¿Es la guerra de Trump en Irán un revés estratégico más importante que Vietnam para EEUU?
En un discurso de 1965 para justificar la guerra de Vietnam, el entonces presidente de Estados Unidos Lyndon B. Johnson dijo que el objetivo era garantizar que “cada país pueda forjar su propio destino” porque solo en un mundo así podría Estados Unidos asegurar su propia libertad. Pero también admitió que “tales eran las debilidades del hombre que la fuerza a menudo debe preceder a la razón, y el derroche de la guerra a las obras de la paz”.
La misma justificación elegante a la que han recurrido sucesivamente los redactores de discursos presidenciales estadounidenses, aludiendo a la misión moral del país en tiempos de guerra. Llenos de tan nobles intenciones, y con la seguridad que da una ilimitada superioridad militar, los presidentes de EEUU han cedido una y otra vez a la tentación de iniciar guerras para luego verse atrapados, desconcertados, y finalmente derrotados por ser incapaces de vencer a rivales que, supuestamente inferiores, no supieron calibrar bien.
Parecía seguro que ese nunca sería el destino de Donald Trump, que se oponía implacablemente a las guerras interminables aparentemente desconectadas del día a día de sus simpatizantes. Trump nunca pensaría en el poder militar como un sinónimo de victoria. Sin embargo, los borradores de posibles acuerdos de paz que están circulando profundizan en la percepción de que la “pequeña excursión en Irán” de Trump ha derivado hacia una derrota. Casi independientemente del acuerdo final que se firme (y lo más probable es que ese acuerdo implique regresar al statu quo inmediatamente anterior a la guerra), parece una guerra mal concebida, mal planificada, plagada de objetivos confusos y suposiciones erróneas.
Por supuesto, el conflicto actual no se puede comparar en su magnitud con la guerra de Vietnam, que se prolongó durante años, provocó la muerte de 58.220 soldados estadounidenses y es citada como el mejor ejemplo práctico de la arrogancia estadounidense.
Al lado de la odisea de Vietnam, Irán parece la excursión de un día. Pero en lo que se refiere a las consecuencias, todavía es posible que esa “excursión en Irán” sea el punto de inflexión geopolítico para la superpotencia sin par, el momento en el que Estados Unidos se vio forzado a reconocer que gestionó mal una guerra por carecer de un plan de batalla convincente y de una estrategia acorde con las nuevas reglas del mundo. En un mundo interconectado, Trump sigue creyendo que el progreso se logra a través del conflicto, y no de la cooperación.
La guerra elegida por Trump, sin embargo, parece una señal de derrota que supone el fin de la estrategia que Israel lleva 20 años desplegando contra Irán para provocar un cambio de régimen y acelera el ya veloz declive de la influencia israelí en Washington
Irónicamente, la sombra de Vietnam siempre ha estado muy presente en Trump, y no solo por haber eludido una y otra vez el servicio militar en aquellos años. En muchos sentidos, el atractivo político de Trump tiene su origen en Vietnam. Como explicó recientemente el profesor de Historia en Harvard y premio Pulitzer Fredrik Logevall, “muchos de los problemas que hoy en día azotan a Estados Unidos tienen sus raíces en la época de la guerra de Vietnam: el aislamiento, el resentimiento, el cinismo, la desconfianza hacia el gobierno, el derrumbe del discurso público y de las organizaciones ciudadanas, y las poderosas instituciones que no asumieron su responsabilidad”.
“Se podría decir que los estadounidenses pasaron de la era de la ingenuidad, antes de Vietnam, a la del cinismo; un cinismo que nos aleja del Gobierno y que pone en riesgo la democracia porque destruye la fe del pueblo en la posibilidad del cambio y de trabajar por el cambio”, dijo. Ese es el ecosistema político polarizado que ha permitido el progreso de Trump.
Es evidente que las consecuencias en EEUU de la guerra con Irán nunca serán comparables a las de Vietnam. Es cierto que la guerra de Irán fue poco popular desde el minuto cero, pero no es una guerra que haya desgarrado a la sociedad estadounidense. Hasta el momento solo han sido repatriados 13 cadáveres, cada uno de ellos, una tragedia personal. Si acaso, será la inflación provocada por la crisis energética la que en las elecciones de mitad de mandato castigue a un presidente que ya ha perdido popularidad, una preocupación que él dice no tener.
