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Otra mirada

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Dije que no, pero no puedo mantener la negativa. Camino sola por un 'prao'. El día está nublado, cae una ligera lluvia, y frente a mí veo la mesa típica de los merenderos asturianos: tablón largo y ancho de madera con dos bancos adosados a cada uno de los lados de las patas de la mesa, a modo de asientos, en los que se pueden sentar, para compartir la comida, conocidos o desconocidos. Me dirijo hacia el único comensal que veo. Está sentado. Me mira y lo miro. Lo reconozco. Nos sonreímos mientras camino. Me da gusto verlo. Pienso, “podremos hablar libremente”. Al llegar a la mesa me siento frente a él. Es Clint Eastwood. Nos alegra vernos. Se levanta y se sienta junto a mi lado izquierdo; pasa su brazo por detrás de mi cabeza, y posa su mano sobre mi hombro derecho, pero al notar su piel en la mía, pienso “No sé si aceptar este gesto de cariño. Creo que podemos hablar, pero ¿y si no fuera así? En verdad, no lo conozco. No sé qué piensa sobre la Guerra de Ucrania. Al fin y al cabo es americano”, y rechazo el acercamiento con un suave movimiento hacia atrás de mis hombros. Clint, sin mediar palabra, se levanta de mi lado, se sienta frente a mí, pone las manos sobre la mesa, acerca su cara a la mía, y mirándome fijamente a los ojos, dice, “¿Tú qué quieres, que le compremos un móvil a Putin??” Fin del sueño.

Me río cada vez que recuerdo la última frase, aunque no sea la primera vez que el humor recorre mis sueños. Los sueños. Somos soñando los mismos que mientras estamos despiertos, aunque tal vez convenga recordar, que -pese a que la humanidad haya concedido más valor a la vigilia por haberla confundido con la realidad y haber olvidado que esta se compone de los estados de vigilia y sueño- el inconsciente posee más información que el consciente por el que nos afanamos. En la vigilia, un sueño de la infancia: estar en tierras de lluvia, de paisajes verdes, de días grises, de tardes oscuras, de nieblas de humedad y misterio, en contra de familia y amigos, me indujo a elegir Oviedo, donde viví once queridos años.

Desde mi vuelta a Murcia, sin embargo, las brumas antaño elegidas, por las que continúo sintiendo íntima predilección, soy otra en días nublados o con lluvia para mi sorpresa; como si vientos añejos de bosque afirmaran que en la tierra de los sueños también hay adversidad y comenzaron a aparecer en los relatos oníricos, a veces, cuando sentía, o siento, cierta soledad o diferencia respecto de las opiniones de la mayoría. Y este es el caso, en la vigilia, respecto del tema que trata el sueño. Que la escena de este, a pesar de lo anterior, se desarrolle en un merendero, un lugar festivo, de participación y encuentro, y yo vaya sonriente pone en evidencia la actitud de acercamiento que mantengo en esta situación de minoría. Tengo un amigo en la vigilia, que podría doblar a Clint Eastwood si llegara el caso, con el que hablo sobre la guerra de Ucrania, tema que a casi nadie ya interesa, sin explicaciones previas. Estamos de acuerdo. A las conclusiones del conflicto hemos llegado, cada uno, por planteamientos y posturas iniciales diferentes, pero coincidimos, y este coincidir me produce alegría. En el sueño me parece reconocer a Clint porque se parece a mi amigo, pero que al sentarse el actor junto a mi lado izquierdo repare en la diferencia entre uno y otro, y al hacerlo rechace la proximidad pone en evidencia una forma mía de la vigilia, que recoge el sueño, de rectificar, si así me lo parece, en el último momento.

Somos lo que elegimos, lo que deseamos, lo que tememos, lo que hacemos, lo que desechamos, lo que soñamos, y la reflexión a la que recurro, por la que me percato del desconocimiento que me une a Clint, pese a que podría pensarse, erróneamente, que los sueños están exentos de deducción y pensamiento, surge no solo para poner distancia entre un desconocido y yo sino porque lo que somos, consciente e inconsciente, prejuicios incluidos como el de 'Al fin y al cabo es americano', atraviesa el sueño y la vigilia; va de uno a otra, y viceversa, a fin de separar el comportamiento individual del domesticado proceder del consciente, e introducir la simbólica, desconocida, casi inescrutable a veces, pero siempre descubridora mirada del inconsciente como una manera de completar el ciclo diario de nosotros mismos. Atender solo a la vigilia implica desechar una parte de la realidad.

