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Opinión - 'La encerrona perfecta', por Rosa María Artal

Cuando la tierra se abre

3 de julio de 2026 21:34 h

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Se llamaba Eve Babitz y se hizo famosa por convertir el pecado en costumbre. Con estas cosas, un día que iba conduciendo su Volkswagen escarabajo por Los Ángeles, tuvo la mala pata de que una cerilla fuese a caer sobre su vestido. Y ardió viva con un cigarro en la boca.

Fue en 1997 y las quemaduras la llevaron a encerrarse en sí misma, cayendo en una depresión que le hizo abandonar la escritura, aunque no la costumbre del pecado. Para quien no sepa todavía quién fue esta mujer, hay que decir que hubo un tiempo en que su presencia hizo brillar el movimiento hippie de California; nadie se pudo resistir a su magnetismo. Ni Zappa ni Dalí, a los que juntó en una cena lisérgica, ni tampoco Jim Morrison que fue su amante junto a un joven carpintero que vendía marihuana antes de montárselo como Indiana Jones. Porque en aquellos tiempos de porro y flores en el pubis, Harrison Ford se lo hacía con el serrucho y el canuto trompetero.

Random House ha publicado en castellano su testimonio de aquellos años, cuando Janis Joplin cantaba al Mercedes Benz y la Babitz diseñaba portadas para los discos de Buffalo Springfield. El libro se titula El otro Hollywood y viene traducido por Cruz Rodríguez Juiz. Lo leo bajo la sombra de una higuera que refresca el estío, a la tarde, mientras me asaltan funestas noticias. La catástrofe ocurrida en Venezuela, el terremoto que ha hecho temblar las terminales nerviosas de nuestra lengua, ahí donde Bolivar dejó dicho: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Bolivar lo soltó en 1812, tras el terremoto que devastó la Guaira. Un remezón de tierra que se volvió a repetir el otro día, cuando del sueño de Bolivar no quedan ni las cenizas. Ha sido prostituido y mil veces matado y rematado. Ya no quedan banderas de revolución en Venezuela, sino jirones de un sueño cubierto de polvo y estiércol.

En una de sus piezas testimoniales, Eve Babitz habla de temblores de tierra, del suelo abriéndose bajo sus pies y de aparatos de televisión bamboleándose como marionetas. Ella misma confiesa que, durante mucho tiempo, cuando niña, pisaba con pánico porque temía que la tierra la tragase. El miedo a un terremoto la llevó a pensar en Dios y en el mismísimo diablo, en ponerse a salvo con palabras mágicas; conjuros de origen antiguo como aquél que consiste en repetir la palabra “Yahlway” varias veces seguidas. Pero lo más importante para Eve Babitz era estar limpia de pecado para que, si la tierra la tragaba, la vomitase de nuevo, devolviéndola a su sitio, bajo el sol de California, con el viento de Santa Ana enredando sus cabellos mientras pensaba en la jugada de ajedrez perfecta; la misma que pondría en práctica años después, totalmente desnuda frente a Marcel Duchamp, quien tuvo que concentrarse en el tablero sin alzar la vista más allá de las piezas. Lo contrario era pecado. De esta manera, Duchamp pudo ganar la partida en tres movimientos.