Entrevista

Fernando Pérez Parra, escritor: “La literatura de autoficción se ha abonado a la exposición impúdica del dolor”

Fernando Parra está de gira, presentando su último libro, Herida y ventana (Ed. Funambulista, 2025). Fernando Parra es un escritor grandísimo que vive en pequeño −como hay pequeños, mínimos escritores que viven a lo grande −y por eso sale de gira por su cuenta, en su coche, acompañado de su amada Beatriz Pastor (su Beatrice), como contaba recientemente en sus redes sociales, pagándose de pecunio propio las frondas cervantinas, o los airbnbes, a ver si logra vender los más de 300 ejemplares que han sido establecidos como el umbral de acceso a la condición de escritor. Seguramente ya los habrá vendido, porque llena todas las librerías por las que pasa. Y si no, tanto da, porque Herida y ventana es un libro que no tiene prisa. Herida y ventana es un libro que va a perdurar. Decía Fernando, nada más publicarlo, cuando lo tuvo por primera vez en sus manos, que le sorprendía su ligereza, su poco peso. Lo que ocurre es que Herida y ventana pesa en la memoria, no en las manos. Pesa en el corazón. Pero no con un peso que aplasta, sino que sustenta. Sale uno de este libro como habiéndose bañado en las aguas más profundas, las más duras. Las que llevan consigo la inmensa cal de la muerte y el cristal puro del amor.

Herida y ventana habla de un dolor enceguecido que lo devora todo (excepto el amor y la literatura). Habla de que (ya lo adelantó Jim Jarmusch) sólo los amantes sobreviven. Y de que (¿palabras del rey Salomón?) el amor es fuerte como la muerte. Es un libro que se pregunta qué puede hacer la literatura contra el dolor y él mismo es la respuesta.

Intentamos entrar en este libro por la herida, que está abierta y nos sirve de ventana.

“El enfermo por depresión solo puede iniciar su recuperación cuando, por fin, descubre al otro”.

“El lenguaje, con toda su carga estructural, me ofreció un orden, un asidero cierto cuando todo se desmoronaba a mi alrededor. Su labor terapéutica me salva cada día”.

La estructura del libro, que se organiza en tres bloques, Infierno, Purgatorio y Paraíso (acompañado este último del irónico subtítulo ma non troppo), remite a La Divina Comedia de Dante. Sin embargo, la novela arranca en los capítulos 23 y 24, que deberían pertenecer al Paraíso. ¿Qué vínculo existe entre tu libro y el del gran florentino? ¿A qué se debe la anomalía inicial en el orden de los capítulos?

La relación con la Divina Comedia se establece ya desde el mismo título del libro. En el séptimo círculo del Infierno, Dante sitúa a los suicidas. Estos representan árboles porque el Día del Juicio Final, sus almas penderán ahorcadas de las ramas. Para que Dante-personaje pueda entablar un diálogo con ellos, debe antes quebrar una de las ramas. La rama sangrará, pero permitirá al condenado poder comunicarse: «fanno dolore, e al dolor fenestra», dicen los versos. Elegí ese círculo del Infierno por motivos obvios y dio lugar al título, Herida y ventana. El libro sangra, pero su herida permite abrir una ventana. Los tres bloques representan diferentes momentos del proceso de la enfermedad. Del infierno, apenas quiero hablar; el purgatorio se desarrolla en la casa de mis abuelos, cuando el personaje debe expiar toda su culpa; y el paraíso llega de la mano de Beatriz (trasunto de la Beatrice de Dante), aunque se trata de un paraíso en construcción. Respecto a la estructura inicial, mi intención era que el lector descubriese desde el mismo inicio a un personaje roto, pero ya convaleciente, para invitarlo a recorrer con él todo el proceso que le ha llevado hasta la situación actual.

Del Infierno es evidente que no quieres hablar: tiene un único capítulo, que significativamente lleva el número 0, y consta únicamente de cuatro frases: “No sé. No quiero. No puedo. No me atrevo”…

El relato de mi infierno personal me resultaba demasiado doloroso como para recrearme en él. Hay también una mezcla de pudor y una vocación muy clara de apartarme de cualquier atisbo de morbo amarillista o de caer en el fácil patetismo.

