ANÁLISIS
Una revolución sin líderes se extiende por Serbia: por qué el mundo debería prestar atención
Hace más de una década, el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, declaró en una entrevista en Belgrado que Serbia era “un país donde el futuro se hace realidad antes que en ningún otro lugar”. La frase se difundió ampliamente en las redes sociales serbias durante las semanas previas a las elecciones del domingo, pero de una forma que no habría parecido posible hace diez años. ¿Quién habría imaginado entonces que Serbia podría estar hoy a la vanguardia del cambio democrático mundial?
Las imágenes de Belgrado del domingo por la noche —gente bailando y llorando en las calles, mientras que en Novi Sad, la ciudad que desencadenó el movimiento estudiantil, se retiraba una bandera con la imagen del criminal de guerra condenado Vojislav Šešelj, que llevaba colgada de un edificio desde la década de los 90— reforzaron la sensación de que el futuro había llegado de verdad.
Al observar a mi país natal desde el extranjero, me resultó difícil no compartir la emoción y la euforia. Me involucré en el movimiento estudiantil que estuvo detrás de este terremoto electoral y fui candidato por él durante unos seis meses antes de marcharme al extranjero. Mi participación comenzó mientras impartía clases en Belgrado, en las facultades de la universidad que estaban bloqueadas en 2024 y 2025. Durante estos bloqueos extraordinarios, ocurrió algo de lo que no se habló mucho en los medios de comunicación occidentales: el surgimiento de un intercambio colectivo de información y un proceso de formación de opinión que resultaría clave para el resultado del domingo.
Una cultura política novedosa
Durante casi dos años, los estudiantes debatieron prácticamente todos los aspectos de la economía y la sociedad serbias: desde la minería del litio y la explotación de recursos hasta el poder económico de los oligarcas locales, pasando por cuestiones como la sanidad y la educación. En ocasiones, los debates se prolongaban hasta seis horas. Todo esto ocurrió antes de que los estudiantes elaboraran un programa conjunto o formaran una organización capaz de superar a los partidos liberales tradicionales. En cierto sentido, primero vino el conocimiento y después la organización.
La victoria electoral del domingo de lo que se convirtió en la Lista Estudiantil surgió, por lo tanto, de una cultura política novedosa: un movimiento sin líderes basado en el autogobierno colectivo y la educación política, algo inédito en la escena política serbia desde el colapso de Yugoslavia.
Al ganar las elecciones parlamentarias, la Lista Estudiantil ha roto el monopolio de los partidos políticos. Se ha vuelto más popular que el Gobierno de derechas y que prácticamente todos los partidos de la oposición de todo el espectro político, la mayoría de los cuales ni siquiera obtuvieron votos suficientes para superar el umbral electoral
Teniendo en cuenta la historia reciente de Serbia, ¿cómo fue posible este extraordinario experimento democrático? Una respuesta radica en la capacidad del movimiento para movilizar a un amplio abanico de personas que, a pesar de sus diferentes convicciones políticas, querían hacer frente a la corrupción percibida de Aleksandar VuÄiÄ, el presidente autoritario. Con una economía dependiente de la inversión extranjera directa tras la desintegración de Yugoslavia, los dirigentes políticos establecieron estrechos vínculos con empresas de propiedad extranjera. El nombre de VuÄiÄ solía estar entrelazado con las actividades de multinacionales como Rio Tinto, el gigante minero anglo-australiano que pretendía extraer el litio del país.
En este contexto, recibí amenazas de muerte tras la publicación de un artículo científico crítico sobre la controvertida cuestión del litio; muchos de mis compañeros se enfrentaron a intimidaciones similares. Pero el maltrato a los ciudadanos serbios que se oponían a los proyectos de inversión a gran escala también comenzó a moldear la conciencia pública en Serbia. Se acusó al partido de VuÄiÄ de quedarse de brazos cruzados e incluso de participar, mientras que los partidos de la oposición solo ofrecían respuestas poco convincentes.
