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Tres, dos, uno….¡Educación!

¿Por qué los niños y jóvenes hacen visitas a los museos, pero no a las salas de cine?

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EFE

“¡Mira Hannah, mira hacia el cielo! Al alma del hombre le han sido dadas

alas, y está volando hacia el arco iris y la luz de la esperanza” (El Gran dictador. Chaplin, Ch. 1940)

No hay duda de que Eskerrik asko! fue el término más oído el pasado sábado en la  32ª gala de entrega de los premios Goya, en Madrid. Y no era para menos; la película 'Handia' acaparó diez de las 13 nominaciones que presentaba en las quinielas previas y era, por tanto, obligado para las y los recogedores de los galardones comenzar así su alocución. Un gran triunfo para una película en euskera, realizada con bajo presupuesto por una productora ajena al gran negocio de esa industria y que habla de temas cercanos, a menudo olvidados: el tránsito de la sociedad rural vasca a la nueva era industrial, el valor de la familia y la conmoción mental por la apertura a otras identidades. Una apuesta de éxito para sus dos directores, Garaño y Arregi, que ya habían deslumbrado con su anterior 'Loreak'.

En la misma gala, también sonó con fuerza la palabra Mujeres –aunque en menor medida de lo esperado y pese a la fuerza mediática del movimiento #MeToo en los últimos tiempos- nueva oportunidad para reivindicar una mayor presencia femenina en el Séptimo Arte español, acompañada esta vez por casi 2.000 abanicos rojos distribuidos entre el público asistente. Si una única presencia valiera para encabezar este movimiento, Isabel Coixet, cumplía los requisitos. Su especial triunfo en la noche sabatina lo confirmaban los tres premios por su obra 'La librería'. La película, excelente mosaico intimista, narra la decisión de una mujer para vencer cuantos obstáculos impiden la apertura de su librería, en la Inglaterra rural, orgullosa y tranquila de los años 60. Coixet, verso libre en la industria cinematográfica española, aprovechó  la ocasión –como se esperaba- para denunciar la baja presencia femenina en una industria audiovisual, casi dominada en su totalidad por la representación masculina, sea en profesiones técnicas (fotografía, montaje, música,  animación, vestuario,…) sea en artísticas (protagonistas, doblajes o guión).

Pero no utilizaré este espacio reivindicativo para deslizarnos por el mundo cinematográfico per se, sino para valorar la difícil relación entre el cine, manifestación social de la realidad circundante y la educación, sujeto paciente de las tremendas contradicciones que remueven nuestro vivir cotidiano. Cine y Educación, educación y cine parecen dos amantes que no acaban de encontrar el espacio ni el momento oportuno para demostrarse su atracción. Llevan mucho tiempo coqueteando, pero ninguno parece dispuesto a dar el primer paso. Y es extraño, en un época en la que gozan de mayor demanda enseñanzas colaterales, pero básicas para conseguir la formación integral de la persona, como el feminismo, la agroecología, la soberanía alimentaria, o la banca ética. El cine, sin embargo, no parece contar con buenos/as padrinos/madrinas que le aseguren más presencia en las aulas.

Por parte educativa, las administraciones son reacias a introducir semejantes enseñanzas, asustadas ante la llegada de conocimientos ajenos que puedan dinamitar la importancia del 'Dios-currículo'. De hecho, hay que remontarse a la lejana ley de Villar Palasí con su BUP y su COU, que permitía holguras formativas en clave de “asignaturas complementarias” para encontrar una oportunidad de hablar con el alumnado de claqueta, Hitchcock y travelling sin resultar clandestino/a.

Cine y Educación, educación y cine parecen dos amantes que no acaban de encontrar el espacio ni el momento oportuno para demostrarse su atracción

Las siguientes leyes –de forma harto sorprendente, ya que se diseñaron en plena cultura visual- obviaron el mundo cinematográfico y tan solo permitieron que este lenguaje llegase al mundo escolar de la mano de entidades privadas con las que se concertaban programas relacionados con la ética y la formación de valores. Así nació, por ejemplo, Irudi Biziak quien, en el lejano 1985, estructuró programas educativos a partir de películas y cortometrajes de actualidad ofertados a centros educativos con metodología de trabajo pre y postvisionado del film.

Continúa su andadura profesional, lo que ya en sí es meritorio, pero no deja de ser llamativo  que “Enseñar a los escolares a ver el cine y hacer de este un instrumento pedagógico para su formación integral” y “Reflexionar sobre las relaciones del Cine con otras áreas del conocimiento”, argumentos propios, directamente relacionados con la Educación, resulten secundarios. Así parece aceptarlo la propia Irudi Biziak al colocarlos por detrás de “Ofrecer a los componentes de la comunidad escolar la posibilidad de acceder a ciertos productos audiovisuales” –primero- e “Insistir ante los responsables del sistema educativo en la necesidad del estudio de la imagen y de la cultura audiovisual”, en segundo lugar.  Hoy en día, Irudi Biziak ha diversificado su oferta formadora y además de continuar con la enseñanza en valores, aporta reflexiones sobre prevención de la drogodependencia, los derechos de la infancia, la importancia de las TICs o la educación para la salud.

Del otro lado, el mundo profesional de la cinematografía tampoco ha sido capaz de generar propuestas interesantes para que las administraciones educativas corrigiesen su ignorancia altiva. Ahora, por fin, parece generarse un halo esperanzador, a través de dos hechos relativamente cercanos. Uno: el pasado año, docentes y profesionales de la industria se reunieron con el objetivo de crear un plan de educación cinematográfica ('Cine y Educación una cuestión de Estado'. Fotogramas, junio, 2017). Ha sido un primer encuentro que, pese a las dificultades de todo tipo allí expuestas (técnicas, administrativas, pedagógicas) ha contado por primera vez con el empuje de ambos colectivos. Y dos: la Academia de las Artes Cinematográficas española, en su revista número 225, ha dedicado un amplio estudio a esta situación, con la presentación de un plan de alfabetización cinematográfica que recorra todas las etapas educativas, desde Infantil hasta la Universidad.

¿Por qué los niños y jóvenes hacen visitas a los museos, pero no a las salas de cine? se preguntan en la revista, después de recordar que otros países europeos, como Francia o Reino Unido amontonan ya varias décadas de experiencia en tales programas. A lo largo de cincuenta páginas, políticos, técnicos y expertos/as del séptimo arte desgranan sus impresiones sobre la necesidad de una colaboración mucho más estrecha entre cine y educación (cuestión de Estado, lo llegan a definir algunos). Entre estas páginas, el propio ministro de Educación, Méndez del Vigo, asume el compromiso de incorporar una estrategia concreta, dentro del Plan Cultura 2020.

Esperando que ambas ideas prosperen, de momento, habrá que conformarse con las más de 41 iniciativas que entidades sin o con ánimo de lucro, clubes de tiempo libre y trabajos individuales del profesorado militante continúan haciendo por la geografía española para acercar el mundo educativo y el cinematográfico con cierta normalidad y alejarles de los momentos de boato que generan la presentación de cualquier nuevo plan.

 

No me sustraigo, sin embargo, a incluir unas cuantas referencias de lo que considero cine imprescindible para educar, o quizás mejor expresado, películas destinadas a formar una persona íntegra. Pero será en una próxima ocasión. Palabra.

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