Choque entre peatones, ciclistas y patinetes en Madrid Río: “Algunos se creen que están en el Tour de Francia”

Guillermo Hormigo

Madrid —
5 de abril de 2026 06:00 h

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La inauguración de Madrid Río en 2011 transformó un entorno hasta entonces hostil, la circunvalación de la M-30 que acabó soterrada, en un parque urbano con más de 120 hectáreas. La frontera de asfalto y vehículos que separaba el distrito de Arganzuela de los de Usera, Latina y Carabanchel se convirtió en una gran zona verde con espacios para el ocio, los juegos infantiles y el esparcimiento. Peatones y ciclistas, a los que en los últimos años se han sumado numerosos viajeros en patinete eléctrico, ocuparon el territorio que hasta ese momento pertenecía a los coches. Sin embargo, en esta pequeña utopía urbana no reina la armonía.

“Algunos se creen que están en el Tour de Francia”, opina Eduardo en referencia a las quejas de muchos vecinos y viandantes sobre la usurpación del espacio y los riesgos para la seguridad por el uso de patinetes o bicis. Y eso que él mismo está montado en una, como también sus dos hijos pequeños, cuando atiende a Somos Arganzuela. Desde su punto de vista, “el 90% de los ciclistas no respetan las indicaciones ni los límites de velocidad”, lo cual resulta “bastante peligroso”.

Apenas una hora de paseo basta para ver al menos una decena de ciclistas enfundados en chalecos de equipos como Sky o Movistar, adoptando la postura clásica del sprint y recorriendo el camino principal mientras superan ampliamente los 10 kilómetros por hora de limitación. Los carteles y las señales en el asfalto que informan de la prioridad peatonal están lejos de cumplirse a rajatabla.

Eduardo vive en la avenida del Manzanares, a su paso por el barrio de Comillas en Carabanchel, así que Madrid Río es un punto de referencia para su vida familiar. Pero el cruce por el que accede al parque se ha convertido en “un peligro” cuando bicis y patinetes lo atraviesan a una velocidad más alta de la permitida. “Sé que ya se han producido algunos choques”, lamenta.

“Hay un carril en el paseo de las Yeserías. Lo que tienen que hacer es reducir la velocidad y si quieren ir más rápido usar ese carril”, argumenta tajante Eduardo. Propone como solución que el Ayuntamiento de Madrid “aumente la vigilancia y las sanciones con alguna patrulla que controle de verdad la velocidad y el respeto de las normas”.

O al menos que las implante, porque fuentes del área de Urbanismo, Medio Ambiente y Movilidad del Gobierno de José Luis Martínez-Almeida confirman a este periódico que en estos momentos no hay efectivos municipales dedicados al control y castigo de estas irregularidades de ciclistas: “No tenemos personal en Madrid Río que tenga la función de poner multas” por esta cuestión, admiten, aunque recalcan la existencia de “señalética al respecto”.

El punto crítico que señalaba Eduardo está situado además junto a una de las muchas zonas infantiles del parque, ubicadas en los márgenes, pero sin demasiada separación con la senda ciclable. De hecho, los pequeños pueden pasar en cualquier momento a la vía principal. De ahí la preocupación de Erika, que pasea a la altura de la calle Antonio López el carrito de su hija, a la cual “casi atropellan hace poco”.

“¡Pufff!”, suelta Erika al ser inquirida sobre la cuestión ciclista. Lo que le extraña, dice, es que “todavía no haya ocurrido una desgracia”. Opina que “el 99% de los ciclistas van en modo carrera” y propone aumentar el número de carriles bici, ya que “no miran la señalización y el tema de aumentar la vigilancia o las multas puede ser más complicado”.

También con un carrito a su lado, José Carlos se sienta en un banco a la vereda del parque para cuidar de su nieto. Vecino de Usera, se confiesa “muy preocupado por el tema”. Distingue dos tipos de ciclistas: los que simplemente atraviesan el parque o pasean en él y, por otro lado, quienes “vienen a machacarse”. Cree que este último grupo representa “la inmensa mayoría”.

En su opinión, la solución no pasa tanto por carriles específicos como por un refuerzo de los controles: “El ciclista utiliza el sitio por donde más corto le resulte y que quiera tomar, por mucho carril que haya. Lo que hay que hacer es concienciar sobre la responsabilidad que tienen o imponerla”. Anima por ello al Consistorio a aumentar la señalización: “Debería haber un cartel cada 200 metros”. También a colocar bandas sonoras que obliguen a regular y disminuir la velocidad, como ocurre con el tráfico rodado de vehículos.

José Carlos saca a la palestra una problemática añadida: la de los patinetes eléctricos. Aboga por que sus usuarios, y también los ciclistas, estén obligados a contratar “un seguro de responsabilidad civil” ante posibles incidentes. “Eso podría servir para dar solución si hay incidencias y les haría preocuparse un poco más del peligro de que pase algo”, expone.

El tema está tan presente que protagoniza charlas espontáneas por la zona, como la de Andrés y María. Esta pareja no vivie cerca del río, pero acuden ocasionalmente para disfrutar de uno de los pulmones de la ciudad. “Los fines de semanas es horroroso. Entre las bicis y los patinetes no tienes donde meterte”, protesta ella. Alertan del peligro “para niños y mayores”. Andrés rescata las batallas ciclistas contra la invasión de vehículos a motor y asegura que “en este caso son ellos los coches”. No en vano, una de las últimas incorporaciones al particular ecosistema de Madrid Río han sido las bicicletas motorizadas, cuyo zumbido con reminiscencias a las avispas está tan presente en el paisaje sonoro como las conservaciones casuales o el piar de los pájaros.

El grueso de los ciclistas consultados (solo entre aquellos que pueden detenerse a hablar por no recorrer el parque cual cohete de Elon Musk) prefieren no meterse en polémicas y defienden su respeto a la normativa, al tiempo que admiten la irresponsabilidad de algunas personas. “Lo que yo no diría es que el 90 o el 99% se saltan la ley a la torera. El problema es que quien no la respeta llama mucho la atención”, opina Manuel, que toma un refresco en un bar de Madrid Río a la altura de Puerta del Ángel después de una tarde dedicada a darlo todo sobre las dos ruedas.

A Marcos, usuario de Bicimad y vecino de Carabanchel, le toca responder a estas críticas siendo un neófito: “Me he sumado a esto de la bici hace dos semanas”. Su respuesta comienza con una pregunta que apunta hacia quienes, considera, son la verdadera amenaza para los viandantes: “¿Vais a tocar el tema patinete eléctrico?”. Alerta de “chavales que van de dos en dos y te invaden todo el espacio”. En cuanto a esa tribu ciclista a la que acaba de adscribirse, reconoce que “alguna vez ha caído el típico cruce de miradas con el peatón para ver por dónde va cada uno, pero por suerte la cosa nunca ha pasado a mayores”.

En cuanto a los usuarios de patinetes eléctricos, sus jóvenes y veloces usuarios no se prestan a ofrecer declaraciones con las que zafarse de los reproches. Si evitan los choques con la misma agilidad con la que esquivan las preguntas, la seguridad en Madrid Río está más que garantizada.

Los tres bandos dibujan así una velada batalla en una de las grandes arcadias madrileñas. Un entorno que ya quisieran para sí muchos barrios de la ciudad, pero también una utopía imperfecta por la dificultad de congeniar intereses que se cruzan (nunca mejor dicho). Lo resume María cuando habla de los límites de velocidad que, a su juicio, muchos ciclistas no respetan: “Regulado está, pero por desgracia esto no es el mundo feliz”.