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Opinión - De un tiempo, de un país. Por Rosa María Artal

El milagro truncado de Farid y Qoosay: una operación en EEUU les salvó la vida y ahora han muerto en un ataque israelí

Rhana Natour

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Hace siete años, una ONG, un equipo de cirujanos craneofaciales y una comunidad de familias de acogida de Shreveport (en el estado de Luisiana, Estados Unidos) hicieron lo imposible para que Farid y Qoosay Salout, dos hermanos de Gaza que sufrían un trastorno médico raro, pudieran viajar a Estados Unidos y ser operados. Las operaciones fueron un éxito rotundo.

El pasado 8 de noviembre, Farid, de 12 años, y Qoosay, de 14, murieron cuando su casa fue atacada por un misil israelí. La historia de los hermanos Salout, que tras un complicado periplo pudieron ser operados y salvar sus vidas, sólo para morir unos años más tarde en un ataque aéreo, refleja la dureza y las limitaciones de la vida en Gaza mucho antes de que estallara la guerra y de la desproporcionada cifra de víctimas mortales menores de edad como consecuencia del conflicto. Casi 15.000 personas han muerto por los ataques israelíes en Gaza. Según estimaciones de la ONU, dos tercios de las víctimas son mujeres y niños.

En 2016, Farid Salout, de cinco años, y su hermano Qoosay, que entonces tenía siete, recibieron un billete dorado: un viaje a Estados Unidos con todos los gastos pagados para recibir tratamiento médico. Ambos nacieron con graves problemas craneofaciales y un trastorno que dejaba sus ojos anormalmente separados. En el caso de los bebés que nacen con este trastorno, lo ideal es que la intervención quirúrgica comience en el primer año de vida. Pero en Gaza no había ni un solo cirujano que pudiera realizar las intervenciones arriesgadas y altamente especializadas que necesitaban los dos hermanos.

Farid y Qoosay fueron niños felices y bien adaptados a los que les gustaban los coches de carreras y la lucha libre. Pero sin cirugía, con el tiempo los cerebros de los niños crecerían sin el espacio necesario en el cráneo, lo que podía causarles un daño cerebral o la muerte.

16 horas de operación

La Franja de Gaza está prácticamente aislada del mundo. Tras la victoria electoral de Hamás en 2006, Israel impuso un estricto bloqueo terrestre, marítimo y aéreo que se ha prolongado durante 17 años y ha propiciado conflictos entre ambas partes. La escalada actual es la quinta y más devastadora.

Las condiciones de vida en Gaza desde que Hamás tomó el poder y se impuso el bloqueo son escalofriantes: más de la mitad de la población vive en la pobreza y el 46% no tiene trabajo. Antes de la ofensiva israelí empezada tras el ataque de Hamás del pasado 7 de octubre, el 80% de la población de Gaza dependía de ayuda humanitaria internacional para alimentarse. La atención primaria es casi inexistente en Gaza y, por extensión, lo mismo ocurre con la atención preventiva y la intervención temprana cuando alguien tiene un problema médico.

Como consecuencia del bloqueo, también era difícil conseguir medicamentos ya antes de la guerra. De 2019 a 2021, el Almacén Central de Medicamentos del Ministerio de Sanidad de Gaza solo disponía del 55% de los medicamentos esenciales. En 2021, el 69% de las solicitudes de entrada de equipos y piezas de rayos X y TAC fueron denegadas. Los hermanos Salout nacieron en este contexto de privaciones. Sin la ayuda e intervención de alguien de otro país no tenían ninguna posibilidad.

Ahí es donde intervino una organización llamada Fondo de Ayuda para los Niños Palestinos (PCRF por sus siglas en inglés). Fundada por el experiodista estadounidense Steve Sosebee en 1992, el PCRF ha proporcionado atención médica y quirúrgica a decenas de miles de niños palestinos y ha gestionado operaciones en Estados Unidos a los que no podían ser tratados en Oriente Próximo. La ONG ha conseguido que más de 2.000 niños palestinos viajen a Estados Unidos con todos los gastos cubiertos para recibir tratamiento en procedimientos que van desde la cirugía reconstructiva debida a heridas de guerra hasta enfermedades que requieren cirugía especializada, como en el caso de los hermanos Salout.

Los obstáculos para conseguir las autorizaciones de inmigración necesarias para que alguien en Gaza pueda salir del territorio son costosos, complicados y no siempre se consigue el visado necesario. De 2018 a 2021, el 43% de las solicitudes de permiso para que un padre o acompañante de un niño enfermo saliera al extranjero fueron denegadas explícitamente o no fueron aprobadas, lo que dio lugar a que el niño viajara con un familiar diferente o, simplemente, no pudiera viajar.

Tras obtener un permiso especial para entrar en Israel y pasar una entrevista para obtener el visado en la embajada estadounidense, los hermanos Salout y su acompañante adulta —su abuela— consiguieron la autorización para viajar a Estados Unidos. Fue necesario apoyar a la abuela para que pudieran hacer este viaje ya que nunca se había subido a un avión. Tuvo que pasar por lo que un defensor del paciente de la PCRF describió como una orientación “muy, muy completa” en la que se le explicó cómo debía recoger el equipaje, que tenía un asiento asignado en el avión y no se podía cambiar de asiento unilateralmente durante el vuelo, la posibilidad de que durante el trayecto hubiera turbulencias y otras peculiaridades de los viajes aéreos. Para su primer vuelo a Estados Unidos, la abuela de Farid y Qoosay optó por vestir a los niños con traje, chaleco y pantalón.