Sin embargo es posible argumentar que las consecuencias internacionales de la guerra en Irán serán incluso mayores que las de Vietnam. La caída de Saigón en abril de 1975 no tuvo las repercusiones globales pronosticadas por todos. Salvo en Camboya y en Laos, nunca se materializó el “efecto dominó” temido por Henry Kissinger y Lyndon B. Johnson del comunismo arrasando con el sudeste asiático.
La guerra elegida por Trump, sin embargo, parece una señal de derrota que tendrá repercusiones en varios ámbitos. Significa el fin de la estrategia que Israel lleva 20 años desplegando contra Irán para provocar un cambio de régimen y acelera el ya veloz declive de la influencia israelí en Washington. Como dice Danny Citrinowicz, antiguo responsable de una rama iraní de los servicios israelíes de espionaje militar, para Israel la guerra en Irán ha sido a la vez un éxito operativo y un fiasco estratégico.
La guerra también está llevando a las monarquías del Golfo a un profundo replanteamiento de sus relaciones geopolíticas. Entre los temas a debate figura la presencia de las bases estadounidenses, ¿aportan o no la seguridad necesaria para permitir a sus economías diversificarse? El nuevo líder supremo de Irán, Mojtabá Jameneí, podría estar creyendo sus propios deseos cuando dice que el apoyo a la presencia de las bases estadounidenses nunca volverá a ser el que era. Pero igual de absurdo suena Trump cuando dice que países como Arabia Saudí o como Qatar normalizarán ahora sus relaciones con Israel o se unirán a los Acuerdos de Abraham. “Tan delirantes como una luna hecha de queso verde”, dijo el exembajador de Estados Unidos en Israel Dan Shapiro sobre las declaraciones de Trump.
Es evidente que las consecuencias en EEUU de la guerra con Irán nunca serán comparables a las de Vietnam. Sin embargo, sí es posible argumentar que las consecuencias internacionales de la guerra en Irán serán incluso mayores que las de Vietnam
Si los países del Golfo prefieren ahora una paz imperfecta es porque no ven otra salida, dijo en un seminario la semana pasada Barbara Leaf, exsubsecretaria de Estado de EEUU para Oriente Medio.
Para los estudiosos de la guerra, los drones baratos han confirmado en Irán su estatus como grandes niveladores del conflicto moderno (Irán aprendió esta lección en Ucrania, y mucho antes que el Pentágono). “Muerte y destrucción desde el cielo”, prometió Pete Hegseth, secretario de Defensa de EEUU. Solo en el primer mes alcanzó 13.000 objetivos. Pero no trajeron la victoria. Solo sirvieron para agotar de manera alarmante las reservas del Tesoro y de los misiles estadounidenses.
Es probable que las repercusiones afecten gravemente a Europa. A lo largo del próximo año las presiones sobre el nivel de vida van a extenderse por el sistema económico mundial, haciendo más probable una derrota electoral de los actuales gobiernos centristas de Francia, Alemania y el Reino Unido y poniendo en riesgo los pilares de la Unión Europea. El día a día de esos gobiernos se complicará incluso más si Trump cumple con su amenaza de retirar las tropas estadounidenses de los países de la OTAN que rechazaron de manera “cobarde” su pedido de ayuda.
Para el establishment del análisis de la política exterior de EEUU, cuyo mejor modelo es el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés), los errores cometidos en Irán son la confirmación definitiva de que el sistema de diplomacia agresiva, instintiva y altamente personalista de Trump solo sirve para provocar más desorden.
La semana pasada, el CFR inició su evaluación de los fundamentos de la estrategia de EEUU tras la era Trump. Rebecca Lissner, coordinadora del informe, ha advertido de que la guerra “ha asestado un golpe que podría ser fatal al orden internacional liderado por Estados Unidos, que ya se encontraba en estado crítico”. Los socios se distancian, las potencias medias forman sus propias alianzas, y regiones que antes orbitaban claramente en torno a Washington están desplazándose ahora hacia nuevos centros de poder, dijo.
En el centro de estudios Chatham House, la antigua funcionaria del Departamento de Estado de EEUU Mira Rapp-Hooper fue más explícita y lo llamó un suicidio de la superpotencia.
