Quién fue y cuáles son las ideas de María Montessori, la pedagoga que inspira cientos de proyectos educativos

Rocío Niebla

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El niño y la niña llegan a la edad adulta habiendo pasado la infancia y la adolescencia reprimidos y aleccionados para que solo se preocupen por sus propios intereses. Así lo creía Maria Montessori (1870-1952), la pedagoga nominada hasta tres veces al Premio Nobel de la Paz, que además de ser médica inauguró en Roma en 1907 la primera Casa dei Bambini, un centro de niños y niñas de distintas clases sociales del que emanó su tesis pedagógica. La paz está en el centro de su método, que sigue inspirando cientos de proyectos educativos: la paz requiere igualdad, justicia social y la nulidad y lucha contra todo tipo de violencias (no solo físicas). Educación y paz (Altamarea, 2022) es el título de la compilación conferencias de Montessori sobre la educación para la paz.

"Podemos conseguir muy buenos resultados con nuestros niños sin utilizar castigos ni recompensas"

Saber más

La idea fuerza es que “la sociedad no prepara al hombre de forma adecuada para la vida cívica ya que no existe una vida moral de las masas”, sino que se les educa como “individuos aislados que deben satisfacer sus necesidades inmediatas compitiendo con otros individuos”. He ahí los valores de la guerra: falta de sentimiento como colectivo, egoísmo, cero empatía y buena disposición para acatar. Para la pedagoga, “la historia de la humanidad nos enseña que la paz es la sumisión forzosa de los conquistados a la dominación cuando el invasor ha consolidado su victoria”. Mientras que la paz negativa es la ausencia de la guerra, la paz positiva, la propositiva, en la que ella procura educar, debería “dirigir nuestros pensamientos hacia el triunfo de la justicia y el amor entre hombres, así como en la construcción de un mundo donde reine la armonía”.

Según Montessori, como los adultos somos propensos a desatender los valores de la vida, a los niños y a las niñas les fijamos “la meta mezquina y egoísta” de solo “conquistar un buen empleo dentro del orden social”. Así que la educación tradicional hace que “el individuo se marchite y que sus valores espirituales se esfumen”. En lugar de esmerarnos en darles voz, en fomentar la creatividad o sus propios intereses, en lugar de darles alas para que razonen, sean críticos y ejerzan ciudadanía, los adultos los aleccionamos con nuestros códigos sociales egoístas, mercantilistas e injustos. Así que los niños “fingen por instinto con el fin de ocultar sus capacidades y ajustarse a las nuestras”, con lo que acaban “enterrando en su subconsciente una fuerza vital que clama por expresarse y que es fatalmente frustrada”.

Los fundamentos pedagógicos quedan recogidos en su libro La mente absorbente del niño, en el que defiende que el aprendizaje más eficaz es el de construir un ambiente adecuado y a la medida de las criaturas para que “en libertad” ellos experimenten y exploren. El papel del adulto es mostrar la forma correcta de utilizar los materiales o herramientas, dejarles espacio para que lo antes posible sean seres autónomos (la única manera de ejercer la libertad), así como despertarles el interés y el amor. “El amor lleva al niño no hacia la posesión de un objeto, sino a trabajar con ese objeto; y cuando el trabajo comienza en un determinado ambiente, también comienza la asociación con los compañeros, porque nadie puede trabajar solo”. El aprendizaje mejora cuando los niños trabajan en grupo y colaboran entre ellos.

En el día a día de las familias

Montessori en casa (Plataforma Editorial, 2016) es el libro que escribió Cristina Tébar para aterrizar las ideas en el día a día de las familias. “El principio fundamental de María es el respeto. Respetar los distintos ritmos que tienen los niños y las niñas, respetar lo que a cada uno le interesa, así como la libre elección”, afirma Tébar. Para Montessori, es fundamental darles libertad para decidir en qué quieren trabajar y cómo. “La libertad tiene que ir acompañada de unos límites. Pueden elegir siempre que no dañen a otras personas, al entorno o a ellos mismos. Esos son los límites del método”, asegura la experta. La paz es el objetivo principal de la educación. “Si también aprenden gramática o matemáticas, está bien. Pero para ella eso es un efecto secundario. Lo primordial es que cada ser humano desarrolle su potencial para aportar socialmente algo, y que los niños sean adultos íntegros que trabajen para la paz”, dice.

