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¿Y si hicieran huelga las ONG?

Durante varios días el Banco de Alimentos de Bizkaia, a la vez que otros Bancos de otros lugares de España, ha volcado más esfuerzos de los habituales para hacer acopio de alimentos de todo tipo para distribuirlos por toda Bizkaia. El botín (ya sé que “botín” no es la palabra más apropiada) ha sido importante. Las cajas en que se han recogido los artículos se han llenado y vaciado varias veces, las furgonetas habilitadas para estos días han hecho kilómetros y kilómetros para almacenar el material acopiado, pero ha habido más, mucho más, porque el espíritu solidario se ha puesto en candelero de un modo muy especial. En las grandes tiendas o superficies era raro que alguien saliera sin llevar una bolsa, más o menos llena, destinada al Banco de Alimentos.

Del mismo modo ha resultado sorprendente la efusión de los voluntarios que han acudido en ayuda del Banco de Alimentos. Como si de este modo, voluntarios al servicio de una ONG y consumidores obedientes al dictado de sus conciencias, quisieran demostrar en la práctica que lo que habían divulgado los medios informativos es cierto. Habían dicho, justamente el día anterior, siguiendo la línea expuesta por la Cátedra de Prevención y Responsabilidad Social Corporativa de la Universidad de Málaga, que la solidaridad crece significativamente en tiempo de crisis.

Así lo refleja el estudio citado. El responsable de la Cátedra ha dicho que “se hacen más actos de solidaridad que antes por puro sentido común, ya que la gente necesita más”. Lo ha dicho en unas jornadas sobre Responsabilidad Social Corporativa (RSC) de las empresas, e hizo una clara diferenciación entre las acciones de las grandes empresas, que les sirven a la vez para publicitarse, y las más pequeñas, que sufren lo indecible para poder cumplir escuetamente sus deberes sociales, así y todo, la crisis resulta un buen acicate para convertir en dadivosos a los mezquinos. El caso es que cuando se hizo público el dato el Banco de Alimentos ya había lanzado su encomiable campaña que atosigaba a las conciencias de los más poderosos que, ¡ay!, como no son precisamente ellos los que ejecutan sus compras, no tuvieron que depositar sus bolsas en las cajas petitorias.

El Banco de Alimentos es una Institución ejemplar por la labor que desarrolla, pero sobre todo es ejemplar por la labor de denuncia que lleva implícita. Que exista, solamente que tenga que existir, constituye un grito de dolor de quienes no tienen alimento suficiente y, por tanto, tienen hambre.


¿A qué ha respondido cada uno de los donantes? Unos a la llamada de la generosidad, que empuja a ayudar al que vive en inferioridad desde el convencimiento de que todos tenemos los mismos derechos porque todos somos iguales. Otros a la llamada de la caridad que mueve la compasión hacia quienes sufren carencias de lo que a otros les sobra.

A los primeros se les aparece un diablillo juguetón después de haber sido generosos; a los segundos les embarga la complacencia de haber ayudado al que no tiene o tiene menos, siguiendo la obra de misericordia que aprendieron, junto a otras, en su catequesis infantil, como una obligación dictada por su correspondiente religión para acceder al Paraíso.

A estas dos acciones se las confunde con la solidaridad. Desde luego que detrás del hecho de adquirir unos productos con intención de donarlos a quienes tienen menos hay un impulso solidario, pero la solidaridad en tiempo de crisis no puede quedar al libre albedrío de la gente, a su capricho. La solidaridad ha de ser impuesta por el Estado, aunque entonces ya no pueda ser llamada del mismo modo; ha de ser más una consecuencia de la acción social y política que la derivación del comportamiento más o menos generoso y caritativo de la gente. Cuando cada cual ha depositado su bolsa de alimentos se ha producido un gesto digno de admiración, pero incluso esa admiración es mensurable y, con toda seguridad, habrá habido quien ha hecho ostentación al hacer entrega de la bolsa de plástico, aunque en su interior no hubiera un contenido acorde con su poder económico.

Son bastantes las campañas “caritativas y generosas” que tienen lugar en las vísperas de la Navidad. Los corazones se reblandecen, las miradas se amansan, las manos e abren con mayor facilidad y todos abogamos porque en cada casa no falte un mazapán, un pedazo de turrón y una botella, aunque sea la más pequeña, de sidra achampanada. Y claro, si la crisis nos aprieta esos productos se convierten en prohibitivos, ya sea porque no es necesaria, ya sea por su precio o quizás porque la sociedad ejerce de cancerbero que ladra en la conciencia de los más pobres cuando cometen algún dispendio.

El Banco de Alimentos es una institución ejemplar por la labor que desarrolla, pero sobre todo es ejemplar por la labor de denuncia que lleva implícita. Que exista, solamente que tenga que existir, constituye un grito de dolor de quienes no tienen alimento suficiente y, por tanto, tienen hambre. Es una voz despiadada que reclama a los poderes públicos que cumplan con su obligación, que quizás no sea que todos lleguemos a ser ricos, pero lo que es seguro que no es es que algunos sean tan pobres que tengan que reclamar lo más básico: la comida. La existencia del Banco de Alimentos en España constituye una solemne denuncia del incumplimiento del Artículo 39 y siguientes de la Constitución Española, sobre los principios que han de regir la política social y económica. Por cierto, vulneración de la misma Constitución que con soberbia enarbolan algunos en defensa de la propiedad privada y el derecho a heredar.

El acopio de alimentos obedece a un gran y noble impulso, pero responde a la constatación de que la sociedad que resulta de la Política desarrollada por el Gobierno español (y por otros Gobiernos) es desequilibrada, inequitativa e injusta. Las injusticias se resuelven con justicia; la solidaridad ejercida individualmente sirve para que la injusticia se note algo menos. ¿Y si un día hacen huelga indefinida las ONG, qué será de los parias de la Tierra?

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