Fueron pocos los que en el Pentágono supieron ver de qué manera Irán usaría la "coerción triangular" atacando instalaciones de petróleo y gas de los países del Golfo, así como a las bases estadounidenses cercanas. Se trata de un fenómeno relativamente poco estudiado: un actor coercitivo que carece de influencia directa sobre su objetivo resistente coacciona a un tercero que sí posee influencia sobre su objetivo
A corto plazo, la guerra de Irán ha planteado dos preguntas a los miembros del Partido Demócrata que ya han sido respondidas en los hechos. ¿Mostrarse tan cercano a Israel y a sus dirigentes ha servido para hacer avanzar los intereses de EEUU? ¿Tendría más poder EEUU si volviera a forjar alianzas basadas en los valores y la ley, y no solo en sus propios intereses?
El camino no está claro para un Irán debilitado, empobrecido y, a pesar de eso, envalentonado. Es posible que Teherán tenga que hacer concesiones en su programa nuclear, incluidas muchas de las que estuvo a punto de ofrecer en Ginebra durante el mes de febrero. La política interna de Irán es impredecible pero estamos ante un gobierno más militar en el que, al mismo tiempo, han quedado marginados los partidarios de la línea más dura del Parlamento.
Según Ali Vaez, del centro de estudios International Crisis Group, la guerra ha dado a Irán tres regalos: revitalización ideológica, descrédito en la opinión pública iraní de las intervenciones militares extranjeras y recuperación del poder de disuasión. Estados Unidos desplegó contra Irán la guerra, su máxima arma disuasoria, y no funcionó. En el estrecho de Ormuz, Irán ha comprendido el activo de valor incalculable que le han proporcionado la geografía y la globalización, un tesoro que tardará años en perder valor, aunque se construyan oleoductos nuevos.
Las opiniones que en todo el mundo se están formando sobre la guerra de Trump coinciden tan claramente en considerarla un error que a nadie le extraña la resistencia del presidente de EEUU a firmar un documento que, en esencia, le devuelve a la casilla de salida, solo que con 50.000 millones de dólares menos. Una situación difícil que recuerda a la de Lyndon B. Johnson, según la descripción que el propio Johnson hizo en 1965 a Lady Bird, su esposa: “Tengo la opción de seguir adelante con un gran número de bajas o de retirarme deshonrado. Es como estar en un avión y tener que elegir entre estrellarlo o saltar. No tengo paracaídas”.
Como escribió en la revista Foreign Affairs el analista del CFR Gideon Rose, han bastado unos pocos meses para que Trump atravesara todas las etapas del duelo que generó Vietnam. Primero igualó al Lyndon B. Johnson de “entrada, escalada, estancamiento frustrante y negociaciones” en Vietnam. Luego pasó al estilo Nixon-Kissinger, “con amenazas grandilocuentes, seguidas de una comprensión gradual sobre la necesidad de salir del atolladero con un pacto confuso y poco satisfactorio”.
Las sucesivas amenazas de Trump de hacer volar a países enteros por los aires tienen un parecido inquietante con los delirios de Richard Nixon, tal y como fueron descritos en las memorias de Harry Robbins “Bob” Haldeman, uno de los jefes de gabinete del presidente republicano. Haldeman recordaba a Nixon diciendo que podría obligar a los norvietnamitas a entablar negociaciones de paz legítimas. La amenaza era la clave, le dijo Nixon a Haldeman, acuñando una frase para su teoría. “Es la Teoría del Loco, Bob, que los norvietnamitas crean que he llegado al punto en que podría hacer cualquier cosa para detener la guerra; simplemente les haremos llegar este mensaje ‘por amor de Dios, Nixon está obsesionado con el comunismo, no podemos contenerlo cuando se enfada y tiene la mano en el botón nuclear’... En dos días, el propio Ho Chi Minh estará en París suplicando por la paz”.
Trump comparte la confianza de Kissinger en que países como Irán y como Vietnam no pueden resistir para siempre. “No puedo creer”, dijo Kissinger a su equipo en 1969, “que una pequeña potencia de cuarta categoría como Vietnam del Norte no tenga un punto de quiebre”. En busca del “castigo total” que quería Kissinger, su equipo le presentó una serie de escenarios de ataque, incluyendo un arma nuclear que cerrara su principal ruta de aprovisionamiento desde China.
Donde dice Vietnam, se puede decir Irán. Una vez que el régimen sobrevivió al caos de la ola de dirigentes asesinados, incluida la pérdida del líder supremo, parecía que no tenía punto de quiebre. De hecho, la resistencia forma parte de la cultura nacional iraní.
