EL BOLETÍN DE SOMOS MADRID
La miopía de reducir a la enorme Marisa Paredes a una plaquita en un banco
Esta semana, el Ayuntamiento de Madrid ha colocado varias pequeñas placas en bancos del Retiro, como homenaje a figuras relevantes de la cultura que fallecieron en los últimos meses. La iniciativa parte del área de Cultura y quiere recordar, con un formato bonito, a personas que tal vez no lleguen a merecer una calle o una distinción similar en la ciudad pero cuya producción artística ha merecido un hueco en el corazón de los madrileños.
Después de una primera tanda en 2025 donde se olvidaron de la mayoría mujeres (solo María Jiménez acompañó a otros seis hombres), esta vez habrá un banco donde se recuerde a la presentadora Mayra Gómez Kemp, a la actriz Verónica Echegui, a la poeta Julia Uceda, o a la bailaora La Chunga, junto al actor Eusebio Poncela o al director Mariano Ozores, entre otros. También ha incluido esta concejalía una plaquita para la actriz Marisa Paredes, aunque aquí el caso es diferente.
Por su trayectoria, alcance e identificación con la ciudad, los partidos de la oposición habían reclamado un gran homenaje municipal a esta actriz, nacida en la plaza de Santa Ana. Incluso la Junta de Centro llegó a aprobar colocar una gran placa en el edificio donde nació. Pero no se ha llevado a cabo, ni parece que vaya a suceder. El Ayuntamiento se justifica explicando que no todos los propietarios del edificio están de acuerdo y por ese motivo no puede colocar la placa en esta fachada. Pero tampoco ha propuesto alternativas. El PSOE, hace poco, colocó su propia placa para reivindicar su figura. Y luego se la llevó.
Que Marisa Paredes, una de las actrices más importantes de su generación, no tenga hoy una placa ni reconocimiento monumental alguno en la plaza de Santa Ana, ni una calle, ni un gran espacio cultural dedicado a su figura tiene que ver con la foto que se encuentra sobre estas líneas. En la imagen protagoniza una de sus últimas acciones cívicas: la de intentar impedir que el Ayuntamiento talara decenas de árboles en el lugar donde vivía, apoyando el movimiento popular que se gestó alrededor del lema No a la tala en diversas partes de la ciudad. Consiguió salvar la mayoría de ellos.
El compromiso político de esta actriz, identificada siempre con los valores de la izquierda, no gustó ni al PP ni al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, que no tiene especial querencia por el cine pero mucho menos por las actrices que se posicionan de modo tan vehemente. Y llega al menosprecio en casos como el de Marisa, cuando la celebridad tiene además gran influencia sobre amplias capas de la sociedad.
El Ayuntamiento de Madrid actual no sabe dejar aparte su ideología a la hora de reconocer el valor de las personas que han hecho más grande a la ciudad, aunque la tenga muy en cuenta para destacar personajes menos relevantes. Por eso menosprecia figuras como la de Marisa Paredes o Almudena Grandes, a la que ni siquiera ha dedicado una plaquita en un banco. Por eso dedica un teatro y una calle a Quique San Francisco antes que a las dos citadas. Por eso pone el nombre de Mario Vaquerizo a una sala de ensayo en un centro cultural de Chamberí.
Pero este pataleo político es en vano, porque frente a la miopía en los reconocimientos hay dos axiomas inalterables: el primero es que los políticos pasan y desaparecen. El segundo es que las películas protagonizadas por Marisa Paredes son inmortales.
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