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El ataque ilegal de Trump a Irán desata un caos de consecuencias imprevisibles
Irán no va a asistir a su propio funeral como un convidado de piedra tras el ataque
OPINIÓN | 'Faltamos nosotros', por Enric González

Un ataque ilegal, peligroso y probablemente inútil

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Es imposible comprender y valorar el ataque que fuerzas israelíes y estadounidenses han desencadenado en la mañana del sábado contra Irán sin tener en cuenta los antecedentes de la hostilidad de EEUU hacia el régimen teocrático y dictatorial de los ayatolás, que comenzó con el secuestro del personal de la embajada estadounidense el mismo año que accedieron al poder –1979–, y sobre todo la de Israel, para cuyos sucesivos gobiernos ha sido siembre la bestia negra, la cabeza e impulsor del eje de resistencia, la única oposición sólida que le queda en la región, el país que puede poner en peligro su existencia, y que ha declarado además que esa es su intención. El comienzo del proceso iraní de enriquecimiento de uranio, a mediados de los 80, hizo sonar todas las alarmas no solo en Israel, que ya tenía armas nucleares desde hacía casi 20 años, sino también en EEUU –su principal e incondicional valedor – y en Europa.

En 2015, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, más Alemania y la Unión Europea, firmaron un acuerdo con Irán, el Plan Integral de Acción Conjunto, por el que se limitaba y controlaba el programa nuclear iraní, que sus dirigentes reclamaban con fines pacíficos, a cambio del levantamiento de las sanciones que castigaban a Irán prácticamente desde el comienzo del régimen islamista. Pero en 2018, Donald Trump, entonces en su primer mandato como presidente de EEUU, se retiró unilateralmente del tratado, sin que hubiera ningún incumplimiento por parte de Teherán, solo por presiones de su amigo, entonces y ahora primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. Washington volvió a aplicar las sanciones, Irán volvió a enriquecer uranio, y Europa terminó por seguir la iniciativa de EEUU.

Podía haber sido el final de un problema, incluso el principio de una distensión. Pero no lo fue porque a Netanyahu nunca le ha parecido suficiente que Irán dejara de enriquecer uranio, no se fía, cree que la única garantía de seguridad para Israel es acabar con el régimen de los ayatolás, y por tanto rechaza cualquier acuerdo que le permita sobrevivir, aunque sea a cambio de paralizar su programa nuclear. Para neutralizar este último, lo único que necesita es que Washington le autorice a atacar las instalaciones nucleares iraníes siempre que lo considere oportuno, lo que con Trump en la presidencia tiene garantizado, como sucedió el pasado mes de junio, con la llamada guerra de los doce días, en la que también intervino la fuerza aérea de EEUU para destruir los objetivos que eran inaccesibles para Israel. Después de aquel ataque, Trump afirmó, con su habitual fanfarronería, que la capacidad nuclear iraní había quedado completamente destruida. Parece que ahora admite implícitamente que no fue así, o cree que han conseguido reconstruirla en seis meses, lo que desde luego sería una hazaña.

No obstante, en el segundo mandato de Trump –“el mejor amigo que he tenido en EEUU”, Netanyahu dixit– la amenaza ya no procede solamente del posible desarrollo de armas nucleares, algo que recuerda a las tristemente famosas armas de destrucción masiva de Sadam Hussein, sino también de los misiles iraníes, que, según Trump, podrían llegar a EEUU, pero cuyo alcance máximo es de 2.000 kilómetros, así que no llegarían ni a Europa occidental. Es difícil negar a Irán la posibilidad de tener misiles, como tantos países, si nunca los ha empleado para atacar a nadie, solo para responder a los ataques de Israel, como el que se produjo en junio, es decir para defenderse, pero eso no importa si hay fuerza para impedirlo, solo hay que presentar a Irán como agresor. Además, siempre según el presidente estadounidense, se trataría de atacar al “país más terrorista del mundo” Aunque sea verdad que el régimen de los ayatolás haya proveído y apoyado a grupos considerados terroristas en occidente, que hablen de terrorismo los autores o cómplices del asesinato de 20.000 niños en Gaza, los que asesinan y roban su tierra en Cisjordania a los palestinos, los que han matado en su casa a científicos o políticos sin más condena que la suya, los que han bombardeado un colegio infantil en el sur de Irán en el que han muerto al menos 53 niñas, es un cruel sarcasmo.

