Cuando un niño se enfrenta a la muerte de un ser querido por primera vez: “Si no lo hablamos le estamos dejando más solo”
El fallecimiento de un abuelo, un animal o alguien cercano suele ser el primer contacto real de un niño con la pérdida. En ese momento, las familias se enfrentan a una duda compleja: cómo tratar lo ocurrido y hasta dónde entrar en detalles.
Los estudios coinciden en que los niños necesitan información clara, adaptada a su edad, y un acompañamiento emocional que les permita entender lo ocurrido sin generar confusión ni miedo añadido. Un estudio de 2024 publicado en Frontiers in Psychology, señala que la comprensión de la muerte no aparece de forma completa desde el inicio, sino que se construye de manera progresiva durante la infancia. Conceptos como la irreversibilidad, la universalidad o el cese de las funciones del cuerpo se adquieren de forma gradual y no siempre al mismo ritmo.
En las primeras edades, los niños pueden interpretar la muerte como algo temporal o reversible, o no comprender del todo su carácter definitivo.
Alba, madre de un niño de seis años, recuerda la reacción de su hijo tras el fallecimiento de su abuelo. “Al principio nos preguntaba cuándo iba a volver. Nos dimos cuenta de que no entendía que era para siempre. Intentamos explicárselo con palabras sencillas, sin decirle que ‘se había ido de viaje’ ni cosas así. Aun así, durante semanas siguió preguntando por lo mismo”, dice.
La mujer cuenta que lo más difícil no fue encontrar las palabras al principio, sino acompañar lo que iba surgiendo después. “Por momentos pensábamos que ya lo había entendido, pero volvía a surgir. Ahí entendimos que no lo procesa de una vez”, confirma.
Cómo hablar de la muerte con un niño
Montserrat Esquerda, pediatra especializada en bioética y decana de la Facultad de Ciencias de la Salud Blanquerna-Universitat Ramon Llull, afirma que los niños sí pueden comprender la muerte desde edades tempranas, aunque no lo hagan del mismo modo que los adultos, y que esa comprensión depende del momento evolutivo, de su capacidad cognitiva y emocional, y también del entorno.
Esquerda advierte de que evitar el tema o convertirlo en un tabú no reduce el impacto, sino que puede aumentar la angustia y dejar al niño más solo ante algo que ya percibe. “Cuando no hablamos de la muerte, o la convertimos en un tabú, no la hacemos desaparecer: simplemente dejamos al niño más solo ante algo que ya percibe y que intentará explicar con sus propios recursos”, señala.
Cuando no hablamos de la muerte, o la convertimos en un tabú, no la hacemos desaparecer: simplemente dejamos al niño más solo ante algo que ya percibe y que intentará explicar con sus propios recursos
En los niños más pequeños, aconseja usar un lenguaje claro, concreto y literal. Expresiones como “se ha ido” o “está dormido” pueden generar confusión, ya que el niño puede interpretar que la persona volverá, o desarrollar miedos asociados al sueño o a la separación. En estas edades, indica, resulta más adecuado transmitir que esa persona ha muerto y que no va a volver.
Además, insiste en la importancia de atender al pensamiento mágico propio de la infancia. Los niños pueden llegar a creer que la muerte está relacionada con algo que hicieron o pensaron, por lo que no basta con informar: es necesario comprobar qué han entendido y corregir posibles interpretaciones erróneas.
En situaciones de enfermedad o pérdida, Esquerda subraya que el objetivo no debe ser ocultar la realidad, sino acompañarla. Los niños perciben rápidamente que algo ocurre y, si no reciben explicaciones, no sufren menos, sino con mayor incertidumbre. “Siempre que sobreprotegemos a un niño, lo estamos desprotegiendo”, resume.
El criterio, aclara la pediatra, es ofrecer la información necesaria para que el niño pueda integrar lo que está ocurriendo y sentirse seguro, ajustándola a su edad. Comenta que el duelo infantil no siempre se manifiesta como tristeza visible y no sigue un proceso lineal. Por eso recomienda observar la evolución del niño y mantener la disponibilidad en el tiempo.