El retiro en casa de tus abuelos, donde escribes una parte de lo que luego será Herida y ventana, conforma la parte del Purgatorio. La modernidad literaria está plagada del gesto de aislarse para escribir, de escribir para indagar en el yo y enfrentar sus sombras. O expiar sus culpas, como decías. Tu libro invita a cuestionarse el por qué y el para qué escribimos. Lo cual nos lleva a la pregunta que habrás escuchado tantas veces en las aulas: profe, ¿para qué sirve la literatura?

En un mundo tan pragmático como el nuestro, resulta difícil convencer al descreído de la utilidad de la literatura. De todos modos, la literatura no tiene necesidad de servir a un fin práctico. Esto ya lo defendieron los parnasianistas con su idea del «arte por el arte». Pero yo niego la mayor. La literatura es útil porque el ser humano necesita alimentar su dimensión espiritual si no quiere sentirse desnortado en la sociedad de consumo, que solo aporta la satisfacción perentoria y efímera de un hedonismo salvaje. En mi caso particular, en un momento en el que mi vida estaba vuelta del revés y en el que mi cabeza era un auténtico caos, las palabras, el fraseo, las combinaciones gramaticales –el lenguaje, en definitiva–, con toda su carga estructural, me ofreció un orden, un asidero cierto cuando todo se desmoronaba a mi alrededor. Su labor terapéutica me salva cada día. Pero también he buscado cierta desmitificación del escritor maldito que todos tenemos en nuestro imaginario. Yo, desde luego, no era, en casa de mis abuelos, un escritor maldito, sino un pobre diablo a quien su madre le traía cada mediodía la comida.

Escribes: “No hay nada que más me sonroje que la manifestación impúdica del dolor”. Creo que este es un tema sobre el que merece la pena detenerse. ¿Por qué sonroja la manifestación del dolor? O, ¿cuándo y bajo qué formas es impúdica la manifestación del dolor? ¿Cómo concilias esta idea con la escritura y publicación de Herida y ventana?

Creo que la llamada literatura de autoficción se ha abonado, efectivamente, a la exposición impúdica del dolor. Coquetea con el exhibicionismo gratuito, suele ser oportunista para encajar con la demanda editorial y solo desea granjearse, a cualquier precio (incluso mintiendo descaradamente) lo que yo llamo en el libro «lectores-reality». He tratado de huir de todo eso. Y la única manera es haciendo literatura, ofreciendo al lector un equilibrio entre su verdad vivencial, honesta y desnuda, y una apuesta estilística donde la metáfora supure y sangre y sea también verdad; que el texto no se limite a la mera crónica personal de una enfermedad y trascienda la mezquina anécdota por la vía estética pero sin imposturas. Ese era el gran reto. Yo solo quería dignificar mi dolor.

En relación con esto, observamos que internet y las redes sociales han traído un estallido de los límites tradicionales entre lo íntimo y lo público, entre lo obsceno y lo escenificable, generando una brecha generacional en cuanto a la visibilización de heridas y traumas. En el mejor de los casos, se generan comunidades de apoyo que ayudan a desestigmatizar experiencias que solían ocultarse, como el padecimiento de ciertas enfermedades, la depresión entre ellas; en el peor, se llega a una sobreexplotación casi totalitaria de los relatos normativos del yo y a la impudicia oportunista de la que hablábamos antes. ¿Piensas que podemos aprender algo de las nuevas generaciones respecto a la expresión del dolor?

Si la función de esa visibilización está cargada de nobleza, nada hay que reprocharles. Existen comunidades en Internet que comparten sus vicisitudes y su sufrimiento y que consiguen hacer sentir menos solas a las personas que padecen determinadas enfermedades tradicionalmente estigmatizadas. Lo que no es tolerable es la exhibición per se, con el único fin de llamar la atención, conseguir el máximo número de likes (que luego vergonzosamente monetizan) y alimentar cierto narcisismo, animados por el prestigio del sufrimiento. Ayudar en el dolor, sí; mercantilizarlo, no.

