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La universidad pública: entre el mérito y la degradación institucional

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Hay un término con una gran precisión terminológica que se ha usado entre mis amigos desde antaño: “asco-pena”. Siempre lo hemos usado para referirnos a situaciones tan surrealistas que rozan la pateticidad y parten de una malicia que genera un gran rechazo, calificable como “asco”.

Cuando he leído lo que está sucediendo con las elecciones a rector de la que fue mi universidad (la UMU), he pensado: “vaya asco-pena”. Es lo mismo que pensé cuando supe cómo funcionan las elecciones del colegio de abogados; aprovecho para señalar esto y que no caiga en el olvido.

Por dar algo de contexto a lo que os cuento, el rector saliente de la UMU ha pasado a incorporarse a la CROEM, en un movimiento que algunos han interpretado como una puerta giratoria. Al mismo tiempo, ha surgido cierto revuelo en torno a la gestión de la campaña por parte de una de las candidaturas, con comentarios sobre la implicación activa de profesores en la movilización del voto estudiantil, en ocasiones vinculada a incentivos informales y al peso que puede tener la relación académica en este tipo de dinámicas.

Vamos a decir que esto es una prueba de lo bien que funciona el sistema educativo para promover el pensamiento crítico o el pensamiento, simplemente, no solo entre alumnos, sino también entre los profesores que se han prestado a favorecer la endogamia e invalidación de una institución que debería ser la fuente de conocimiento de la sociedad.

Siempre he pecado de idealista respecto a lo que la universidad significa. Nunca me ha gustado que esté plenamente enfocada a ser una máquina generadora de mano de obra. La he visto siempre como un espacio de investigación, conocimiento, prosperidad y de acogida para quien quiere aprender y crear vínculos desde y con el conocimiento. Esa era mi romantización de la universidad. Es natural la frustración que supone contrastar la realidad de las universidades españolas frente a esa idea.

Hoy día tenemos más bien un cuadro de Goya bien “performado”: entre los que pelean las cátedras como galones políticos, los que hacen piña para derribar a compañeros de departamento, los que compran votos, los políticos pidiendo reconocimientos académicos que no les corresponden por mérito, los que trafican con la normativa de esta gran institución y los grandes afectados: los alumnos.

Hay algunos que no olvidamos ciertas cosas que vienen desde 2008, que no olvidamos los tasazos que hicieron que la universidad pública dejara de ser para todos o las normas de progresión y permanencia que pusieron requisitos para poder respirar a quienes necesitábamos compatibilizar trabajo y estudios.

Yo no lo tuve nada fácil gracias a gente como la que hoy nos facilita esos titulares, desde el corrupto de base hasta el político de ministerio. Antes sentía una rabia inmensa y ahora veo este show desde mi posición y siento ese “asco-pena” que os comentaba al principio.

Por hablar algo en positivo, diría que no hay que dar por desperdiciada la universidad pública por estas cosas, que es el lugar donde debe prosperar quien quiera hacerlo y no solo quien pueda. Diría que es donde los estándares de calidad deben estar más altos, donde debe ser difícil aprobar la asignatura de Derecho Procesal. Que también es el lugar en que se investiga y se avanza paso a paso en cuestiones importantes para la sociedad y que brinda un trasvase de conocimiento imprescindible para mejorar.

Tenemos muchas cosas buenas que cuidar y preservar en la universidad como para permitir que una minoría de listillos se apropie de la institución y monte un chiringuito en favor de su círculo de intereses. Si lo hacen, por lo menos que se les caiga la cara de vergüenza, que se les haga crítica, que no tengan paz. Y un último apunte: un sistema corrupto no puede educar.