Hoy es siempre todavía
Fue el despertar democrático violentado por el golpe de Estado de 1936, también la única posibilidad de enfrentar la caducidad de un Estado decimonónico que irrumpió en los albores del siglo XX y que se descompuso definitivamente con el hundimiento de la monarquía. La Segunda República abordó en España la urgencia de una reforma agraria, la necesidad de la universalización de la educación, la cuestión de las nacionalidades, la extensión de los derechos básicos a todos los ciudadanos e incluso implantó un impuesto sobre la renta de las personas físicas, algo absolutamente novedoso en aquel contexto. Además, generó en muy poco tiempo un equilibrio democrático que permitió, en 1933, el retorno al poder de una oligarquía que había ejercido un boicot permanente contra todas esas reformas, tan difíciles como necesarias. “Para mí la República significaba la posibilidad de desaparición de toda es vieja costra castiozoide, asfixiante de los mejores valores de nuestro país”, afirmaba en 1981, cincuenta años después de su proclamación, José Antonio Maravall, una de las principales figuras de la historiografía española del siglo XX.
La Constitución de la República Española fue aprobada por las Cortes Constituyentes el 9 de diciembre de 1931 y por primera vez se reconocía en un texto constitucional la igualdad de derechos de mujeres y hombres en un régimen de libertad y de justicia y entre otras muchas propuestas de avance social la educación se convertía en el elemento esencial de equidad a través de la escuela unificada convirtiendo a la enseñanza primaria en gratuita y obligatoria y a los maestros, profesores y catedráticos de la enseñanza oficial en funcionarios públicos. Además la República se comprometía a facilitar a los españoles económicamente necesitados el acceso a todos los grados de enseñanza, una enseñanza laica inspirada en ideales de solidaridad humana. Y, conviene resaltarlo, el artículo 48 de esa constitución reconocía a las Iglesias el derecho a enseñar sus respectivas doctrinas en sus propios establecimientos.
En la República culminó la Edad de Plata de la cultura, reflejada en la Institución Libre de Enseñanza el proyecto de cambio educativo más importante de la España contemporánea que este año cumple 150 años. Su influencia social, política y cultural fue extraordinaria ya que desde 1876 hasta 1936 la Institución Libre de Enseñanza se convirtió en el centro de gravedad de toda una época de la cultura española y en un cauce para la introducción en nuestro país de las más avanzadas teorías pedagógicas y científicas que se estaban desarrollando fuera de las fronteras españolas. El sueño institucionista pasaba por que España figurase en el mapa europeo del desarrollo científico y cultural y, por supuesto, educativo. Por ello, además de asesinar y depurar a los docentes, el franquismo eliminó todos los aspectos de renovación y avances educativos conseguidos con anterioridad.
Fue la República la que impulsó el hermoso proyecto de las Misiones Pedagógicas que dirigido por el riojano Manuel Bartolomé Cossío se convirtió en una experiencia pedagógica única en la historia de España buscando acercar la cultura a los pueblos , sobre todo a los más pobres y necesitados abandonados. No olvidemos que el Gobierno de la Segunda República se encontró con la situación de un millón de niños sin escolarizar y la necesidad de crear alrededor de 27.000 escuelas. Sólo en el primer año se crearon más de 7.000 nuevas escuelas, a la vez que se propiciaba el ritmo constante de creación de bibliotecas en cualquiera de sus formas, permanentes o ambulantes. En las zonas rurales el 70% de los hombres eran analfabetos y la cifra resultaba más elevada en el caso de las mujeres, así que las Misiones Pedagógicas pretendían fomentar la cultura general mediante bibliotecas populares, organización de lecturas, sesiones cinematográficas y musicales o exposiciones de arte a través museos itinerantes.
La Segunda República Española no fue una improvisación rupturista de un grupo de iluminados, sino que tenía tras de sí un elaborado proyecto de futuro inmerso en la necesidad de cambio exigido por tantos siglos de desigualdad y atraso. Y como ello ofendió a aquellos que entendían la detentación del poder como un privilegio secular, hereditario y eterno, la respuesta fue la rebelión militar y la posterior difamación que identificó a la Segunda República con desorden, caos y guerra.
