Breaking Bad
Durante su interrogatorio al expresidente Zapatero, el juez instructor Calama deslizó una afirmación que me evocó estremecedoramente a Walter White, el protagonista de la célebre serie de la que he tomado prestado el título de este artículo: “Es padre y supongo que piensa, como todos los padres, en sus hijos”. En realidad, la afirmación fue una táctica hábil para empatizar con la tesis de defensa que plantea procesal y mediáticamente el investigado (que sólo recomendó a sus hijas, como se supone que procuraría cualquier padre), empatía que perseguía desatar o animar su declaración. No obstante, reveló una perspectiva trágica del caso que han tratado el cine o la literatura (Breaking Bad es, quizá, el más reciente epítome), pero que todavía no había emergido de forma tan explícita en las tramas de corrupción que asolan nuestro país: los corruptos se han corrompido para enriquecerse (avaricia), devorar al adversario político y perpetuarse en el poder (envidia) o satisfacer su chusca libido (lujuria), pero nunca antes (o no, al menos, con una franqueza tan descarada) se había presentado una virtud, esto es, el afecto o la ternura o la responsabilidad paternofilial, como motivo o excusa para perpetrar esos turbios comportamientos, que siempre serán éticamente reprobables aunque se libren del reproche penal. Quizá sólo Sánchez se había asomado antes, con la misma desenvoltura o cinismo, a ese precipicio ético en el que sentimientos hermosos como el amor conyugal se transforman vertiginosamente en decisiones perversas (campañas de acoso contra jueces).
Sinceramente, no me preocupa que Zapatero haya podido condenar a sus hijas por haber intentado salvarlas, por haberse afanado en que su influencia pudiera despejar una trayectoria profesional que, de lo contrario, se auguraba más ardua (aunque me perturba, porque me parece una conducta imprudente que no encaja con mi comprensión de la paternidad). Intuyo que esa preocupación herirá la intimidad de Zapatero; es más, estoy convencido de que la soberbia (todo corrupto peca, en primer lugar, de soberbia, hasta que llega al delirio de la impunidad: se cree un superhombre nietzscheano) vacilará ante la compasión que le inspiran sus hijas. Y ese enfoque es el que interesa al artista, porque entraña una yuxtaposición trágica, un oxímoron moral que sin embargo construye una clara y rápida identificación emocional, particularmente apta para armar una narración atractiva. Pero el compromiso cívico que alienta mis columnas (o lo anhelo) se detiene en una inquietud que proyecta una resonancia pública (ética) y no meramente privada: cómo perjudica a la familia, en tanto que institución y símbolo, que se la utilice como atenuante, sino incluso eximente, de la corrupción (hablo en términos de discurso social o mediático, no jurídico).
Se repite que la corrupción daña la confianza en las instituciones, y es cierto, pero se piensa en el tejido organizativo estatal. Sin embargo, la familia, con un arraigo tan profundo en la cultura mediterránea a la que pertenecemos, es la institución más determinante, personal y socialmente, de todas cuantas en las que participamos; pero no se la considera dentro de ese entramado al que la corrupción impugna. Entre la visión edulcorada de la familia como “fuente de la que se busca la verdadera paz, que desempeña un papel primordial e insustituible como educadora de la paz”, que proclama el Papa León XIV; y la visión nihilista que escupió Marlon Brando en 1 uno de sus monólogos de El último tango en París (“¡Santa familia! Donde los niños son torturados hasta que mienten por primera vez… ¡Tú, puta familia!”); media una realidad que no puede objetar ninguna creencia o ideología: que es el primer y más permanente entorno relacional. Y ese entorno relacional no sólo se envilece cuando se le instrumentaliza como agente corruptor (otro neologismo diseñado para esconder o disolver las culpas), sino también cuando, después, se le instrumentaliza como piadosa razón parcialmente expiatoria, insisto, en término personales, no legales (es lo que pretende Zapatero, e incluso tantos ciudadanos, ya devotos, ya disidentes, que reconocen que, en ese sentido, pueden llegar a comprender al expresidente). La corrupción de Zapatero, y el truco sofista que está difundiéndose para que esa corrupción se vea como más natural o amable o digerible (que se corrompió, en buena medida, por amor a sus hijas), impugna el valor institucional de la familia. ¡Respétenlo!
Sería ingenuo si negara que el apellido puede condicionar, y muy sustancialmente, el progreso laboral, de la misma manera que sería inocente que deseara que no sucediera (¿Cómo se legisla la prohibición de la discriminación por apellido?). Pero esa injerencia, aunque enojosa, no resulta del todo injusta, o al menos resulta suficientemente tolerable, porque posee un inevitable componente azaroso: no puede obligarse a nadie a que oculte su apellido. Lo que sí puede y debe evitarse es que la familia sirva de preferente canal clientelar, además de que ese impulso se presente como espontáneo o común, porque ambas decisiones, intencionales y queridas, agrietan las sospechas sobre qué es y cómo debe interpretarse la familia en tanto que institución social: si una comunidad asistencial o una reunión de intereses. Si se expone a la familia y se la percibe como una reunión de intereses, entonces esos intereses deberían evaluarse como legítimos o ilegítimos, como lícitos o ilícitos; y, en los segundos casos, las normas deberían cortar o restringir o cauterizar esos vínculos, lo que terminaría conduciendo a un individualismo feroz. ¡Aquí el peligro cívico!
Sólo faltaría que, entre las voces que apoyan a Zapatero, alguien parafraseara el aforismo de Lord Acton para resumir (y justificar) su escandalosa intriga: “El amor absoluto por los hijos corrompe absolutamente”. Pero, más allá de que el original y su versión esquiven peligrosamente la conciencia personal en la adopción de decisiones y deleguen esa responsabilidad en mecanismos jurídicos (que raramente llegan a anticipar, por su fundamento en un consenso democrático, lo que una integridad bien orientada descubre desde el primer segundo), resulta moralmente repugnante, además de intelectualmente contradictorio y socialmente arrasador, que se reconozca a un bien armónico como causa directamente engendradora de un mal. ¡Aquí la inquietud ética! Por tanto, y más allá de su defensa procesal, honoraría al expresidente Zapatero que concediera un último servicio público: bastaría con que confesara ante los ciudadanos que, como Walter White, no se corrompió por sus hijas, sino que lo hizo por él.
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