El miedo no es un bulo

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El miedo no es un bulo. Éste es el pensamiento con el que me he desquitado (o, quizá, con el que he procurado justificarme) cada vez que, durante la crisis sanitaria del hantavirus (todavía inconclusa), he escuchado opiniones que infravaloraban o banalizaban, o incluso ridiculizaban, el temor legítimo que este suceso ha despertado en tanta gente, entre quienes me cuento. Sigo estando preocupado (y mi desempeño profesional ligado al sector sanitario y farmacéutico no lo disuelve), así que lo primero que reclamo en esta tribuna es que no se vilipendie mi miedo: no es una herejía, pero se le ha denunciado inquisitorialmente. Esas ilustradas opiniones han pretendido servirse de la ciencia para atacar el miedo, mi miedo, nuestro miedo; pero una ciencia que obvia la naturaleza humana (en particular, su riqueza psicológica) no es ciencia, sino técnica. Subrayo el verbo escogido: atacar. Porque algunos discursos se han diseñado con concepto de cruzada y no de diálogo, una cruzada odiosa por su clasismo que distingue entre ineptos o ignorantes (los aprensivos, sin caer en la histeria) y los bien informados o sabios (y, por ello, impávidos e indefectiblemente optimistas).

Sin embargo, el miedo es el conocimiento de los prudentes. No tener miedo es propio de analfabetos. No tener miedo es creer en la magia. No tener miedo es amputar el progreso. Y es que, si se analizan radical y honestamente, sin embellecimientos románticos o épicos, en su más recóndito y desnudo origen, cualquiera de nuestras decisiones (personales, sociales, profesionales o económicas) parten de un miedo fundante. Por ejemplo, y para no entrar en otros anhelos más íntimos que demandarían una exégesis más intrincada, si usted gasta ahora, se debe a su temor de perderse oportunidades de gozo presente; mientras que, si usted aplaza ese consumo y ahorra, se debe al pavor de renunciar a oportunidades de inversión futura. Ese miedo primigenio sólo puede evolucionar a expectativa cuando, mediante un cálculo de preferencias y probabilidades, se le reconoce su carácter profundamente consciente, pues el miedo no es salvaje, sino moral. Lo intuitivo es el miedo, lo racional es la audacia. Pero para que pueda completarse esa transición, no hay que esquivar la alarma o la inquietud, ni tratarlas con condescendencia, ni desde luego burlarse de ellas (de quienes las expresan), sino que hay que comprenderlas y explicarlas. Por tanto, y es de lo que me quejo, la ciencia no debería usarse para escarmentar al miedo, sino para transformarlo. Por tanto, y es lo que reivindico, lo políticamente responsable no es decir “¡No tengan miedo!”, sino “¡Tengan miedo! Pero no se queden en el miedo.”

Claro que no atravesamos una época particularmente caracterizada por la responsabilidad política (o, dicho con más precisión, no parece que la galería de políticos más representativos de España imbrique sus decisiones en una previa y verosímil reflexión ética). Por eso, aunque la crisis del hantavirus me haya brindado un último o inmediato argumento para este artículo, el miedo subyace, de manera muy prevalente, en cómo los diversos agentes involucrados, de uno y otro signo, han gestionado su participación en la cosa pública durante las últimas semanas desde que publiqué mi anterior columna en este medio (disculpen el silencio, pero no siempre es fácil encontrar ideas en el acelerado ritmo de la vida profesional y familiar). Es más, podría afirmarse que el miedo es el estado o ánimo político de la contemporaneidad, acusadamente desde la pandemia, tal vez desde unos años antes. Si bien el miedo siempre ha sido una víctima propicia para los sacrificios del poder, percibo ahora un matiz peligroso: en tanto que esa reacción emocional se desprecia como absurda e infantil (como un bulo, vaya), se aborta la conversación que permitiría convertir ese desasosiego inmanente en una sensata intrepidez para afrontar el futuro. Quien teme necesita razones para dejar de temer, y por eso las busca: no niega el debate. Pero quien quiere rentabilizar la zozobra, en beneficio de algún interés, se obstinará en que no dejes de sentirla: le sobra el debate. Y así se configura este panorama asfixiantemente conservador (el miedo inaugura o impulsa el progreso, pero no lo produce por sí mismo), conservadurismo de izquierdas y derechas, en el que posiciones en apariencia enfrentadas comparten, cada vez con menos disimulo o sofisticación, el mismo axioma: los ciudadanos no deben salir del miedo.

Para contrastar esta tesis, sirvan dos ejemplos que atraviesan estructuralmente el modelo socioeconómico post-COVID que se está (estamos) edificando. ¿No es natural, siquiera por espontáneo, que el fenómeno migratorio, y la regularización extraordinaria que está en curso, provoquen recelos debido a sus implicaciones de primerísima magnitud en todos los órdenes (demográfico, convivencial o económico)? Pues bien, el discurso dominante de la izquierda ha replicado a ese recelo, que sobresale entre la clase trabajadora, con una tajante altanería: si la inmigración te asusta es porque eres un inculto, si no un racista (“¡No tengan miedo!”). Por su parte, los mensajes más sonoros de la derecha han espoleado ese miedo, y muchas de sus soluciones tan sólo prometen inyectar una sensación de seguridad narcotizada (“Tengan miedo. Y quédense en el miedo.”), en lugar de mudarlo en un modelo alternativo de gobierno. 

¿Y no es natural, siquiera por espontáneo, que los shocks de oferta que ha instigado la Guerra de Irán enciendan la ansiedad de la población? No obstante, en este caso, ha sido unánime la respuesta de todo el espectro ideológico a sus nocivas repercusiones (puesto que nuestros partidos políticos, puesto que los españoles sociológicamente, coinciden en propugnar el intervencionismo, bien de izquierdas, bien de derechas, sólo difieren en algunas elecciones para redistribuir la recaudación): el Estado compensará esos daños (“¡No tengan miedo!”). ¿Acaso no nos percatamos del incentivo perverso que conlleva canjear la libertad individual, sin que obvie sus riesgos, por esa ilusoria protección? Como un condicionamiento estímulo-respuesta, esa unanimidad (la unanimidad, que no el consenso, debería estremecer a cualquier demócrata) realimenta el deseo del poder de propagar miedos y su convicción para tornarlos, como mucho, en expectativas insatisfechas: así concebido el poder (como necesidad y no como apoyo), y así tolerado, el desasosiego deviene en su presupuesto existencial (“Tengan miedo. Y quédense en el miedo.”).   

No llamen idiotas a los ciudadanos que tienen miedo: compréndanlos. Tampoco paralicen a los ciudadanos con y en el miedo: razonen y debatan para llegar a la audacia. Y, después, cumplan. El miedo no es la repuesta, pero sí abre el camino. 

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