Cristina Tébar afirma que el método Montessori tiene que ver con el trabajo manual y sensorial sobre todo en los seis primeros años. A partir de los seis años el aprendizaje se vuelca también hacia el intelecto y el razonamiento. “Pero en cualquier etapa el trabajo con las manos es importante ya que, como ella decía, la mano es el instrumento del cerebro”, cuenta. Mantenía que a la par que la motricidad fina se desarrolla el cerebro también. Los materiales de madera de Montessori son reconocidos. La madera o el metal, materiales nobles, cumplen la función de despertar sensorialmente a los pequeños, así como aprender sobre el peso, el volumen y los encajes. Jugar con maderas también da lugar a apreciar y respetar de dónde vienen y educar en el amor hacia la naturaleza.

La experta en Montessori asegura que algunas familias adquieren los materiales Montessori, pero “si no hay un ambiente preparado el material no va a servirles de nada”. En las casas el mobiliario está al servicio de los adultos, así que “preparar” el espacio equivale a hacer accesible en altura sus muebles. “Se trata de que lleguen a lavarse las manos o coger su ropa o poner la mesa o servirse su propio vaso de agua”. Hay que brindarles la posibilidad de autonomía lo antes posible, para que ellos, en libertad, puedan ir trabajando o autocuidándose sin ayuda (sí en compañía) de mayores. El aprendizaje y el bienestar mejoran cuando la criatura siente que tiene el control de su propia vida. “No vale solo con poner las cosas a su alcance, también tenemos que mostrarles cómo se emplean. Si queremos que se laven las manos tenemos que dividirlo en muchos pasos y haciéndolo paso a paso ellos y ellas van cogiendo la idea”, dice. El orden en el entorno es beneficioso para el desarrollo del niño. Cristina Tébar insta a observar en qué momento están, qué les interesa y qué habilidades están desarrollando o experimentando ya que “si miramos cómo actúan podemos satisfacer su curiosidad a través del ambiente y los materiales que les podemos ofrecer”.

Alice Casquet es la directora pedagógica de la Escola Natura en Castellbisbal. Cuenta que una de las bases Montessori es el trabajo con edades mezcladas: “Esta forma de organizarnos en grupos multigrados favorece la vida comunitaria y los aprendizajes porque unos aprenden de otros. Se genera un clima de colaboración y de construcción social de los saberes”. En la Escola Natura está la “comunidad infantil” con niños y niñas de 1 a 3 años, “la casa de los niños” de 3 a 6 años, y los talleres, uno de 6 a 9 años y otro de 9 a 12 años. Según Casquet, trabajar de esta manera les despierta “sentimientos nobles” como la admiración hacia el otro, la fraternidad y la ayuda mutua. “Todos logran vivenciar lo que significa tener más experiencia y acompañar a alguien, y también ser acompañados por sus compañeros, generando realmente aprendizajes cooperativos”, afirma.

“La filosofía Montessori hace hincapié en la conexión con uno mismo, con la naturaleza y por ello defiende la importancia de que los niños y niñas estén en contacto con el medio natural”, asegura Casquet, que señala que hay estudios que avalan beneficios a largo plazo en criaturas de edades tempranas que han estado en contacto con la naturaleza de forma regular. “Esto se traduce en capacidad para concentrarse mejor, prestar más atención, ser más independientes, respetar mejor las reglas, resolver conflictos de forma más pacífica, expresarse de forma más precisa y ser más creativos”, asegura la directora de la Escola Natura.

“El niño no es simplemente un adulto en miniatura”, leemos en Educación y paz, ya que es poseedor de una vida propia con características especiales y metas propias. “La meta del niño se podría resumir como encarnación: se debe producir en él la encarnación de la individualidad humana. Por eso es el gran transformador del medio ambiente y del ser social”, dice. La paz de mañana depende de la educación de hoy. No únicamente como ausencia de guerra, también como motor para organizar la sociedad para que sea menos desigual, más generosa y justa.

El niño y la niña llegan a la edad adulta habiendo pasado la infancia y la adolescencia reprimidos y aleccionados para que solo se preocupen por sus propios intereses. Así lo creía Maria Montessori (1870-1952), la pedagoga nominada hasta tres veces al Premio Nobel de la Paz, que además de ser médica inauguró en Roma en 1907 la primera Casa dei Bambini, un centro de niños y niñas de distintas clases sociales del que emanó su tesis pedagógica. La paz está en el centro de su método, que sigue inspirando cientos de proyectos educativos: la paz requiere igualdad, justicia social y la nulidad y lucha contra todo tipo de violencias (no solo físicas). Educación y paz (Altamarea, 2022) es el título de la compilación conferencias de Montessori sobre la educación para la paz.

