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NOTA AL PIE

Una pionera

13 de junio de 2026 22:13 h

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Uta Hagen era muy joven cuando descubrió que no le gustaba su trabajo. Según cuenta en Respeto por la interpretación, había cometido el error de adoptar “los métodos y actitudes” de los malos profesionales y se había llenado de “trucos” como los que había usado en 1938 en La gaviota de Chéjov, donde interpretaba el papel de Nina. Sabía que, si salía por última vez del escenario sin prestar atención al efecto que su actitud tuviera en el público, el patio de butacas reaccionaba con lágrimas y silencio absoluto; sabía que, si echaba “bravamente la cabeza hacia atrás” en el preciso instante en que llegaba a la puerta, se ganaba un aplauso. Y puesta a elegir entre lágrimas y aplausos, elegía los segundos. Pero el dominio del efectismo y la rutina de lo que de repente parecía algo mecánico provocaron en ella una “aversión por la actuación” que le duró hasta que tuvo que trabajar a las órdenes de Harold Clurman (cofundador del Group Theater con Lee Strasberg y Cheryl Crawford), que por supuesto le quitó todos los trucos.

Decía Parménides que “nada surge de la nada”. Gracias a Clurman, Hagen se volvió a enamorar de su profesión y, además de convertirse en una magnífica actriz, se puso en el camino que la llevó hasta un antiguo alumno de Max Reinhart que había sido profesor en el Dramatic Workshop de Erwin Piscator: el mítico Herbert Berghof, con quien aprendió a compartir lo que había aprendido y a compartirlo sin psicologismos de ninguna clase, porque Hagen no estaba en la línea de los que “dicen enseñar interpretación y se adentran en aspectos de la vida de los actores que no tienen cabida ni en un aula ni en un escenario”. Ella era ella, con sus propias ideas, y le daba igual si coincidían o no con las de Strasberg, Sandford Meisner o Stella Adler, vieja conocida de esta columna (véase ‘Dos problemas y una mujer’). Era una pionera, exactamente la misma definición que me dio hace unos días un gran actor español, Gabino Diego, al preguntarle sobre la maestra con quien estudió: Cristina Rota, que acaba de publicar sus memorias (Una historia de teatro y resistencia).

Siempre hay alguien que deja huella, aunque no siempre se les aprecia cuando se debe, es decir, en vida. Afortunadamente, Rota no necesita de presentaciones, como tampoco las necesitan –sin salir de nuestro país, con independencia de que algunos que ya no estén con nosotros– William Layton, Zulema Katz, Jaroslaw Bielski y Socorro Anadón, Ángel Gutiérrez, Jorge Eines, Juan Pastor, Alicia Hermida, Félix Belencoso y Matilde Fluixá, por ejemplo. Cualquiera que sepa algo de teatro, debería saber quiénes fueron o quiénes son. Cualquiera que sepa algo de este terrible y precioso juego “lleno de ruido y de furia, que no significa nada” (William Shakespeare, claro está) sabe que, si Rota no ha querido dar demasiadas explicaciones sobre su trabajo en sus memorias, no es ciertamente porque no tenga nada que decir al respecto, sino porque, en última instancia, un autor o una profesora de actores es, sobre todo, el sitio de donde viene, la tierra que está bajo sus pies, llena de “desaparecidos, que quedan aquí, inmutables, perennes, jóvenes y hermosos en nuestro recuerdo”, como su querido Diego Botto, asesinado por los Videla y compañía.

Dice Gabino Diego que Cristina Rota era y es “una luchadora”, y añade que España está en deuda con ella. No puedo estar más de acuerdo con nuestro actor. Y tirando un poco de lo que comentaba antes sobre el carácter de Uta Hagen, debo citar una anécdota de la directora Aitana Galán –quien también fue alumna de la maestra argentina– que, en mi opinión, resume bien un factor esencial de la enseñanza: en determinado momento, casi imaginable al escuchar sus palabras, Rota declaró que “un profesor de interpretación es como un amante”, en el sentido de que “lo que le sirve a uno, no le sirve a otro”. En términos absolutos, hay propuestas mejores y peores; en términos relativos, la sensibilidad de cada persona es extraordinariamente relevante, y no hay didáctica que funcione si no se tiene eso en consideración. Parafraseando al Rafael Alberti de “Nocturno”, las palabras sirven para lo que sirven, e incluso no estando de por medio la destrucción de una nación entera a manos de un grupo de delincuentes, la realidad tiende a superarlas.

Quien busque en Una historia de teatro y resistencia lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer desde un punto de vista artístico, buscará en vano. Los hijos de la autora lo dejan claro al puntualizar en el prólogo que es un libro de “sueños, infancias, pobreza, riqueza, lucha, humor” y “amor”. Pero, sin ánimo de discutirles la afirmación, sin duda atinada, las respuestas aparecen a lo grande cada vez que menciona a Federico García Lorca y Antón Chéjov, de quien cito unas líneas que quizá sean útiles para todos (carta a Olga Knipper, 4 de octubre de 1899): “El arte, especialmente el teatro, es un reino al que no se puede acceder sin sufrir algún tropiezo. Aún te esperan muchos días de fracasos, temporadas enteras de fracasos. Las cosas saldrán terriblemente mal, sufrirás enormes decepciones; pero tienes que estar preparada para ello; tienes que contar con ello, mantenerte firme y seguir tu propio camino”. Sospecho que Rota diría lo mismo.