Una ambiciosa exposición ayuda a entender cómo eran los espacios de Madrid a través del arte barroco
El pasado 20 de octubre se inauguró una de esas exposiciones que da gusto recomendar. Una que, a pesar de su ambición, no ha copado muchas páginas en los suplementes culturales –ahora ya online– durante los primeros días después de su inauguración. Teatro de grandeza. Arte, arquitectura y ciudad en el Madrid barroco. Un consejo: acudan el martes, que es el día de la semana en que la exposición se puede disfrutar gratuitamente.
El principal interés de la propuesta desde un punto de vista artístico reside en que muchas de las 180 obras reunidas en la sala de exposiciones del Fernán Gómez no resultan obvias. Algunas, han viajado desde instituciones cercanas como el Museo de Historia de Madrid, el Museo Nacional de El Prado, o la Biblioteca Nacional del España. Sin embargo, la hay residentes en los Museos Vaticanos o la Gallerie degli Uffizi, entre muchos otros museos y colecciones internacionales.
Pero su principal atractivo reside en el análisis de los espacios de Madrid entre los siglos XVI y XVIII a través del arte. El visitante comienza con una inmersión en el barroco que seguramente le es familiar, los retratos de Diego Velázquez o Luis de Góngora que ilustraban su viejo libro de literatura española o conocidos retratos de corte, como uno de Felipe V que se expone habitualmente en el Museo del Prado.
Sin embargo, enseguida la exposición se centra en lo que promete su título: las arquitecturas de un Madrid en crecimiento y el uso del espacio urbano en la Villa y Corte.
A través de grandes lienzos –muchos anónimos o de autores no muy populares– podemos acercarnos a las líneas de un Madrid irradiándose desde los contornos del viejo Alcazar. Líneas, esto es lo más interesante, pisadas por gente. Si bien el cierto que el arte del Barroco estaba a servicio del poder, el pueblo llano también aparece representado.
Los madrileños hacían cosas en lugares. Se bañaban en el Manzanares, asistían a espectáculos públicos en la Plaza Mayor o iban de procesión. Y rodeaban espacios de poder como la cárcel de corte y algunos que se inauguraban como la Casa de la Villa, los reales sitios de la Casa de Campo o el Salón del Prado.
No solo oleos. La muestra es rica en topografías, bocetos y planos de los edificios o de los nuevos espacios públicos. Vemos un Madrid con puertas, arquitecturas religiosas de Churriguera o dibujos de Claudio Coello que rescatan arquitecturas efímeras para eventos relacionados con la corte y la realeza.
Madrid, la capital de la monarquía hispánica, sede administrativa y corte. Un Madrid monumental, de nuevas plazas –por primera vez espacios abiertos– y espectaculares arquitecturas religiosas. Madrid como bullicioso espacio de poder en el que las élites conviven a poca distancia con el pueblo llano. Aunque de este, obviamente, hay menos registro.
El Madrid de Carreño de Miranda, Francisco Rizi, Claudio Coello, Teodoro Ardemans, José Benito Churriguera o Pedro de Ribera. Un Madrid del que aún queda mucho, pero cuya vigencia terminó, según postula la propia exposición, en 1734, cuando un incendio destruyó el antiguo Real Alcázar y en su lugar se levantó el Palacio Real.
Teatro de grandeza ha sido organizada por la Dirección General de Patrimonio Cultural y Paisaje Urbano del Área de Cultura, Turismo y Deporte y el Teatro Fernán Gómez. Está comisariada por Fernando Checa Cremades, Delfín Rodríguez Ruiz y Helena Pérez Gallardo. Vayan, no abundan las exposiciones grandes en la que la obra –mucha, variada– está al servicio de una misión y cumple con sus propósitos, como es el caso.