Días y flores
Últimamente se ha puesto de moda hacer la lista de los individuos sin los cuales el mundo sería mejor. Cuando los EEUU secuestraron a Nicolás Maduro hubo quien aseguró que el secuestro de Maduro hacía al mundo mejor. Y cuando Estados Unidos e Israel asesinaron al ayatolá Ali Jameneí, un caso sin precedentes en el que un Gobierno acaba con el líder de otro país sin declaración previa de guerra, se dijo que también el mundo mejoraba con su desaparición. Lo extraño es que no continúen haciendo un mundo mejor asesinando también a los dirigentes de Qatar, Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Catar y el resto de dictaduras islámicas tan oprobiosas como la iraní que cada día violan los derechos humanos.
La idea de mejorar el mundo a base de secuestros y asesinatos resulta extraña y contradictoria. Pero la práctica política es cada día más práctica y menos política como muestra el hecho de que la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen haya afirmado que “No se debe llorar por el régimen iraní que ha infligido muerte e impuesto represión a su propio pueblo”. De acuerdo, no lloremos por aquellos que han infligido muerte e impuesto represión a su propio pueblo, incluidos los que aún lo siguen haciendo asesinando a inmigrantes en EEUU o masacrando a la población en Gaza y Cisjordania.
Sin embargo debemos llorar porque el llanto es el grito del alma y hay que llorar de rabia cuando el ejército de los Estados Unidos asesina a las niñas de Irán que acuden a la escuela esperando la llegada de los derechos humanos que las liberen y no de los infanticidas con sus misiles que las ejecuten. Debemos llorar de vergüenza cuando personajes como Mark Rutte, el secretario general de la OTAN, hace del servilismo una malformación del liderazgo. Debemos llorar de dolor al observar impávidos cómo los matones de extrema derecha que antes tomaban el poder a base de golpes ahora lo hacen acariciados por los votos irresponsables de algunos ciudadanos. Debemos llorar de hastío frente al vertiginoso olvido del genocidio de Gaza porque las emociones ya van en nuestro interior al ritmo que marcan las redes sociales. Debemos llorar de exasperación ante la forma en la que las democracias occidentales hacen del asesinato un arte y de la justicia un hartazgo. Y, por supuesto, debemos llorar de repugnancia al ver cómo una guerra sustituye a otra y hasta de agotamiento mental cuando algunos líderes políticos nos ponen en el falso dilema entre los derechos humanos y el derecho internacional olvidando que ambos son equivalentes necesarios.
Es una contradicción de las supuestas democracias violentar los derechos humanos para defender los derechos humanos. No se hace un mundo mejor matando a escolares inocentes por mucho que se haya normalizado el siniestro concepto de “daños colaterales”. El propio Tratado de la Unión Europea, se fundamenta en el respeto a la libertad, la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos afirmando que su finalidad es promover la paz promoviendo el estricto respeto al derecho internacional.
En 1974 el cantautor cubano Silvio Rodríguez compuso Días y Flores, una poética y furiosa canción en el que el amor y las injusticias del mundo, la belleza y las guerras se constituyen en opuestos que nos desgarran. Las flores representan los valores del ser humano que mantienen la salud interior frente a los terribles días de este inmundo mundo. Y a la más profunda alegría le sigue la rabia uno y otro día: la rabia simple del hombre silvestre/la rabia bomba, la rabia de muerte/la rabia imperio asesino de niños/la rabia se me ha podrido el cariño/la rabia, madre, por Dios, tengo frío/la rabia es mío, eso es mío, sólo mío/la rabia bebo pero no me mojo/la rabia miedo a perder el manojo/la rabia hijo zapato de tierra/la rabia dame o te hago la guerra/la rabia todo tiene su momento/la rabia el grito se lo lleva el viento/la rabia el oro sobre la conciencia/la rabia coño, paciencia, paciencia. Porque la rabia, concluye la canción, la rabia es mi vocación“.
Así que lloremos rabiosamente mientras repetimos las palabras que el histórico dirigente de Izquierda Unida, Julio Anguita, pronunció tras la muerte de su hijo, el periodista Julio Anguita Parrado, provocada por un misil durante la guerra de Irak en abril de 2003: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”. Las malditas guerras, ese invento de los poderosos para beneficio de los poderosos a las que nunca van los poderosos.