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La política y los sentimientos

El barco Open Arms, de la ONG Proactiva Open Arms. EFE/Domenech Castelló/Archivo

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Siempre relacionamos la política con la aprobación de leyes, la economía, la educación, la sanidad, la política social, las reglas de convivencia, la diplomacia… Solemos verlo como algo frío, que afecta al mundo de las ideas, de la reflexión, de los intereses, pero no vinculamos la política con los sentimientos y las emociones, cuando son algo previo. Detrás de una decisión política, detrás de una postura política, detrás un comportamiento político hay unos sentimientos que se traducen en leyes, en estrategias y en estado de opinión. ¿Establecerán las mismas leyes quienes odien a los homosexuales que quienes empaticen con ellos? Está claro que no; harán leyes muy diferentes, unos de exclusión, de condena y otros de igualdad y respeto.

Hay  sentimientos que predominan y son los sentimientos del odio, del rechazo, del desprecio y la arrogancia. Son sentimientos que están arraigados y que configuran la manera de ver, de sentir al ser humano y nuestras relaciones. Primero es el odio, después cómo concebimos al ser humano y al mundo y después, condicionadas por lo anterior, vienen las decisiones políticas. Lo observamos claramente en el odio a los inmigrantes y a los empobrecidos, calificándolos de mala gente, delincuentes y gandules que no quieren trabajar. Recordamos cuando en 2008 se produjo la crisis económica como consecuencia de la estafa financiera y desde determinados sectores políticos y sociales se señaló a la ciudadanía como causante de esa crisis. Aún resuenan esas frases llenas de desprecio, rechazo y odio: “Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades” y “los obreros tienen vocación de ricos”. Una crisis provocada por los banqueros con complicidad de muchos dirigentes políticos.

Desde este sentimiento de “odio político” entendemos que tenemos el derecho y la obligación de saquear países, de convertir a su gente en mano de obra barata, de usar y tirar, de poder eliminar cuando queramos y nos parece inconcebible que huyan de la guerra y el hambre sin que las élites sociales, financieras y bancarias los reclamen como mano de obra sin derechos. Expresan la pregunta desde el cinismo cruel de ¿quién son ellos para venir sin nuestro permiso? Afirmando: Vendrán cuando lo digamos nosotros se irán cuando lo digamos y vivirán como decidamos.

Desde este odio entendemos que otras razas y otros pueblos son inferiores, que somos superiores y que podemos decidir cómo tienen que vivir y morir. Lo vemos en el ejemplo de la población negra, cómo son vejados y asesinados por ser negros y pobres, tenemos el ejemplo reciente del nazismo con el exterminio judío y tenemos el ejemplo de la opresión cruel y asesina de Israel sobre los palestinos. Considerar a los pueblos inferiores es despojarlos de derechos, de su dignidad, sin derecho a la existencia ni de pertenencia de sus recursos. Unos recursos que pertenecen a los que tienen ese sentimiento de superioridad, de soberbia, de poder militar aplastante. Expresión de este sentimiento son las guerras y es el inmenso sufrimiento humano ¡ni siquiera la muerte y dolor de los niños y niñas provocan ninguna reacción! Bombardean matando bebés y creando un terrible terror y sienten alegría cuando triunfan y consiguen lo ambicionado. Solo existe el sentimiento del éxito, no hay otros sentimientos relacionados con la humanidad.

¿Qué hace que lleguen paramilitares a una aldea indígena, violen a las mujeres, provoquen una matanza y jueguen al fútbol con la cabeza de uno de ellos? ¿Qué hace que se pueda torturar, hacer desaparecer, fusilar y encarcelar por defender los derechos humanos o tener una opinión diferente? ¿Qué hace ver como colaboradoras de las mafias a organizaciones humanitarias que salvan vidas en el Mediterráneo? Todo esto se ve desde la concepción de una política basada en el sentimiento del odio, un odio que nos hace ver al otro, al diferente, como un enemigo que hay que derrotar, que tiene que ser pisoteado, que tiene que sufrir, que tiene que ser sometido o desaparecer.  Un odio que abarca a la propia naturaleza, que se está destruyendo con ensañamiento

La política, la forma de ser y hacer política está condiciona por los sentimientos y no es cierto que todos sean iguales ¿Son iguales Hitler que Nelson Mandela? ¿Son iguales Franco, Stalin o Pinochet que Enrique Mújica? Unos realizaron una política desde el odio, los otros lo hicieron desde los sentimientos del amor, del perdón, de la reconciliación, de crear humanidad, de evitar hacer daño, de crear condiciones para la paz, de crear condiciones para el trabajo digno, el derecho a la vivienda y a la tierra. Sentimientos de respeto, que favorecen el encuentro, el diálogo, la dialéctica, el cuidado del planeta. Una política desde el sentimiento del amor y la ternura para dar a la infancia un mundo amable y seguro, para darle a la ancianidad un final digno, un final venerable.

Una reflexión: ¿Qué sentimientos emanan del partido o partidos que suelo apoyar o votar?

 

 

 

 

 

 

 

 

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24 de septiembre de 2020 - 06:00 h

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