La invasión de las empanadas argentinas

Estas fotos de establecimientos gastronómicos dedicados a la venta de empanadas, que el personal local prefiere llamar empanadillas, y otras especialidades del país austral fueron tomadas en mis dos últimos paseos por Chamberí y barrios cercanos de Madrid. 

No parecía ninguno de ellos estar disfrutando de público ansioso en sus puertas. Al contrario. Presentaban, puede que por la hora, cierto aire desangelado.

Pero todas estas tiendas parecen contar con una cierta calidad y aire atractivo en sus enseñas y rótulos. Deduzco de ello que sus pretensiones, puede que hasta realidad actual, son las de convertirse en cadenas franquiciadas y no tanto la de ser emprendimientos de un solo punto de venta, mucho más modestos en sus aires de presentación y más surtidos de variedad de productos. De hecho, según mis fuentes, algunos de estos negocios cuentan con planes financieros de desarrollo muy bien dotados. Alguna vez tendría que sonar la flauta del éxito. Hace años que los argentinos, dejando aparte el negocio tradicional de los asadores y el de las pizzas, tienen pasión por trasladar a nuestra ciudad el gusto por sus tradiciones culinarias. Así hemos visto su querencia por los sandwiches de miga, por las tiendas de alfajores de dulce de leche o los infinitos obradores de pasta artesanal. 

Es notorio el reciente incremento de inmigración argentina en Madrid. Asistimos a un nuevo episodio de crisis económica galopante y me temo que esto no ha hecho más que empezar.

Los argentinos tienen la ventaja de contar con un porcentaje de población susceptible de tener o conseguir con cierta facilidad papeles y documentación españolas y europeas. Pero no creo que estos negocios piensen en los colectivos argentinos como principal clientela. 

Más bien creo que deben ser emprendimientos de recién llegados animados de un impulso ideológico gastronómico propio de creyentes en las virtudes cautivadoras del producto argentino como gancho para atraer a público español y de otras nacionalidades latinas residentes en la capital de España. Adoradores de la empanada criolla, del dulce de leche y de la infusión de mate.

De siempre hemos conocido los madrileños las excelencias de las empanadas argentinas. No tanto del resto de las delicias del país. El dulce de leche y los alfajores nunca han sido muy del gusto madrileño y no se me alcanzan las razones. Unos dicen que son demasiado dulces. Otros dicen que primitivos. El mate no suele gustar, seguramente necesita un fervor cultural y un conocimiento de los ritos asociados a su consumo más que un hervor en el microondas. Otros productos muy estimados como el vino Malbec sí pueden ser muy valorados pero, claro, en un mercado nacional tan rico como el español la cosa está difícil. Mucho más en la actualidad con el incremento de costes bestial que están padeciendo los fletes marítimos.

Hace muchos años que el negocio de los restaurantes argentinos en Madrid atraviesa por fases crecientes y decrecientes. Carnes, pizzas y pastas principalmente. Hoy con el incremento de oferta de cocinas exóticas y de otras especialidades no parece que atraviesen un momento de alza. Lo que sí puede ayudar en este caso de comida tipo take away, como se dice ahora, es la facilidad de elaboración y de distribución.

La verdad es que estoy confundido con todo esto y hasta se ha convertido para mí en un reto entender este fenómeno. Algunos amigos han venido en mi auxilio y me han informado del peso cultural de las empanadas en su vida diaria. Comida de amigos y compañeros de laburo. Especialidad familiar de las nonas y yayas. Intercambio goloso. Y no creamos que esto es propio solo de los argentinos. Uruguayos, chilenos y paraguayos practican el mismo rito gastronómico con sus particulares variaciones.

¿Funcionará?

¿Seremos los madrileños impulsores de la moda?

¿Quién lo puede saber?

¿A usted qué le parece?