Trump afronta el final de su mandato vapuleado en las urnas y con un cisma interno
“El cambio de régimen no se ha producido en Texas y Kansas, no en Teherán”. La frase, de un activista de derechos humanos, define muy bien lo que ha pasado en estas midterms en Estados Unidos. De la misma manera que los estadounidenses se entregaron al trumpismo hace dos años sabiendo lo que hacían, este martes han decretado el principio del fin de la era trumpista en unas elecciones de mitad de mandato que han supuesto una derrota histórica para el partido del Gobierno, en este caso el republicano.
Y lo han hecho con votantes de Donald Trump que han votado demócrata porque la agenda ultra de la Casa Blanca ha empeorado sus condiciones materiales de vida: el precio astronómico del diésel –6,3 dólares de media el galón, cuando hace un año era de 3,7–, como consecuencia de la guerra ilegal en Irán, repercute directamente en los gastos de producción de granjeros y ganaderos del centro de EEUU, además de en todos los procesos industriales a lo largo y ancho del país.
Trump ha intentado remediarlo a la desesperada rehabilitando a Vladímir Putin y al petróleo ruso, pero sin éxito en las gasolineras estadounidenses.
De la misma manera, los aranceles unilaterales de Trump han repercutido en el coste de la vida de los votantes, hasta el punto de que se ha aprobado una amnistía temporal para la carne de Argentina y Brasil con el fin de buscar una bajada de los precios que no se llegó a producir, pero que sí logró enfadar a los productores en estados como Nebraska.
Trump prometió mejorar la vida de la gente, y lo que ha traído ha sido guerra e inflación, regalando a los demócratas la autopista política del affordability, la preocupación por el coste de la vida.
Las urnas han marcado a los estadounidenses el inicio del fin de la era de Trump, un presidente de 80 años que entra en el tramo final de su segundo mandato, sin posibilidades de reelección, y que planteó las elecciones del martes como un plebiscito sobre su gestión. “Votad pensando que estoy en la papeleta”, no ha parado de decir desde principios de septiembre.
Y todo apunta a que eso es precisamente lo que han hecho los votantes, teniendo en cuenta que sólo el 30% de los encuestados aprueba su gestión.
Eso sí, Trump prefiere hacer como si no fuera con él. Este mismo miércoles se pronunciaba así sobre el impacto de la guerra en Irán en la derrota electoral: “Es cierto en gran medida porque provocó una ligera subida del precio de la gasolina a corto plazo. Pero, al mismo tiempo, si tuviera que volver a hacerlo, lo haría de nuevo porque, a largo plazo, es la única solución. No se puede permitir que Irán tenga un arma nuclear. No hay otra opción. Hay que hacerlo. No se puede permitir que Irán tenga un arma nuclear, o todo lo que ves aquí podría dejar de existir algún día, y quizá este edificio sea el único que quede en pie. Probablemente, esa sea la razón principal: el precio, no la guerra. El precio. Y te digo que, si yo me hubiera presentado a las elecciones, habríamos ganado”.
Y ahora, ¿qué?
Trump entra de lleno en el terreno del pato cojo, el del presidente que ya no tiene capacidad de convencer a nadie porque está de salida y se queda sin resortes para imponer su voluntad.
Tiene el Congreso en contra. Es verdad que no todos los demócratas son iguales y que los del establishment se financian de los mismos bolsillos que los republicanos del otro lado del pasillo y son más dados a la colaboración con la Casa Blanca que el ala progresista. Pero también es cierto que hay poco apetito por llegar a acuerdos con un presidente que les insulta cada día y que lleva dos años saltándose los límites de sus atribuciones, en constantes choques con el legislativo, el judicial y la prensa.
Y los demócratas tienen dos vías fundamentales: el control de las partidas presupuestarias y las comisiones de investigación. La primera vía es más efectiva e incide directamente sobre lo que se puede o no se puede hacer. La segunda tiene efectos fundamentalmente políticos o mediáticos.
Mientras los demócratas se encaminan a unas primarias para las presidenciales de 2028 en las que la familia progresista querrá presentar batalla, como ya hizo en el pasado con Bernie Sanders, y para las que la congresista Alexandria Ocasio-Cortez es la mejor situada, los republicanos ya han empezado a navajearse.
Así, JD Vance, vicepresidente de la Administración Trump que inició los bombardeos en Irán de forma unilateral e ilegal el 28 de febrero pasado en Irán, ya ha culpado a la guerra de la debacle en las midterms. No ha esperado ni 24 horas.
Según un encuestador citado por Vance, las cuatro principales preocupaciones de los estadounidenses tenían que ver con la agenda ultra de Trump: “Acabar con la guerra; centrarse en el coste de la vida y la inflación; poner a Estados Unidos primero; y cambiar nuestra relación con Israel”.
“Nuestros votantes acudieron a las urnas. Y las cuatro razones anteriores son las que llevaron a muchos de ellos a votar a los demócratas”, señala Vance: “La razón por la que hemos perdido es la guerra. El propio presidente lo dijo anoche. Si queréis argumentar que mereció la pena, que perder el Senado durante los próximos seis años mereció la pena, hacedlo. Argumentad que fue un precio que valió la pena pagar. Pero todo el mundo sabe por qué hemos perdido. Y cualquier conversación honesta sobre hacia dónde vamos a partir de aquí debe empezar por ahí. A quienes estáis cabreados y queréis decir: 'Os lo dije', tenéis razón, nos lo dijisteis. Canalizad esa energía para votar a los republicanos que comparten vuestra visión del mundo. A quienes simplemente estáis cabreados por los resultados, tenéis motivos para estarlo. Aprovechemos esa ira y volvamos al trabajo de salvar nuestro país”.
El argumento de Vance, que no lo ha expresado públicamente desde el inicio de los bombardeos sobre Irán el pasado 28 de febrero, sí ha sido manifestado por algunos referentes del mundo MAGA en los últimos meses, como Tucker Carlson, Marjorie Taylor Greene y Megyn Kelly, que veían una contradicción entre el America First y bombardear Irán de la mano de Israel.
Hasta tal punto es así, que el propio Carlson, que hizo campaña con el líder MAGA en las presidenciales de 2024, afirmó hace unos días que Trump estaba dispuesto a lanzar un ataque nuclear contra Irán.
El movimiento de ruptura de Vance con respecto a Trump tendrá consecuencias para lo que queda de legislatura: el vicepresidente es el miembro del gabinete que tiene más difícil distanciarse de la Casa Blanca, pero tampoco lo tendrá fácil otro posible candidato, como Marco Rubio, quien siempre ha sido generoso en regalarle el oído al presidente.
Fuera quedan otros menos salpicados por las acusaciones de corrupción contra la familia Trump y su entramado económico, así como por su agenda ultra, como es el caso del gobernador saliente de California, Ron DeSantis, que ya ha concurrido en el pasado a las primarias republicanas.
Mientras tanto, Trump está entrando de lleno en el final de su mandato vapuleado en las urnas y con un cisma interno.