La política como derbi
Si en los estadios de fútbol la lealtad ciega al equipo justifica cualquier falta como táctica necesaria y convierte al árbitro en el enemigo común, en la España del siglo XXI ese mismo mecanismo ha colonizado la plaza pública. No se trata de una mera metáfora, sino de una mutación antropológica de la participación política: hemos dejado de debatir proyectos para afiliarnos a marcas identitarias. Como el aficionado que se hace del Madrid o del Barça no por el gusto del juego, sino por la garantía estadística de ganar, el ciudadano se adhiere a un partido no por la solidez de sus ideas, sino por la percepción de su potencial de victoria. El resultado es una hooliganización del discurso que anula el pensamiento crítico, normaliza la transgresión ética y, en última instancia, convierte la presunción de inocencia en un arma arrojadiza contra las víctimas. En el fondo, es la última fase de la desposesión política, un fantasma que recorre Europa y el mundo occidental, consecuencia lógica de una política sin futuro: cuando no se puede proyectar un mañana compartido, solo queda atrincherarse en un nosotros defensivo y guerrear por el control del hoy.
Esta dinámica produce una contradicción performativa que define nuestro momento: declaramos el hastío por la grieta o la polarización, que nunca es nuestra, siempre es del otro, pero alimentamos cada día la lógica tribal que la sustenta. Participamos en una guerra cultural donde el objetivo no es convencer, sino humillar al contrario; no es construir mayorías sociales, sino movilizar al propio feudo. Las redes sociales son el campo perfecto para este espectáculo: un flujo constante de memes, eslóganes y descalificaciones que convierten el debate en una sucesión de gritos de gol. La complejidad de los problemas —la vivienda, el modelo productivo, la transición ecológica, la movilidad sostenible, la dotación igualitaria de servicios públicos— se reduce a consignas digestibles y a la búsqueda obsesiva de la anécdota que desacredite al rival. Es lo que podríamos llamar la popperización del discurso político: la reducción de todo conflicto social a un hit de redes, un formato de entretenimiento emocional donde lo importante no es la verdad, sino quién se impone al pitido final. Basta ver cómo las tertulias televisivas premian el zasca fácil sobre el argumento sostenido, o cómo un problema de décadas como la financiación autonómica se convierte en trending topic solo cuando un presidente usa un determinado tono de voz.
El síntoma más claro de esta enfermedad democrática es el doble rasero moral convertido en norma. La corrupción, el abuso de poder o la incompetencia ya no se juzgan por su gravedad objetiva, sino por el color de la camiseta del infractor. El mecanismo es previsible y se activa en cadena: 1) Negación rotunda (son fake news de los rivales); 2) Minimización comparativa (y el tuyo lo hizo peor); 3) Criminalización de la denuncia (es un ataque político orquestado); y 4) Victimización del acusado (están persiguiendo a uno de los nuestros). Así, un delito deja de ser un quebrantamiento de la ley común para convertirse en un daño colateral de la guerra tribal, algo que, en el fondo, todos hacen y que solo se usa como munición partidista. La presunción de inocencia, pilar jurídico fundamental, es pervertida en este proceso: deja de ser un derecho procesal para convertirse en una coartada pública para desplazar el foco. No se exige justicia imparcial, sino que se usa el principio como un escudo para desviar la atención hacia el denunciante o la institución que investiga, acusados de parcialidad. El mensaje subyacente es tóxico: la lealtad al equipo está por encima de la lealtad a la legalidad.
Este mecanismo no opera en el vacío, sino que se nutre de un sustrato social más profundo: la misma lógica tribal que coloniza el debate político impregna también la vida cotidiana y la cultura. En la justicia, la presunción de inocencia deja de ser un derecho procesal universal para convertirse en un privilegio de casta: se invoca con ardor para proteger al correligionario y se silencia —o se ataca— cuando ampara al adversario. En la cultura, esa misma esencialización alcanza hasta lo que cada uno pone en su plato. El jamón, como he desarrollado en otro artículo, no es ya una preferencia gastronómica sino una frontera digestiva: quien no lo come carga con una hipoteca identitaria permanente, la sospecha de no pertenecer del todo, de ser un invitado bajo tutela. Así, el doble rasero se hace cuerpo: los nuestros pueden fallar, quebrantar, incumplir, que siempre habrá una coartada; los otros deben demostrar su inocencia y su pertenencia a cada bocado.
Esta lógica tiene un coste democrático devastador: la infantilización de la ciudadanía y la erosión de lo común. Si la política es un derbi, el ciudadano se convierte en espectador-participante de un reality show, donde su papel se reduce a elegir un bando y aplaudir sus jugadas. Se desincentiva el pensamiento autónomo, la lectura de programas, el seguimiento crítico de la gestión. Las ideas —que por definición son complejas, discutibles y perfectibles— se vacían de contenido. Una idea no es peligrosa; al contrario, es el vehículo del aprendizaje, la discusión y la empatía, porque obliga a salir de uno mismo y entender razones ajenas. La hooliganización, en cambio, promueve lo contrario: la aversión a la idea y la adhesión a la tribu.
Los partidos políticos, lejos de corregir esta deriva, la han instrumentalizado. El marketing político ha sustituido a la pedagogía política. Las campañas se diseñan no para explicar, sino para activar sesgos identitarios y emociones viscerales (miedo, resentimiento, orgullo herido). El pensamiento único que durante décadas proclamó que no había alternativa al modelo —que la historia había llegado a su fin y solo quedaba gestionar lo existente— ha encontrado su sucesor lógico en el sentimiento único tribal: si no hay futuro que imaginar, al menos queda un enemigo al que derrotar. La política sin horizonte se refugia en el combate. La consecuencia es un paisaje político empobrecido, donde la oferta se reduce a diferentes grados de gestión del mismo sistema sin alternativa posible, y el conflicto se desplaza del debate sobre el modelo de sociedad al combate por el poder simbólico.
¿Cómo se sale de esta trampa? No hay soluciones simples, pero el primer paso es el diagnóstico claro: recuperar la política como espacio de conflicto ideológico real, no como guerra identitaria. Esto implica, paradójicamente, politizar más, pero mejor: elevar el nivel del conflicto, discutir de fondos y no de formas, de proyectos y no de personas. Exige de los medios, de las instituciones educativas y de los propios partidos un esfuerzo por recomplejificar el discurso, por devolver el espesor a las ideas. Y, sobre todo, exige de la ciudadanía un acto de insumisión cognitiva: negarse a ser un hooligan, recuperar el derecho a criticar al propio equipo, a exigir coherencia, a valorar las ideas por encima de las siglas. Esta insumisión empieza por un acto de higiene lingüística: rechazar los eslóganes prefabricados de la tribu, exigir que se nombren las cosas por lo que son, y recuperar el significado de las palabras antes de que sean solo banderas. Un Estado de Derecho solo lo es si aplica la ley por igual a amigos y enemigos. Una democracia solo es madura si sus ciudadanos son capaces de juzgar a sus líderes con la misma vara con la que miden a sus adversarios.
La hooliganización no es un accidente ni una anomalía pasajera. Es el síntoma de una democracia que ha dejado de ofrecer un mañana y solo puede movilizar a través del miedo al otro y la promesa nostálgica de restaurar un pasado que, convenientemente, nunca existió del todo. En ese vacío, ganar el derbi se convierte en el único consuelo imaginable. Pero conviene recordar, a quienes confunden la victoria tribal con el progreso colectivo, que en un estadio donde todos pierden, los únicos que siempre ganan son los que venden las entradas.
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