Un réquiem por Francia
La victoria de la selección española sobre la francesa implica algo especial. Es una victoria de mérito y, además, de prestigio. Como lo era, años atrás, derrotar a Brasil. Francia se ha convertido en lo que antes fue Brasil: la mayor fábrica mundial de futbolistas talentosos.
Sobre los méritos del equipo de Luis de la Fuente vamos a escuchar y leer mucho en los próximos días. De Francia sólo quedará el eco de una estrepitosa caída en semifinales. Si me lo permiten, pues, entonaré un réquiem por “les Bleus”. Creo que lo merecen. Y, de paso, me sumaré a quienes meten los pies en ese estúpido charco rajoyano de si los franceses son franceses o seres de otra galaxia.
Empecemos por Raoul Diagne. Hasta donde yo sé, y exceptuando el excéntrico caso de Saadi Muamar Gadafi, hijo del que fue dictador libio y capitán de la selección de su país por orden paterna, Diagne fue el único futbolista internacional cuyo padre ejercía como ministro del Gobierno. También fue el primer futbolista negro de la selección francesa. Debutó en 1931, cuando su padre era diputado por Senegal en la Asamblea Nacional de Francia y ministro de las Colonias.
Raoul Diagne fue años más tarde seleccionador de Senegal y se le considera el padre del fútbol senegalés. Murió cerca de París, como francés y senegalés, en 2002.
Salgamos por un momento de la negritud (un término muy usado por el poeta y político Léopold Sédar Senghor, que fue diputado socialista francés y presidente de Senegal) para valorar la enorme fuerza centrípeta de la República Francesa. Raymond Kopa, estrella del Real Madrid y Balón de Oro en 1958, era francés y polaco. Michel Platini es hijo de italianos. La
familia de Antoine Griezmann procede de Alemania. Los padres de Thierry Henry eran de Guadalupe y Martinica. Luis Fernández nació en Cádiz. Etcétera.
Es decir, que el antiguo imperio francés no basta para explicar la diversidad de orígenes entre los jugadores de la selección. O su color, si es que eso interesa a alguien.
La capacidad integradora de Francia está detrás de todo, incluyendo al fútbol.
En el Mundial de 2026 han participado 1.248 futbolistas. De ellos, 99 son franceses. Creo que ese es un dato definitivo. Al margen de nutrir su propia selección, Francia ha aportado 13 franceses a Argelia, 12 a Haití, 11 a Congo y 10 a Senegal. Es decir, que Francia dispone de tal excedente de futbolistas de primer nivel (las selecciones citadas se han ganado la participación mundialista) como para dar y repartir.
Es cierto que selecciones como la de Haití y Congo carecen de competiciones locales a causa de la violencia y la inestabilidad y se ven obligadas a reclutar entre la diáspora. Pero también es cierto que las “banlieues” francesas, esos lugares supuestamente siniestros y marginales (hagan una visita si pueden: no encontrarán los horrores que esperan), producen grandes futbolistas a un ritmo de vértigo.
Y no hablamos de chavales crecidos entre chabolas y potreros, según la mística argentina y en general iberoamericana, sino de jóvenes formados desde muy pequeños en buenas escuelas de fútbol y con una educación escolar más que aceptable.
No hay “banlieues” con peor fama que las de París. Quizá hayan visto una película titulada Les miserables, sobre la angustiosa existencia en esos barrios. Esas historias de rabia y desesperanza son ciertas. También es cierto que ninguna administración europea, por no decir del mundo, se preocupa tanto como la francesa por ofrecer salidas. Y en ningún lugar del planeta se concentran tantas escuelas de fútbol y clubes de formación como en Seine-Saint Denis, el departamento más tormentoso de la región parisina.
El Departamento de Seine-Saint Denis tiene 1,7 millones de habitantes. Su consejo gubernamental se entretuvo en diseñar una alineación de los futbolistas locales. Encabezada por Mbappé y bajo camisetas de distintos países, habría podido competir dignamente en el Mundial. A partir, recuerden, de solamente 1,7 millones de personas.
Francia no jugará la final del domingo. Eso corresponde a España. Su industria futbolística, sin embargo, es tan potente como para garantizar la capacidad competitiva durante mucho tiempo. ¿Son franceses los futbolistas franceses? Según Ileman Ndiaye, nacido y criado en Normandía, prefiere jugar con Senegal porque la selección francesa no le “hace soñar”. “No es lo mío”, dice.
Y eso, la posibilidad de elegir, está muy bien.