Por último, Esquerda defiende la importancia de no excluir automáticamente a los niños de los rituales de despedida, siempre que se les prepare y se respete su decisión.
Cuando murió el perro de la familia, Javier, padre de una niña de cinco años, dudó sobre cómo contárselo. Finalmente optaron por hacerlo de forma directa. “Pensamos en no decírselo o en suavizarlo, pero al final optamos por decirle que había fallecido. Lloró mucho ese día, pero luego empezó a hablar del perro con naturalidad”, describe.
En los días siguientes, su hija empezó a expresar la pérdida a través del juego, una reacción que al principio les desconcertó, pero que después entendieron mejor. “Jugaba a que su perro estaba enfermo o se despedía. Comprendimos que esa era su forma de procesarlo”, comparte.
Jugaba a que su perro estaba enfermo o se despedía. Comprendimos que esa era su forma de procesarlo
Dudas, emociones y tiempos del duelo
Desde la psicología especializada en duelo infantil, Patricia Díaz Seoane, profesional vinculada a la Fundación Mario Losantos del Campo, sostiene que las reacciones de los niños tras una pérdida varían según la edad y el momento evolutivo. Y apunta que pueden aparecer distintas reacciones emocionales y cambios en el comportamiento, como tristeza, ira o rabia, junto a una mayor necesidad de atención y miedo ante otras muertes.
También es frecuente que haya regresiones en comportamientos ya adquiridos, así como dificultades en el día a día. A veces ese malestar se expresa de forma menos visible, a través de apatía, problemas psicosomáticos o incluso exclusión social si sienten que son diferentes.
Que vuelvan a preguntar, subraya Díaz Seoane, es algo habitual. “Los niños repiten muchas veces o vuelven al tema porque, aunque pensemos que lo han entendido, en la mayoría de las ocasiones necesitan procesar la información de nuevo o integrar los conceptos clave a medida que el desarrollo cognitivo evoluciona”, destaca.
Los niños repiten muchas veces o vuelven al tema porque, aunque pensemos que lo han entendido, en la mayoría de las ocasiones necesitan procesar la información de nuevo o integrar los conceptos clave a medida que el desarrollo cognitivo evoluciona
Esto hace que dudas que parecían resueltas puedan reaparecer con el tiempo. “Pensamos, por ejemplo, que han entendido que no van a ver al ser querido más, y al cabo de un año preguntan si va a volver por Navidad”, refiere. En estos casos, no se trata de un retroceso, sino de que ciertos conceptos, como la irreversibilidad de la muerte, aún no están completamente integrados.
Insiste en que la respuesta de los adultos requiere tiempo y repetición. “Los adultos deben responder con mucha paciencia y explicarles las cosas de manera que puedan entenderlas, las veces que sea necesario”, asegura. Asimismo, resalta que pueden apoyarse en cuentos, películas o ejemplos de la naturaleza.
Estas reacciones no solo aparecen en casa, sino también en otros entornos, como el colegio. Natalia, madre de un niño de nueve años, tuvo que acompañar a su hijo tras el fallecimiento de un compañero de colegio. En su caso, lo más difícil no fue solo saber qué decir, sino responder a lo que iba surgiendo después.
“Nos costó mucho encontrar las palabras. Él tenía miedo, pero al mismo tiempo curiosidad. Preguntaba qué pasa después, si duele, si puede pasarle a él”, detalla. Ante esas preguntas, decidieron no dar todas las respuestas y dejar espacio a la incertidumbre, adaptándose a lo que el propio niño necesitaba en cada momento. “Le dijimos que hay cosas que no sabemos, pero que podía preguntarnos lo que necesitara. Eso le dio mucha tranquilidad”, remata Natalia.
El primer contacto de un niño con la muerte no se resuelve en una sola conversación. Requiere tiempo, coherencia y adultos capaces de acompañar sus dudas sin esquivarlas. Dar espacio a lo que preguntan y retomar esas conversaciones a lo largo del tiempo no elimina el dolor, pero sí evita que el niño tenga que atravesarlo solo.