Tu libro actualiza un hecho incontestable: el desconocimiento general que se tiene sobre la depresión y las grandes dificultades que encuentran las personas deprimidas para hacerse entender por sus entornos y ser reconocidos como enfermos. ¿Has tenido esa sensación? ¿Existen buenos y malos deprimidos o verdaderos y falsos deprimidos, de cara a la galería?

La sociedad capitalista, que basa sus pilares en la consecución del éxito a toda costa, también hace su injerencia en el terreno de la salud mental. A la acusación de debilidad, se suma el hecho de que si no consumas el final esperado, también fracasas. De manera que el suicido es percibido en determinados círculos como la culminación de una coherencia personal con el que salvar la poca dignidad que te quedaba. Abortar el suicidio, en cambio, es de cobardes o de fracasados. A mí algunas personas, que se han erigido en psiquiatras de salón, me han negado mi enfermedad. Piensan que si uno quiere suicidarse, se suicida y listos, y no se dedica a escribir un libro.

El Paraíso (ma non troppo) supone tu vuelta al hogar que compartes con Beatriz, tu mujer, y la apertura de una nueva etapa en tu enfermedad. Hemos hablado del poder sanador de la literatura, pero aquí se hace evidente que el verdadero motor de tu recuperación no ha venido de las letras, sino del amor, y concretamente de tu compañera de vida. Hay una especie de anagnórisis que no queremos destripar, pero me gustaría que nos hablaras de este proceso y del papel que tiene Beatriz en este libro.

Bea y mi familia constituyen el corazón de este libro. Muchas veces ponemos el foco en la persona enferma, pero muy pocas veces en los cuidadores, que sufren tanto o más. El enfermo por depresión es egoísta, egocéntrico, cree que el mundo confabula contra él, sufre picos emocionales que paga con su entorno más cercano y se convierte en un verdadero tirano y en un desconocido para los suyos. Bea estuvo durmiendo durante mucho tiempo con un extraño. Pero nunca me soltó de la mano. Sus esfuerzos por traerme de vuelta fueron extenuantes y acabaron con su propia salud. El enfermo por depresión solo puede iniciar su recuperación cuando, por fin, descubre al otro. A mí, Bea se me hizo visible en un momento muy concreto del proceso, y fue a partir de ese instante revelador, al redescubrí a mi mujer, cuando se produjo el gran punto de inflexión. Sanar es cuidar del otro.

Siguiendo con esta cuestión, se me plantea un problema ampliamente debatido: qué pasa con las personas que rodean a escritores y escritoras, que, por cometer la insensatez de ser sus amigas, sus amantes, etc., pueden acabar en un libro, con sus intimidades y hasta sus cuerpos expuestos a la vista del público. ¿Tienen pleno derecho los escritores para usar a quienes quieran como personajes de sus libros? En tu caso, ¿has pedido permiso, has permitido vetos o los habrías permitido?

Creo que no todo vale y que hay un código moral que es necesario respetar. En mi caso, no tuve que pedir permiso a nadie, porque todos los «personajes» de mi libro están ahí para recibir su homenaje, no para sufrir ningún escarnio público. Y respecto a los menos favorecidos, tampoco soy partidario de los ajustes de cuentas, sino más bien de tratar de entender los motivos por los que decidieron abandonarme, que pueden ser tan legítimos como mi derecho al reproche o a la estupefacción. En cualquier caso, no aparecen sus nombres y hay, incluso, una mirada desesperanzada pero conciliadora.

En un momento del libro llegas a la conclusión de que el deprimido debe estar solo, porque hace daño a quienes le aman. ¿Sigues pensando igual?

Si yo hubiera estado solo, sin el amparo de los míos, es casi seguro que hoy no estaría aquí. No sé si con eso respondo a tu pregunta.