OPINIÓN

El Baobab y todas las casas bajas que caen porque construimos nuestras ciudades mirando solamente la tasa de beneficio

Luis de la Cruz

Madrid —
26 de julio de 2026 06:00 h

0

La casa baja de Cabesteros, en Lavapiés, que albergaba el conocido restaurante senegalés Baobab, ha sido prácticamente derribada por la piqueta. La constructora que compró el solar para levantar un hotel ha aprovechado un hito en recorrido judicial sobre la posible protección del inmueble, que el PSOE asegura no está concluido, para lanzarse a la conocida vía de los hechos consumados que tantos muros históricos de nuestra ciudad ha derribado.

Durante el derribo parcial del edificio, curiosamente, han salido restos materiales que podrían dar la razón a quienes afirman que el edificio tiene gran antigüedad, llevando la casa incluso al siglo XVII. Caído el reboque amarillo, apareció la pared de ladrillos de tejar, preindustriales. Si cayeran todos los revoques de nuestras paredes Madrid sería muy distinto.

Cuando termine de caer el Baobab desaparecerá, entre otras cosas, un esquinazo que dejaba constancia de cómo era el barrio de Lavapiés hace algunos siglos. Un aspecto cultural que, sin entrar a valorar el patrimonial, era ya suficiente mérito para ser considerado bien común. Sobre todo, porque, ¿qué daño hacía a nadie esa casita baja que añade grosor a los estratos de la ciudad? ¿Por qué no somos capaces de entender la diversidad urbana como un valor en sí mismo?

La desvalorización de la casa baja nos habla acerca de cómo hemos decidido construir la ciudad: de forma supeditada al beneficio privado. En nuestras sociedades capitalistas, la creación del espacio residencial corresponde al promotor inmobiliario y el sector público se limita a ordenarlo legislativamente y a asegurarse que las nuevas casas estén cosidas a la urbe.

Sin embargo, a falta de un Estado que vehiculice la urbanización de las calles, la creación de servicios públicos, espacios comunes, vías de suministro y conexión de transportes las casas no serían parte de la ciudad. Incluso en sociedades capitalistas, la ciudad crece por el impulso colectivo.

La pátina ideológica que dicta que sin los empresarios ladrilleros no habría ciudad lleva a que, con frecuencia, la normativa inmobiliaria proteja más el interés de estos operadores que los bienes comunes que entran en juego en la gestión de la ciudad.

La protección del patrimonio no es sino una más de las legislaciones que el sector público interpone entre el negocio particular y el bien colectivo. ¿Por qué entonces desprotege las casas bajas sistemáticamente? Porque sale caro a los inversores.

Ese es el daño que la amarillenta casa baja de Lavapiés hacía ahí, parada en un pujante barrio del centro de Madrid sin generar todo el beneficio posible. Lo llaman land gap y se refiere a que es más lucrativo construir hacia arriba que mantener las antiguas proporciones de la ciudad. Si juntamos dos solares y edificamos en altura el beneficio se multiplica.

Aunque el argumento habitual para tirar nuestras casas bajas es su nulo valor arquitectónico, se trata de una constante internacional que afecta también a ejemplares con un obvio valor patrimonial, como sucede con algunas de las preciosas casas chorizo en la región del Río de la Plata o a deliciosas construcciones con elementos decorativos del Cabanyal. Es en estos casos cuando queda más patente que la razón principal de su desprotección es el desperdicio de suelo edificable y que la perspectiva que prima en las decisiones de la administración es la de favorecer exprimir al máximo la rentabilidad del suelo.

En la campaña vecinal por proteger la vivienda popular neomudéjar del distrito de Tetuán se consiguieron distintos niveles de protección para decenas de casas propuestas por los vecinos y el Grupo de Protección del Patrimonio de Tetuán. La administración incorporó la mayoría de sugerencias vecinales, pero, sistemáticamente, rechazó proteger las casas bajas pertenecientes a este estilo.

En cualquier decisión de conservación patrimonial confluyen los vectores de mantener un elemento por el valor que la sociedad le otorga y no dejar de construir nuevas edificaciones. Tengo un amigo que suele decirme que si por los conservacionistas fuera –él me considera así– nunca se renovaría la ciudad. Yo le contesto que su argumento tendría sentido en un contexto en el que el vector de la conservación no fuera sistemáticamente ignorado cuando concurre en la ecuación la tasa de beneficio.

Imaginen que la única casa baja que quedaba en Chamberí hasta 2023, que portaba el recuerdo de cómo era el primer arrabal que dio origen al barrio, se hubiera conservado. Una casa baja entre centenares de bloques de apartamentos que permitía evocar el itinerario vital de la barriada, ¿cuánta merma hubiera supuesto en el beneficio inmobiliario su conservación?

Caídas estas casitas solitarias, despojadas de cualquier tipo de valor arquitectónico por una sobriedad castellana que nos recuerda el origen humilde de sus habitantes –mucho habría que hablar del pretencioso patrimonio de moldura burgués– se reasientan ciertas bases de las lógicas de la generación de espacio. Sus derribos son un correctivo a golpe de piqueta que afianza el sentido común de una ciudad que mira hacia arriba y hacia la cuenta de resultados de su clase constructora.