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No es la economía, estúpido

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«Es la economía, estúpido ». Así rezaba la consigna que James Carville, estratega de la campaña de Bill Clinton, colocó, en 1992, en la sede electoral demócrata para recordar cuál era el eje central del mensaje político. Hubo un tiempo en que la situación material era una de las claves —si no la única— para regular el voto, y aquella frase terminó convirtiéndose en uno de los lemas más célebres de la política del pasado siglo.

La realidad, en último término, de aquellos años no estaba mediatizada por internet. Aunque Napster (1999) había servido para intercambiar música —todavía conservo archivos en mp3 de aquellos años—, y por aquel entonces Mark Zuckerberg era solo un niñato que, pocos años después, en 2004, iba a sentar las bases de Facebook, plataforma que, junto con la llegada de Twitter en 2006 (hoy X), acabaría transformando profundamente el ecosistema digital.

No obstante, aunque este nuevo entorno aún no determinaba la percepción del mundo real, sí permitía vehicular el hartazgo de determinadas sociedades a través de un medio de comunicación novedoso. De este contexto emergieron diversas olas de movilización que despertaron tanto la esperanza de algunos sectores como el interés académico, entre ellas las primaveras árabes (2010–2011), Occupy Wall Street (2011) o el 15-M en España (2011). Todos estos movimientos concebían estas plataformas como un modelo de comunicación horizontal con potencial transformador, sin embargo, eso fue al principio, una vez creada la necesidad, las redes se transformaron.

Durante la primera presidencia de Barack Obama (2009–2013), sus asesores identificaron Facebook como una herramienta clave para teselar el mensaje político, segmentarlo y dirigirlo a públicos específicos. La capacidad de emocionar y movilizar se intensificó con el uso de técnicas de microsegmentación, cuyo ejemplo más paradigmático fue el caso de Cambridge Analytica, al que se sumaron posteriormente acusaciones de intervención extranjera en distintos procesos electorales occidentales.

En paralelo, algunos movimientos sociales —como el del soterramiento de las vías del tren en Murcia— se pudo emplear la horizontalidad y la segmentación del mensaje proporcionado por estas plataformas para ampliar su alcance y capacidad de movilización. Sin embargo, los partidos políticos pronto adoptaron estas mismas herramientas con fines estratégicos. Un ejemplo especialmente ilustrativo de su aplicación en Murcia, en primer lugar y más tarde en España, se produjo en 2019: en plena campaña electoral, tanto autonómica, en la que ganó Diego Conesa con menor margen del que daban las encuestas, como en las generales, un militante de Nuevas Generaciones de Murcia y un asesor político financiaron decenas de anuncios en Facebook e Instagram con contenidos diseñados para desincentivar el voto de la izquierda, incluyendo páginas falsas y campañas orientadas a fomentar la abstención. Estas acciones alcanzaron millones de impactos y estuvieron vinculadas, al menos parcialmente, a estructuras próximas al Partido Popular, según señalaba una investigación de este mismo diario.

A partir de 2019, las redes sociales dejaron definitivamente de ser espacios horizontales, tal y como prometía el ideal original de internet, para convertirse en estructuras profundamente verticales. En ellas, el dinero, el poder y, sobre todo, la capacidad de segmentar y diseminar ideas pasó a determinar qué mensajes circulaban y cuáles quedaban invisibilizados. En este nuevo contexto, la mentira —la menzogna, en términos casi maquiavélicos— dejó de ser un accidente del debate público para convertirse en una forma estructural de hacer política.

Este giro conecta directamente con la advertencia formulada por Hannah Arendt: cuando la mentira deja de ser un instrumento ocasional y pasa a constituir el marco mismo de la acción política, lo que se erosiona no es solo la verdad, sino la capacidad de los ciudadanos para orientarse en la realidad. No se trata únicamente de creer o no creer, sino de quedar atrapados en un entorno en el que los hechos pierden su fuerza y el mundo común se fragmenta dado lugar a percepciones irreales y pasados reconstruidos.

En este punto conviene matizar —cuando no cuestionar— el optimismo inicial de Manuel Castells respecto a internet y la llamada autocomunicación de masas. Si bien durante un tiempo las redes parecieron abrir espacios de emancipación política, esa promesa se ha revelado en gran medida ilusoria. Las plataformas no son infraestructuras neutrales sino dispositivos de poder, jerárquicos y opacos, donde el acceso a los datos, al capital y a los algoritmos determina quién habla, a quién se escucha y qué relatos se imponen y que avanzan hacia un tecno-feudalismo sin control.

Y así, a pesar de que la economía va bien y de que el paro desciende, la imagen que llega a la persona media no es esa. La percepción de la realidad ya no se construye a partir de indicadores materiales, sino desde un flujo constante de estímulos emocionales que desplazan la atención hacia otros debates. Cuestiones que poco tienen que ver con la realidad de nuestro día a día han pasado a ocupar el centro del espacio político y se orientan más hacia guerras culturales que hacía realidades tangibles, incluso cuando problemas estructurales como el acceso a la vivienda siguen siendo centrales en la vida cotidiana.

Al mismo tiempo, que las conexiones sociales reales se debilitan, sustituidas por un carrusel interminable de imágenes y vídeos que nos hablan del ideal —del éxito, del bienestar, de la identidad— mientras ocultan la materialidad de la vida concreta. En este contexto, la política ya no interpela a ciudadanos que comparten un mundo común, sino a individuos aislados, emocionalmente segmentados, para quienes la realidad no se vive, sino que se consume. La pregunta ahora es cómo despertar y recuperar el debate público. ¿Escribir no sirve? ¿habrá que pensar en hacer vídeos?