Las expresiones de ánimo del sueño, alegría, confianza, seguridad, gusto, decisión, reflexión, pueden constituir rasgos de carácter del soñador o innovaciones o cambios en el proceder de este, en los que conviene reparar. Clint sabe lo que estoy pensando, sin que medie palabra entre los dos, porque los dos somos partes de mí, y participamos, aunque tácitamente, del mismo pensamiento soñante que concluirá en la rotunda y divertida frase final, la cual expresa, aunque jocosamente, un temor mío de la vigilia, que consiste en ser confundida como partidaria de Putin, autócrata donde los haya, cuando mi opinión, expresada desde el punto de vista de la izquierda, lado de mi cuerpo junto al que se sienta y del que se levanta Clint, pretende tan solo ser una más. Pero ¿por qué habiendo podido soñar con mi amigo he soñado con Clint Eastwood? ¿Qué o a quién representa además, por supuesto, de por evocar a una persona de mi confianza darse entre él y yo la cercanía de la amistad? ¿Quién es Clint Eastwood? Es un actor, de reconocido hacer, harto conocido. Sin duda un personaje público. Hace unas semanas, en la vigilia, me invitaron a callar mi opinión respecto de la Guerra de Ucrania ante la inminente llegada de un político murciano, de sobra popular. Un personaje público. Y 'público' es la pista de este sueño, porque, en contra de lo que se cree, los sueños narran, simbólicamente, con los datos que poseen, prejuicios incluidos, insisto, hechos concretos de la vigilia, y la invitación al silencio que se me hizo, y no otra, es la causa de este sueño, que, no obstante, habría atravesado otras vicisitudes y otra habría sido mi reflexión, si yo hubiera sabido antes de soñarlo lo que supe tras despertar e informarme sobre la postura de Clint Eastwood respecto de los conflictos bélicos en general.

En la vigilia no expresé mi opinión. En el sueño tampoco lo hago, aunque la frase final, respondiendo a mis pensamientos, propone para estos, y para posibles polémicas en la vigilia, la ligereza y altura del vuelo del humor. Dije que no había soñado con la Guerra de Ucrania. Recordar los sueños es vivir.

Dije que no, pero no puedo mantener la negativa. Camino sola por un 'prao'. El día está nublado, cae una ligera lluvia, y frente a mí veo la mesa típica de los merenderos asturianos: tablón largo y ancho de madera con dos bancos adosados a cada uno de los lados de las patas de la mesa, a modo de asientos, en los que se pueden sentar, para compartir la comida, conocidos o desconocidos. Me dirijo hacia el único comensal que veo. Está sentado. Me mira y lo miro. Lo reconozco. Nos sonreímos mientras camino. Me da gusto verlo. Pienso, “podremos hablar libremente”. Al llegar a la mesa me siento frente a él. Es Clint Eastwood. Nos alegra vernos. Se levanta y se sienta junto a mi lado izquierdo; pasa su brazo por detrás de mi cabeza, y posa su mano sobre mi hombro derecho, pero al notar su piel en la mía, pienso “No sé si aceptar este gesto de cariño. Creo que podemos hablar, pero ¿y si no fuera así? En verdad, no lo conozco. No sé qué piensa sobre la Guerra de Ucrania. Al fin y al cabo es americano”, y rechazo el acercamiento con un suave movimiento hacia atrás de mis hombros. Clint, sin mediar palabra, se levanta de mi lado, se sienta frente a mí, pone las manos sobre la mesa, acerca su cara a la mía, y mirándome fijamente a los ojos, dice, “¿Tú qué quieres, que le compremos un móvil a Putin??” Fin del sueño.

Me río cada vez que recuerdo la última frase, aunque no sea la primera vez que el humor recorre mis sueños. Los sueños. Somos soñando los mismos que mientras estamos despiertos, aunque tal vez convenga recordar, que -pese a que la humanidad haya concedido más valor a la vigilia por haberla confundido con la realidad y haber olvidado que esta se compone de los estados de vigilia y sueño- el inconsciente posee más información que el consciente por el que nos afanamos. En la vigilia, un sueño de la infancia: estar en tierras de lluvia, de paisajes verdes, de días grises, de tardes oscuras, de nieblas de humedad y misterio, en contra de familia y amigos, me indujo a elegir Oviedo, donde viví once queridos años.