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Vida, sin adjetivos

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El filósofo Francisco Jarauta afirma que la vida es hermosa, a pesar de todo. Yo aún no me atrevo a seguirlo. No porque niegue la belleza. Tampoco porque solo vea el dolor. Sencillamente, todavía no sé cómo adjetivar la vida.

Hermosa. Cruel. Frágil. Absurda. Sagrada. Todas esas palabras dicen algo. Ninguna consigue decirlo todo. Cada adjetivo ilumina una parte y deja otra en la sombra. Por eso prefiero limitarme a pronunciar su nombre. Vida.

La vida sucede antes de que podamos comprenderla. Nos empuja, nos detiene, nos entrega algo y, de pronto, nos lo quita. Tal vez por eso Manuel Vicent escribió “agosto, no hay que pensar”. Hay momentos en los que pensar demasiado nos aleja de lo que ocurre. Es fácil escribirlo, difícil practicarlo.

En verano, todo parece eterno. Quizá porque todo empieza ya a morir y, por ello, también a nacer. La luz se alarga, aunque sabemos que los días volverán a acortarse. El fruto madura y comienza a caer. El agua pasa. La tarde desaparece. Nada permanece. Durante un instante, sin embargo, todo parece completo.

También el amor pertenece a ese mundo contingente. Leila Guerriero ha escrito que uno entra en él casi distraído. Un gesto cambia la mirada. Una voz comienza a importarnos. La presencia del otro se vuelve necesaria y, por tanto, cotidiana. Pero el desamor puede revelarse con una claridad repentina y un vértigo que asusta y duele físicamente. Algo se rompe. Lo que antes conmovía deja de hacerlo.

A veces, aunque uno no quiera, los amores no salen. No siempre hay culpables. Dos personas pueden quererse y no encontrar una forma habitable de estar juntas. Sus tiempos no coinciden. Sus deseos siguen caminos distintos.Eso no vuelve falso lo vivido. No todo lo que termina ha sido inútil. Un vínculo puede ser verdadero sin ser eterno. El amor que no pudo continuar también forma parte de quienes somos. Puede transformarse en memoria, gratitud o herida. En ocasiones, se convierte en una forma de conocernos, porque cada vínculo te muestra una manera de actuar para con el otro y el otro para contigo. Y ambas miradas y perspectivas deben visibilizarse, sean o no compartidas.

Japón me ha enseñado, a través del sintoísmo, a reconocer lo sencillamente sagrado en aquello que nace, cambia y desaparece. En un árbol. En una piedra. En el agua que fluye. En la presencia fugaz de cuanto nos rodea. Lo sagrado no depende de la permanencia. La caducidad no destruye el valor. A veces lo revela.

Esta conciencia de lo efímero lleva a la reflexión de Joan-Carles Mèlich sobre la condición de vulnerabilidad. Ser humano significa estar expuesto. Dependemos de otros. Podemos ser heridos. Podemos perder. Ninguna técnica elimina esa fragilidad, ni debe hacerlo, aunque el poshumanismo se empeñe en ello. Ninguna norma puede protegernos de todas las formas del dolor.

La vulnerabilidad no es un defecto. Es nuestra condición común. Necesitamos a los demás porque no nos bastamos. Si nada pudiera herirnos, tampoco nada podría conmovernos. Esta certeza posee una dimensión política. La política actual suele hablar el lenguaje de la fuerza. Promete seguridad. Levanta muros. Clasifica a las personas. Decide quién pertenece y quién sobra. El migrante aparece entonces como una amenaza. Se le atribuyen el desempleo, la inseguridad o el deterioro de los servicios públicos. El miedo busca un rostro y lo encuentra en quien viene de fuera.

Atacar al migrante es negar nuestra fragilidad compartida. Es fingir que nosotros nunca necesitaremos ayuda. Que nunca huiremos de una guerra. Que nunca padeceremos hambre. Que nunca seremos extranjeros; sin embargo, cualquiera puede verse obligado a partir. Basta una guerra. Una persecución. Una sequía. Una ruina. Una debacle económica.

El migrante no es una cifra. Es alguien que tuvo una casa. Una lengua. Un paisaje. Quizá dejó atrás a una madre. Quizá lleva una fotografía en el bolsillo. Quizá ama a alguien que espera al otro lado del mar. Su viaje está hecho de miedo, deseo y memoria.

La exclusión comienza cuando dejamos de imaginar esa vida. Cuando solo vemos las categorías: irregular, extranjero, ilegal. El lenguaje prepara la distancia. Después llega la indiferencia. Más tarde puede llegar la crueldad.

Una democracia se mide también por el trato que ofrece a quien llega sin poder, sin voz y sin documentos. La hospitalidad no exige renunciar a las leyes. Exige que ninguna ley nos haga olvidar la humanidad de quien se encuentra ante nosotros.

Tal vez ahí coincidan el amor y la política. Ambos empiezan por el reconocimiento del otro. Amar no es poseer. Acoger no es borrar las diferencias. En ambos casos, se trata de aceptar una presencia vulnerable sin convertirla en objeto de dominio ni de miedo. Se trata, al fin y al cabo, de cuidar al otro; de cuidarnos mutuamente, en lo bonito y, sobre todo, en los contextos y circunstancias más oscuros.

A veces seguimos esperando ver volver. Esperamos el regreso de una persona, de una amistad, de quien tuvo que emigrar, de la vida que conocimos. Esa esperanza, según Azorín, también es vivir.

Por ahora, en este momento de mi vida intelectual y, sobre todo, emocional, me basta con nombrar la vida sin adjetivos.

Vida en lo que llega y en lo que parte. Vida en el amor que fue y ya solo puede continuar en la memoria. Vida de quien cruza una frontera. Vida en lo que nace, cambia y desaparece. Vida en la esperanza de volver a ver.

Vida.

Nada más. Y nada menos.