación religiosa para apoyar la guerra y pueden utilizarla para reforzar la idea de que la religión debe ocupar un lugar central en los asuntos del Estado.
Al hablar sobre el alto el fuego en el Pentágono, Hegseth dijo: “Nuestros soldados, nuestros guerreros estadounidenses, merecen el reconocimiento por este día, pero Dios merece toda la gloria”.
Si el alto el fuego se mantiene, Hegseth quizá tenga que renunciar a cualquier fantasía de plantar una cruz en tierras recién conquistadas, pero eso no significa que él —ni Wilson— lo interpreten como una derrota.
“Realmente peligroso y aterrador”
En el Desayuno Nacional de Oración del 5 de febrero, tras compartir su relato apócrifo sobre la supuesta oración de Washington, Hegseth pareció hacerse eco del Papa Urbano II, el pontífice que en 1095 impulsó las Cruzadas prometiendo la remisión de los pecados a quienes combatieran; una promesa hoy ampliamente cuestionada a la luz de las masacres y la violencia indiscriminada que las acompañaron.
[Los comentarios de Hegseth] no son solo teología cruzada, sino algo que se consideraría herético en la mayor parte del cristianismo actual
“La disposición a hacer sacrificios por el bien del propio país nace de la siguiente premisa: una creencia profunda y duradera en el amor de Dios por nosotros y en su promesa de vida eterna”, dijo Hegseth: “El guerrero que está dispuesto a dar la vida por su unidad, su país y su Creador, ese guerrero encuentra la vida eterna”.
Para Kaylor, que además de periodista es pastor bautista, la declaración fue más que impactante. “Esto no es solo teología cruzada, sino algo que se consideraría herético en la mayor parte del cristianismo actual”, afirma: “Es realmente peligroso y aterrador. Hace que sus comentarios sobre el fanatismo religioso del régimen iraní resulten, como mínimo, irónicos, cuando no directamente hipócritas”.
Las Cruzadas, al igual que la Confederación, terminaron en una derrota ignominiosa. Pero, al igual que otras “causas perdidas”, siguen ejerciendo un poderoso atractivo sobre las mentes reaccionarias que se regodean en el resentimiento y se consuelan con hipótesis gloriosas. El regreso de Trump a la Casa Blanca en 2025 se vio impulsado en gran parte por el culto al resentimiento que construyó en torno a su derrota en las elecciones de 2020. Rápidamente tomó medidas para dar poder a Hegseth con el fin de restaurar los nombres y las estatuas de los generales confederados en las instalaciones militares.
Con la guerra de Irán aparentemente encaminada hacia una resolución que dejará a Irán en una posición significativamente mejor que antes, y con la posición geopolítica y la reputación moral de Estados Unidos por los suelos, es posible que surja una nueva causa perdida de la derecha. Algunas figuras del movimiento MAGA ya están atribuyendo los fracasos estratégicos de Estados Unidos a Israel. El propio Donald Trump ha promovido con insistencia la idea de que la culpa es de la OTAN. Pete Hegseth ha seguido purgando a mandos militares, y podría terminar responsabilizando a sus objetivos habituales —los generales “woke” o partidarios a la diversidad e inclusión en el ejército y las reglas de enfrentamiento, las limitaciones legales al uso de la fuerza.
Un éxito real
Ingersoll puntualiza que los líderes del nacionalismo cristiano operan con plazos de siglos, y están cosechando un éxito real. La campaña para desmantelar el Departamento de Educación lleva en marcha desde su creación en 1979 y ahora parece encaminarse hacia su culminación. El movimiento no se rindió tras la legalización del aborto por el Tribunal Supremo en 1973, librando una batalla de 50 años hasta lograr la revocación de Roe v. Wade, y ahora también ha puesto en su punto de mira Obergefell v. Hodges, la sentencia que garantizó el matrimonio igualitario en Estados Unidos.
Ese tipo de planificación a muy largo plazo y de paciencia es parte del motivo por el que Ingersoll cree que el nacionalismo cristiano está “en auge, históricamente hablando”. “No soy optimista”, afirma.
Lo que, por ahora al menos, parece imposible es cualquier tipo de reflexión honesta sobre las formas de pensamiento religioso que pueden haber avivado las llamas de la guerra. Si esperas que Pete Hegseth admita que quizá Dios no estaba de nuestro lado esta vez, mejor no lo hagas.
Sin embargo, hay un líder estadounidense que sí se enfrentó a esa pregunta. En 1865, tras cuatro años de sangrienta guerra civil, la Confederación estaba en las últimas y la victoria estaba al alcance de la mano. Cuando Abraham Lincoln pronunció su segundo discurso inaugural el 4 de marzo, no habló al país de la superioridad militar de la Unión, ni sacó conclusiones sobre el apoyo de Dios al bando vencedor. En cambio, reconoció que ambos bandos creían estar actuando según los deseos de Dios, y que él, como hombre, no estaba en posición de saber quién tenía razón.
“Ambos leen la misma Biblia y rezan al mismo Dios, y cada uno invoca Su ayuda contra el otro”, dijo refiriéndose a las dos partes. “No juzguemos, para que no seamos juzgados. Las oraciones de ambos no pudieron ser escuchadas. La de ninguno ha sido escuchada por completo. El Todopoderoso tiene sus propios designios”, concluyó
Mirando hacia el futuro, Lincoln no pronosticó ni triunfo ni dominación, sino la lenta y difícil tarea de aprender una vez más a convivir: “Esforcémonos por terminar la obra que hemos emprendido, por curar las heridas de la nación, por cuidar de quienes han soportado la batalla y de sus viudas y huérfanos, por hacer todo lo que sea necesario para lograr y apreciar una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones”.
En un año marcado por las constantes referencias a la historia de Estados Unidos con motivo del 250.º aniversario de la Declaración de Independencia, detengámonos también a conmemorar aquel otro momento: la segunda fundación de la nación. Tras la ruptura, la devastación y la emancipación que trajo la guerra civil de Estados Unidos, hubo un líder dispuesto a reconocer que no podemos saber de qué lado está realmente Dios, pero que, aun así, nos debemos a nosotros mismos y a los demás intentar alcanzar la paz.
Traducción de Emma Reverter.