La psicología del eclipse

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Se ha alabado la reinterpretación de Ulises que Nolan ofrece en su película; y, aunque sin ese entusiasmo exagerado que ha concitado (tan sospechoso de que lo haya engordado la nada inocente habilidad de Universal para urdir campañas de marketing), coincido en que es uno de los escasos hallazgos que me procuró la cinta. La adaptación posmoderna del personaje ha conllevado, sin embargo (y quizá como presupuesto insoslayable), que se haya sustituido el tono mitológico y épico del poema original por una aproximación escéptica o psicoanalítica que, a la postre, derrumba la verosimilitud narrativa del viaje homérico.

Más allá de su infantilismo, tan característico de este tiempo averso a la ambigüedad (esto es, a la inteligencia), el rótulo admonitorio que precede a la secuencia inicial del largo (“En una época de magia aparente”) condensa la paradoja que la ambivalencia de Nolan no ha sabido resolver, y por la que su Odisea termina resultando frustrante o insatisfactoria; o quizá, más que de ambivalencia, haya adolecido de una cierta falta de coraje para apostar decididamente por su revisión del clásico. El director no podía preservar fielmente la secuencia de sucesos del poema, y sin embargo el guion la sigue fundamentalmente, si pretendía despojarle de ese componente mágico para trasladar a Ulises al contexto antropológico del Occidente de 2026, pues la historia original depende y está engarzada por tantos deus ex machina, en un sentido no sólo figurado sino literal de directa intervención de los dioses, que la coherencia del relato se desmadeja cuando se reniega de esa comprensión mistérica (mitológica) de la realidad. Es más, la película sale airosa del episodio de las sirenas porque abandona su inane equilibrismo y abraza sin complejos esa comprensión antigua: a través de dos recursos cinematográficos puros e intuitivos de fuera de campo, opta por no revelar aquello que no puede revelarse, y con ello desafía nuestra contemporánea gnoseología cientificista.

No es que la civilización micénica fuera una “época de magia aparente” (afirmación que también peca de cierto desdén intelectual, de cierta superioridad moral presentista), sino de magia verdadera: la cosmovisión de aquellos griegos se articulaba a través de la mitología porque, entre cosas a falta de un desarrollo más extenso de la técnica y la tecnología, el pensamiento mágico les suministraba una explicación sólida para dominar tantos fenómenos, ambientales y también auspiciados por humanos, que no dominaban (esa insaciable obsesión por la previsibilidad sobre la que se ha construido la evolución, a pesar de que debamos rendirnos a que la única certeza es la certeza de lo incierto). La psicología moderna describe el pensamiento mágico como una distorsión cognitiva que dibuja falsas causalidades, pero no lo era para aquellos griegos que vivían y creían en la magia no como algo ficticio, sino como algo real; no como una excusa evasiva (en la medida en que serían conscientes de su insuficiencia) para alcanzar el sentido último de un hecho, sino como su explicación más cabal y concluyente, correcta; y por eso, incluso la filosofía ateniense del Siglo de Pericles integró la mitología, y no sólo la experiencia empírica, en su racionalización del conocimiento del universo.

De hecho, Heródoto nos cuenta cómo un eclipse solar total, el primero documentado con exactitud cronológica, interrumpió una batalla entre los medos y los lidios, contendientes que, inspirados por ese mensaje o presagio divino, finalmente firmaron la paz (año 585 a.C.). El historiador asegura que Tales de Mileto lo había pronosticado, dato que probablemente atesora un valor más simbólico que fáctico (signo de la transición de la interpretación religiosa a la observación y búsqueda de las leyes naturales); pero, en cualquier caso, el relato descubre que la cosmovisión mitológica no sólo respondía a carencias tecnológicas, sino también a una elección de perspectiva para afrontar esas manifestaciones: interesaba más su significado, que el estudio de cómo se habían producido. En la preeminencia de ese enfoque radica una diferencia esencial que se le escapó a Nolan (o no se atrevió a plasmarla porque implica una denuncia incómoda para los espectadores): que aquella sociedad griega era eminentemente narrativa, mientras que nuestro actual Occidente es exasperantemente expositiva.

El eclipse solar total de este verano podría servirnos para reconocer que hemos socavado esa perspectiva hasta vaciarla o anularla, y por eso nuestras sociedades están impregnadas de una pegajosa abulia, de un nihilismo nostálgico y paralizante, pues los procesos se agotan en sí mismos, mientras que el significado narrativo (mitológico) trasciende. En este sentido, Jung sostiene que “la persona que ha perdido la capacidad de admirarse ya no es una persona, es una pieza del engranaje” (El hombre y sus símbolos). La ciencia ha analizado la “psicología del eclipse”: produce una brecha de información que activa la red neuronal por defecto, lo que conduce a una suspensión del juicio lógico que insufla curiosidad y estimula el aprendizaje y la imaginación.

Aunque ya hemos colmado el conocimiento científico del fenómeno, sigue irradiando una fascinación que nos impulsa a ir más allá, a imbuirnos de un asombro (sublime) que explore nuevas dimensiones especulativas y creativas de un suceso que estrictamente ya no encierra misterio, pero que sigue sugestionándolo o proyectándolo. Creo que éste es el motivo por el que estamos acogiéndolo con tanta expectación, con tanta delectación: porque enciende una genuina capacidad de maravillarse que la saturación de información está atrofiando; porque legitima un hermoso paréntesis de la incredulidad como actitud ilustrada para relacionarnos con los demás y el entorno. La psicología del eclipse nos permite recuperar el pensamiento mágico, que hemos ridiculizado hasta arrinconarlo, como una aproximación complementaria y ampliatoria (por supuesto, ya no única ni exclusiva ni principal), y desde luego más poética, a todos los significados de la realidad.

Claro que el rescate de esa perspectiva hermenéutica de la realidad que se nos ha amputado no configura un juego de suma cero: como pueden apreciar, reivindico su valor cuando amplía la visión, no cuando la postra al reduccionismo. Y es que el eclipse también puede servirnos para reconocer que nos hemos acostumbrado a que demasiados discursos públicos utilicen el pensamiento mágico para purgar o expiar los pecados que descubre el contraste riguroso del pensamiento crítico. Cuando la crisis de la vivienda se achaca a una serie de catastróficas desdichas (y no a la negligencia en la ordenación urbanística de las Administraciones Públicas: hablo en primera persona, que llevo esperando durante meses a que el Ayuntamiento de Logroño emita un informe favorable para que se complete la licencia de primera ocupación de mi piso); cuando la propagación de los incendios se compara con una plaga bíblica, siquiera de manera subyacente; o cuando el ministro Marlaska describe la invasión de Ceuta, y sus múltiples violencias en las calles y sus cadáveres en las playas, como “Cosas que ocurren”, está invocándose el pensamiento mágico en la versión reduccionista y tribal que suponíamos superada. Pueril, torpe triquiñuela la del “cierren los ojos” o “miren para otro lado” mientras se ejecuta el truco.

Y es que, en fin, este eclipse debería postular, socialmente, una metáfora del asombro que impulsa la indagación de la verdad, pero no de la oscuridad de un (nuevo) apagón.

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