"Podemos conseguir muy buenos resultados con nuestros niños sin utilizar castigos ni recompensas"

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La idea fuerza es que “la sociedad no prepara al hombre de forma adecuada para la vida cívica ya que no existe una vida moral de las masas”, sino que se les educa como “individuos aislados que deben satisfacer sus necesidades inmediatas compitiendo con otros individuos”. He ahí los valores de la guerra: falta de sentimiento como colectivo, egoísmo, cero empatía y buena disposición para acatar. Para la pedagoga, “la historia de la humanidad nos enseña que la paz es la sumisión forzosa de los conquistados a la dominación cuando el invasor ha consolidado su victoria”. Mientras que la paz negativa es la ausencia de la guerra, la paz positiva, la propositiva, en la que ella procura educar, debería “dirigir nuestros pensamientos hacia el triunfo de la justicia y el amor entre hombres, así como en la construcción de un mundo donde reine la armonía”.

Según Montessori, como los adultos somos propensos a desatender los valores de la vida, a los niños y a las niñas les fijamos “la meta mezquina y egoísta” de solo “conquistar un buen empleo dentro del orden social”. Así que la educación tradicional hace que “el individuo se marchite y que sus valores espirituales se esfumen”. En lugar de esmerarnos en darles voz, en fomentar la creatividad o sus propios intereses, en lugar de darles alas para que razonen, sean críticos y ejerzan ciudadanía, los adultos los aleccionamos con nuestros códigos sociales egoístas, mercantilistas e injustos. Así que los niños “fingen por instinto con el fin de ocultar sus capacidades y ajustarse a las nuestras”, con lo que acaban “enterrando en su subconsciente una fuerza vital que clama por expresarse y que es fatalmente frustrada”.

Los fundamentos pedagógicos quedan recogidos en su libro La mente absorbente del niño, en el que defiende que el aprendizaje más eficaz es el de construir un ambiente adecuado y a la medida de las criaturas para que “en libertad” ellos experimenten y exploren. El papel del adulto es mostrar la forma correcta de utilizar los materiales o herramientas, dejarles espacio para que lo antes posible sean seres autónomos (la única manera de ejercer la libertad), así como despertarles el interés y el amor. “El amor lleva al niño no hacia la posesión de un objeto, sino a trabajar con ese objeto; y cuando el trabajo comienza en un determinado ambiente, también comienza la asociación con los compañeros, porque nadie puede trabajar solo”. El aprendizaje mejora cuando los niños trabajan en grupo y colaboran entre ellos.

En el día a día de las familias

Montessori en casa (Plataforma Editorial, 2016) es el libro que escribió Cristina Tébar para aterrizar las ideas en el día a día de las familias. “El principio fundamental de María es el respeto. Respetar los distintos ritmos que tienen los niños y las niñas, respetar lo que a cada uno le interesa, así como la libre elección”, afirma Tébar. Para Montessori, es fundamental darles libertad para decidir en qué quieren trabajar y cómo. “La libertad tiene que ir acompañada de unos límites. Pueden elegir siempre que no dañen a otras personas, al entorno o a ellos mismos. Esos son los límites del método”, asegura la experta. La paz es el objetivo principal de la educación. “Si también aprenden gramática o matemáticas, está bien. Pero para ella eso es un efecto secundario. Lo primordial es que cada ser humano desarrolle su potencial para aportar socialmente algo, y que los niños sean adultos íntegros que trabajen para la paz”, dice.

Cristina Tébar afirma que el método Montessori tiene que ver con el trabajo manual y sensorial sobre todo en los seis primeros años. A partir de los seis años el aprendizaje se vuelca también hacia el intelecto y el razonamiento. “Pero en cualquier etapa el trabajo con las manos es importante ya que, como ella decía, la mano es el instrumento del cerebro”, cuenta. Mantenía que a la par que la motricidad fina se desarrolla el cerebro también. Los materiales de madera de Montessori son reconocidos. La madera o el metal, materiales nobles, cumplen la función de despertar sensorialmente a los pequeños, así como aprender sobre el peso, el volumen y los encajes. Jugar con maderas también da lugar a apreciar y respetar de dónde vienen y educar en el amor hacia la naturaleza.