En estos días en los que florece un revisionismo neoconservador que se atribuye, sin ningún sonrojo, la defensa exclusiva de los valores democráticos adueñándose de la palabra “libertad” desde un sesgo excluyente, conviene recuperar el espíritu del republicanismo en su sentido histórico y conceptual. Porque el término república nos remite a la res pública (cosa de todos), es decir a si los seres humanos somos capaces de dotarnos a nosotros mismos de instrumentos de gobierno o dependemos necesariamente de alguna fuerza externa que nos dé forma y nos guíe en nuestra andadura histórica. Es en la Grecia clásica donde se produce, por primera vez, la reflexión sobre si la sociedad es un producto propiamente humano y serán los autores clásicos quienes señalen a la república como el régimen político más óptimo capaz de garantizar la felicidad y la justicia. Para los antiguos griegos, no es que la comunidad fuese más importante que el individuo, es que el individuo sólo podía desarrollarse en comunidad cívica. A partir de este principio la cuestión de cómo se organiza esa comunidad se convierte en el elemento clave sobre el que el ser humano ejerce de sí mismo, es decir, de ser racional y autónomo. Y la forma de organización que conocemos como república recorre el vínculo existente entre los derechos del individuo y la sociedad que los posibilita al preguntarse por el poder y por las propias posibilidades de participar y formar parte de ese poder equitativamente.
El republicanismo, por tanto, se constituye en una tradición milenaria que arranca en el mediterráneo antiguo clásico y reaparece en el mundo moderno impregnando los movimientos políticos de cambio. El filósofo Inmanuel Kant lo precisó en su obra La paz perpetua afirmando la necesidad de que todos los países se doten de constituciones republicanas, ya que estas posibilitan a los ciudadanos la toma de decisiones como la del consentimiento para declarar la guerra. Pero no sólo Kant. Pericles, Protágoras, Platón, Aristóteles, Montesquieu, Locke, Rousseau, Jefferson, Marx y otros muchos mantuvieron el debate sobre el republicanismo y su esencia: ser libre consiste en no tener que pedir permiso a otro para existir socialmente ejercitando la virtud de la ciudadanía frente a la condición de súbdito.
El republicanismo como pensamiento y la república como forma política garantizan la ecuanimidad en el proceso de acceso al poder. La democracia también consiste en que cualquier miembro de la polis tenga la posibilidad de gobernarla porque la cualidad de ciudadano también se expresa en el desempeño posible, concreto, real y continuo del poder. Y, a diferencia de la monarquía, el proyecto republicano se basa en una doble soberanía, individual y colectiva, y en el hecho de que todos somos “soberanos”.
Hoy 14 de abril cumple años una aspiración que convenía en la necesidad de dignificar la vida pública, defender la libertad y sostener la igualdad entre los seres humanos, promoviendo su desarrollo cultural y científico. El modelo republicano se acerca más al lejano sueño de acceder a las magistraturas del Estado en términos de igualdad social y la posibilidad de una transición hacia una república (con todos los cuándos que se le quieran añadir) puede tomarse como una evolución natural de las formas de organización política si somos capaces de superar el perímetro de los afectos ya que cuando el debate entre monarquía y república se sitúa en el plano de lo conveniente se convierte en una disputa estéril. Y como nuestro país tiene un lúgubre pasado acerca de lo que resulta más oportuno, la discusión debe situarse en el campo de lo racional y, por tanto, de lo utópico. Tal vez un monarca nos represente a todos pero, además, nos gustaría poder darle (o no) nuestra representatividad.
En una reciente entrevista Luis Arroyo, presidente del Ateneo de Madrid afirmaba que no es tan complicado que en España haya una república porque basta con una reforma constitucional. Viniendo de un ateneísta suena muy bien porque los ateneos desde su defensa de la investigación científica y el cultivo del arte y de las letras siempre estuvieron ligados a ese sentimiento de igualdad social que emana del republicanismo. Ojalá esos deseos sean órdenes en su sentido más significativo: el de colocar las cosas en el lugar que les corresponde.
En cualquier caso, la ilusión republicana entraña mucho más que una mera crítica a la monarquía y otra república posible, al igual que la utopía, también está en el horizonte. El resto pertenece al viento de la historia que ahora se detiene en el soplo de esperanza que atravesó España aquel 14 abril de 1931. Hoy es el día de la República, hoy es siempre todavía. Lo dijo un poeta republicano que amaba “mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón”.