Desde el punto de vista de los estudiantes, se consideraba que los líderes de los partidos eran fáciles de corromper cuando se enfrentaban al poder financiero de los proyectos internacionales. Por lo tanto, para cambiar el sistema, había que empezar por cambiar las estructuras políticas que lo hacían posible.
En este sentido, estas no fueron unas elecciones más; fueron una lucha monumental entre lo viejo, que agonizaba, y lo nuevo, que luchaba por nacer —parafraseando a Antonio Gramsci—. En Serbia, el nuevo movimiento ha surgido de lo viejo: comenzó con ocupaciones de facultades, bloqueos y asambleas plenarias, antes de convertirse hoy en la mayor fuerza política del país.
Al ganar las elecciones parlamentarias, la Lista Estudiantil ha roto el monopolio de los partidos políticos. Se ha vuelto más popular que el Gobierno de derechas y que prácticamente todos los partidos de la oposición de todo el espectro político, la mayoría de los cuales ni siquiera obtuvieron votos suficientes para superar el umbral electoral. Así pues, lo “viejo”, al menos en el caso de Serbia, queda confirmado como muerto.
Y lo que el pueblo serbio eligió no fue otro partido, sino una lista de 250 candidatos, 134 de los cuales tienen un doctorado, el 44% son mujeres y se prevé que entre 135 y 140 de ellos entren ahora en el Parlamento. Detrás de ellos se encontraba una organización diferente a todo lo visto en los partidos políticos tradicionales, basados en líderes. De este modo, “un grupo de estudiantes”, como los describió The Economist, ha creado algo que debería estudiarse, ya que va más allá de las formas tradicionales de hacer política.
Las lecciones del experimento serbio
¿Podrá gobernar un movimiento sin líderes? Aquí es donde las cosas se complican. En el contexto de lo que el historiador Adam Tooze denomina la “policrisis” mundial, una inteligencia colectiva basada en la autoorganización puede parecer una respuesta tentadora. Al fin y al cabo, las protestas estudiantiles en Francia, Italia y Bélgica, junto con las de España y Albania, han surgido como respuesta a crisis entrelazadas relacionadas con la vivienda, la educación y la destrucción del medio ambiente. Para estas crisis en otras partes de Europa, tan evidentemente mal gestionadas por los gobiernos, las lecciones del experimento serbio pueden resultar cruciales.
Pase lo que pase, se ha puesto sobre la mesa una pregunta: ¿hasta qué punto la autoorganización y la toma de decisiones descentralizada constituyen la base del gobierno?
Por otro lado, no hay que idealizar la situación. La lista está formada por bloques ideológicamente opuestos, desde partidarios de la derecha hasta personas de izquierda y liberales. La mayoría de los elegidos nunca antes han ocupado un cargo político, y el sistema parlamentario les exigirá que nombren a un primer ministro y, en futuras elecciones presidenciales, a un candidato presidencial. ¿Aportará la Lista Estudiantil la misma energía a la Asamblea Nacional sin poner en peligro el mismo método que la hizo tan fuerte? Además, para VuÄiÄ, perder las elecciones no significa necesariamente perder el sistema. Al contrario, su reconocimiento de la derrota también puede haber sido una maniobra estratégica, que le permite mantener intacto el aparato del partido de cara a un regreso.
Pase lo que pase, se ha puesto sobre la mesa una pregunta: ¿hasta qué punto la autoorganización y la toma de decisiones descentralizada constituyen la base del gobierno? Por el momento, la gente celebra en las calles de Belgrado, Novi Sad y muchas otras ciudades y pueblos de toda Serbia. Pero la verdadera lucha no ha hecho más que empezar. El mundo debería estar muy atento: puede que esté presenciando el inicio de un tipo de política muy diferente.
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Aleksandar MatkoviÄ es investigador posdoctoral en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental de Barcelona y miembro del Transnational Institute de Ámsterdam. Trabaja en historia medioambiental, economía política e historia de Yugoslavia.