La experta en Montessori asegura que algunas familias adquieren los materiales Montessori, pero “si no hay un ambiente preparado el material no va a servirles de nada”. En las casas el mobiliario está al servicio de los adultos, así que “preparar” el espacio equivale a hacer accesible en altura sus muebles. “Se trata de que lleguen a lavarse las manos o coger su ropa o poner la mesa o servirse su propio vaso de agua”. Hay que brindarles la posibilidad de autonomía lo antes posible, para que ellos, en libertad, puedan ir trabajando o autocuidándose sin ayuda (sí en compañía) de mayores. El aprendizaje y el bienestar mejoran cuando la criatura siente que tiene el control de su propia vida. “No vale solo con poner las cosas a su alcance, también tenemos que mostrarles cómo se emplean. Si queremos que se laven las manos tenemos que dividirlo en muchos pasos y haciéndolo paso a paso ellos y ellas van cogiendo la idea”, dice. El orden en el entorno es beneficioso para el desarrollo del niño. Cristina Tébar insta a observar en qué momento están, qué les interesa y qué habilidades están desarrollando o experimentando ya que “si miramos cómo actúan podemos satisfacer su curiosidad a través del ambiente y los materiales que les podemos ofrecer”.

Alice Casquet es la directora pedagógica de la Escola Natura en Castellbisbal. Cuenta que una de las bases Montessori es el trabajo con edades mezcladas: “Esta forma de organizarnos en grupos multigrados favorece la vida comunitaria y los aprendizajes porque unos aprenden de otros. Se genera un clima de colaboración y de construcción social de los saberes”. En la Escola Natura está la “comunidad infantil” con niños y niñas de 1 a 3 años, “la casa de los niños” de 3 a 6 años, y los talleres, uno de 6 a 9 años y otro de 9 a 12 años. Según Casquet, trabajar de esta manera les despierta “sentimientos nobles” como la admiración hacia el otro, la fraternidad y la ayuda mutua. “Todos logran vivenciar lo que significa tener más experiencia y acompañar a alguien, y también ser acompañados por sus compañeros, generando realmente aprendizajes cooperativos”, afirma.

“La filosofía Montessori hace hincapié en la conexión con uno mismo, con la naturaleza y por ello defiende la importancia de que los niños y niñas estén en contacto con el medio natural”, asegura Casquet, que señala que hay estudios que avalan beneficios a largo plazo en criaturas de edades tempranas que han estado en contacto con la naturaleza de forma regular. “Esto se traduce en capacidad para concentrarse mejor, prestar más atención, ser más independientes, respetar mejor las reglas, resolver conflictos de forma más pacífica, expresarse de forma más precisa y ser más creativos”, asegura la directora de la Escola Natura.

“El niño no es simplemente un adulto en miniatura”, leemos en Educación y paz, ya que es poseedor de una vida propia con características especiales y metas propias. “La meta del niño se podría resumir como encarnación: se debe producir en él la encarnación de la individualidad humana. Por eso es el gran transformador del medio ambiente y del ser social”, dice. La paz de mañana depende de la educación de hoy. No únicamente como ausencia de guerra, también como motor para organizar la sociedad para que sea menos desigual, más generosa y justa.

El niño y la niña llegan a la edad adulta habiendo pasado la infancia y la adolescencia reprimidos y aleccionados para que solo se preocupen por sus propios intereses. Así lo creía Maria Montessori (1870-1952), la pedagoga nominada hasta tres veces al Premio Nobel de la Paz, que además de ser médica inauguró en Roma en 1907 la primera Casa dei Bambini, un centro de niños y niñas de distintas clases sociales del que emanó su tesis pedagógica. La paz está en el centro de su método, que sigue inspirando cientos de proyectos educativos: la paz requiere igualdad, justicia social y la nulidad y lucha contra todo tipo de violencias (no solo físicas). Educación y paz (Altamarea, 2022) es el título de la compilación conferencias de Montessori sobre la educación para la paz.

"Podemos conseguir muy buenos resultados con nuestros niños sin utilizar castigos ni recompensas"

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La idea fuerza es que “la sociedad no prepara al hombre de forma adecuada para la vida cívica ya que no existe una vida moral de las masas”, sino que se les educa como “individuos aislados que deben satisfacer sus necesidades inmediatas compitiendo con otros individuos”. He ahí los valores de la guerra: falta de sentimiento como colectivo, egoísmo, cero empatía y buena disposición para acatar. Para la pedagoga, “la historia de la humanidad nos enseña que la paz es la sumisión forzosa de los conquistados a la dominación cuando el invasor ha consolidado su victoria”. Mientras que la paz negativa es la ausencia de la guerra, la paz positiva, la propositiva, en la que ella procura educar, debería “dirigir nuestros pensamientos hacia el triunfo de la justicia y el amor entre hombres, así como en la construcción de un mundo donde reine la armonía”.