La PCRF había contratado a un equipo de especialistas craneofaciales del Willis-Knighton Health System de Shreveport (Luisiana), que llevaron a cabo dos operaciones de 16 horas a los niños, sin coste alguno. El doctor Ghali Ghali, un prestigioso cirujano oral y maxilofacial, y un equipo de especialistas extrajeron la parte frontal del cráneo de Qoosay para aliviar la presión sobre su cerebro. Juntaron las cuencas de los ojos de Farid y le reconstruyeron la nariz.

Durante su larga recuperación en el hospital, Farid consiguió que el equipo de Ghali se encariñara con él. “Farid era muy divertido. Le gustaba mucho bromear y que le hicieran cosquillas”, explica el cirujano.  El PCRF contactó con Sara Rammouni, residente en Shreveport y miembro de la comunidad musulmana de la ciudad, para que Farid, Qoosay y su abuela se sintieran como en casa durante su estancia y les llevara a sus citas médicas. Se convirtieron en habituales de la casa de Rammouni.

Los recuerdos de Rammouni están ahora teñidos de culpa por no saber más sobre el lugar de procedencia de la familia. Recuerda un encuentro con la abuela de Farid mientras fregaban los platos en la cocina aquella primera semana: “Estaba muy sorprendida por la fuerza del agua. Entonces se dio la vuelta y preguntó: '¿Cuándo cortan el agua? Y yo le dije que no la cortaban. Y ella me dijo: 'Bueno, ¿y cuándo cortan la electricidad?'”.

Belal Abujami, un primo lejano del padre de Farid y Qoosay que vivía entonces en San Diego, visitó a los chicos en Shreveport después de la operación. “La familia estaba como loca de contenta. Los dos tenían mucho mejor aspecto y su padre me había dicho que, cuando volvieron a Gaza, su personalidad había cambiado. Cuando estaban con otros niños, se les veía mucho más relajados y podían vivir sus vidas libres de una condición que les había causado mucho sufrimiento”.

Tres días bajo los escombros

El 8 de noviembre, Farid, Qoosay, su hermano pequeño, su padre y otros seis familiares murieron cuando un misil alcanzó su edificio de cuatro plantas en la ciudad de Jan Yunis, en el sur de Gaza. Los familiares afirman que el padre y sus dos hijos sólo llevaban 10 minutos en la casa. Habían ido hasta allí para recoger algunas pertenencias y llevarlas a la escuela donde se habían refugiado.

En las fotos de la casa tras el impacto, lo único que queda es una losa de hormigón aplastada. Un ataque aéreo israelí redujo la casa de Farid y Qoosay a un montón de escombros, matándolos a ellos y a varios miembros de su familia.

Los cadáveres de Qoosay, su hermano Qasim y su padre no pudieron ser recuperados hasta tres días más tarde. Pero a Farid nunca lo encontraron. Su cuerpo permanece bajo los escombros. Después del ataque, Abujami, su pariente residente en Estados Unidos, llamaba todos los días a su madre en Gaza para preguntarle si habían encontrado ya el cuerpo. La idea de que el niño quedara así sin reclamar, sin un entierro adecuado, le inquietaba.

Lo cierto es que este tipo de búsqueda ahora mismo está reservada para aquellos que aún pueden ser rescatados con vida. “Tenemos que preocuparnos por la gente que está viva”, le escribió su madre. Tras recibir esta respuesta, Abujami dejó de preguntar.

Ghali, el cirujano que operó a los chicos, se enteró de que Farid y Qoosay habían muerto por el correo electrónico que envié a su secretaria pidiéndole una entrevista. Cuando Ghali llegó a la consulta ese día, encontró a todo su personal llorando. “Se hace un gran esfuerzo para que alguien esté mejor, más cómodo, más feliz. Independientemente de quién sea y de dónde venga”, explica. “Es muy triste”.

Rammouni se enteró de la muerte de Farid y Qoosay por un mensaje de WhatsApp de su abuela: “Farid, Qoosay, su hermano y su padre han muerto”, decía. “Ese día estuve sentada siete horas en el mismo sitio”, me dijo. “¿Cómo les digo a mis hijos que estos niños no pudieron vivir, no pudieron sobrevivir? Les operaron, pero no sobrevivieron. No pudieron crecer”.

Recuerda una situación que vivió en el salón de su casa con la abuela de los niños, que se burlaba por FaceTime de su hija, la madre de Farid, por tener ocho hijos. Rammouni se unió. “¡Deja de tener bebés!”, le dijeron juguetonamente las dos a la madre de Farid. “Sabes que la mitad de nuestros hijos no sobreviven”, replicó la madre de Farid, utilizando una palabra árabe que también significa “vivir una vida”.

A Sara le atormenta lo que ahora le parece una broma de mal gusto. “Esas palabras de la madre —la mitad de nuestros hijos no sobreviven, no llegan a vivir— no dejaban de sonar en mi cabeza”, dice. “Y tenía razón. La mitad de sus hijos no han sobrevivido”.

Traducido por Emma Reverter.