A los dirigentes iraníes también les ayudó la obsesión de Trump por replicar el modelo Venezuela, buscando una persona de dentro que se hiciera con el poder en vez de fomentar una más caótica insurrección general que podría haber desembocado en guerra civil. Por inverosímil que sonara al principio, parece probable que Israel contemplara genuinamente la posibilidad de que el incendiario expresidente Mahmoud Ahmadinejad se hiciera con el poder, y no el exiliado Reza Pahlavi, hijo del sha.
Trump contaba con una caída del régimen en cuestión de días y esperaba que en ese momento la guerra se explicaría por sí sola. Cuando vio que no sucedía, fue pasando por varias justificaciones, sin pronunciar ningún discurso televisivo sobre la guerra hasta el 2 de abril. Para entonces ya había perdido a gran parte de su audiencia, preocupada por los precios de la gasolina.
Johnson al menos sintió la necesidad de explicar una y otra vez por qué enviaba militares estadounidenses al extranjero. Consideraba su deber unir al país en la causa y hasta renunció a la presidencia cuando intuyó que él mismo se había convertido en un obstáculo para que el país sanara sus heridas.
El mensaje que Trump guardaba en la recámara era que Irán nunca debía tener un arma nuclear. Pero la idea presentaba varios inconvenientes. En primer lugar, Irán ya había aceptado eso en el acuerdo firmado durante 2015 con la Administración Obama, el mismo acuerdo del que Trump se retiró tras ser elegido por primera vez como presidente en 2016. Además, Trump ya había dicho que durante la breve guerra contra Irán de junio de 2025 se había terminado por completo con su capacidad para fabricar dichas armas.
Una sucesión de expertos, entre los que figuraban Federica Mogherini (que durante el acuerdo de 2015 participó como negociadora de la UE), criticó duramente la afirmación de Trump de que Irán estaba a punto de desarrollar su bomba. “No había pruebas de que Teherán representara una amenaza nuclear inminente, ni de que la diplomacia hubiera sido ineficaz”. La guerra fue ilegal e imprudente desde el primer día, dijo Mogherini. “Los analistas predijeron que entrar en guerra con Irán daría poder a los sectores más conservadores y radicales del país, extendería el conflicto por toda la región, y elevaría en todo el mundo los precios de la energía hasta niveles exorbitantes”, explicó. En gran medida, los analistas acertaron.
Cada vez más irritados, los portavoces de la Casa Blanca hablaron del papel jugado por Benjamín Netanyahu para convencer a Trump del ataque contra Irán. Entrevistado en el programa 60 Minutes, el primer ministro de Israel insistió en que la afirmación de que él había empujado a Trump a la guerra no se ajustaba a la verdad. Tanto él como Trump habían sopesado los riesgos de manera conjunta, explicó. Lo que sí admitió fue que “el problema del estrecho de Ormuz se había ido comprendiendo a medida que avanzaba la guerra”.
Trump comparte la confianza de Kissinger en que países como Irán y como Vietnam no pueden resistir para siempre. "No puedo creer", dijo Kissinger a su equipo en 1969, "que una pequeña potencia de cuarta categoría como Vietnam del Norte no tenga un punto de quiebre"
Una confesión sorprendente. Fatih Birol, director ejecutivo en la Agencia Internacional de la Energía (AIE), explicó hace poco que cuando la AIE selecciona a candidatos para trabajar en la agencia, la primera pregunta es por qué quieren trabajar allí. La segunda, ‘¿qué harías si se cerrara el estrecho de Ormuz?’. Un clásico escenario apocalíptico para el que Estados Unidos ha tenido que improvisar la respuesta.
Del mismo modo, fueron pocos los que en el Pentágono supieron ver de qué manera Irán usaría la “coerción triangular” atacando instalaciones de petróleo y gas de los países del Golfo, así como a las bases estadounidenses cercanas. Según los estudios de relaciones internacionales, se trata de un fenómeno relativamente poco estudiado: ‘un actor coercitivo que carece de influencia directa sobre su objetivo resistente coacciona a un tercero que sí posee influencia sobre su objetivo, y ante el cual, su objetivo es vulnerable, manipulándolo para provocar un choque de intereses con su objetivo’.
En resumen, tal vez la guerra no influya directamente sobre Estados Unidos, pero sí lo hace sobre los países afectados. Una coalición formada por Arabia Saudí, Turquía, Qatar, Egipto y Pakistán logró evitar que Trump volviera a sumirse en el conflicto hace unos días. Ahora son esos países los que pueden llevar las riendas en Oriente Medio. Lo que importa es la relación que dichos países logren forjar con Irán, independientemente de Estados Unidos.
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