La única razón del ataque actual no tiene nada que ver con las armas nucleares ni con los misiles ni con el terrorismo, sino con tratar de aprovechar el impacto de la protesta de miles de ciudadanos iraníes que comenzó el 28 de diciembre, provocada por el grave deterioro de las condiciones de vida causado por las sanciones de EEUU y Europa –e instigada probablemente por agentes extranjeros–, y que fue reprimida duramente los días 8 y 9 de enero con una masacre que podría haber producido decenas de miles de muertos. El verdadero objetivo de la operación es acabar con el régimen de los ayatolás en Irán, permanente obsesión y objetivo de Netanyahu, pero eso no se puede conseguir con bombardeos desde el aire o el mar, por destructivos que sean, sería necesaria una invasión terrestre, que –además de requerir una preparación y concentración de fuerzas en la región que llevaría meses– comportaría muchas dificultades y riesgos, pues el ejército de Irán es muy numeroso y cuenta con algunas fuerzas bien preparadas, como la Guardia Revolucionaria. Por eso Trump y Netanyahu hacen continuos llamamientos a que el pueblo iraní se rebele aprovechando los bombardeos, y acabe con el régimen de los ayatolás desde dentro, pues esa sería la única forma viable de conseguirlo, aunque esto es muy improbable que suceda porque el ataque debilita las protestas y acrecienta la agresividad del gobierno.

Pretender que este ataque se produce para evitar que Irán desarrolle armas nucleares es insostenible. Hace 20 años que el ayatolá Jamenei publicó una fatua prohibiéndolo, y eso ha vinculado y vincula aún religiosamente a su Gobierno y a sus Fuerzas Armadas. En la segunda ronda actual de negociaciones para un nuevo acuerdo nuclear, el 17 de febrero en Ginebra, los negociadores iraníes anunciaron un entendimiento con EEUU, y los estadounidenses confirmaron progresos, a falta de concretar detalles. En la tercera, menos de 48 antes del ataque, Irán entregó una propuesta completa y detallada. El ministro de asuntos exteriores de Omán, Badr Albusaidi, que ha actuado como mediador, declaró el viernes en EEUU que se estaba a punto de alcanzar un acuerdo, que Irán había aceptado reducir a cero sus reservas de uranio altamente enriquecido, rebajar la concentración de sus reservas de uranio altamente enriquecido dentro del país y permitir el acceso total del Organismo Internacional de la Energía Atómica para su verificación, incluso acompañados de inspectores de armas estadounidenses. Según él, una nueva reunión programada para la semana próxima en Viena podría servir para firmar ya un acuerdo sobre los principios y comenzar enseguida su desarrollo

No ha sido, por tanto, la imposibilidad de llegar a un acuerdo con Irán, sino, por el contrario, la inminencia de que el acuerdo se produjera, o la imposibilidad de seguir rechazándolo ante las completas cesiones iraníes, lo que ha desatado el ataque. Las negociaciones se revelan así como un engaño, una coartada para justificar un ataque que llevaba planificándose y preparándose al menos desde hace un mes, cuando el grupo de ataque del portaaviones Abraham Lincoln se dirigió al Golfo Pérsico, seguido por el envío de aviones de todo tipo a las bases estadounidenses de la zona y. finalmente, del envío de otro grupo de ataque naval, el del portaaviones Gerald Ford, completando el mayor despliegue de EEUU en la zona desde la guerra de Irak

Si Trump llegó a considerar en algún momento la posibilidad de un acuerdo, lo que es más que dudoso a la luz de los despliegues militares, es evidente que han pesado más los deseos de Netanyahu, que es en la práctica quien dirige la política de EEUU en Oriente Próximo, y la presión interior de los lobbies judíos y de los evangelistas sionistas que han sido siempre sus apoyos políticos más fieles. Trump accedió por segunda vez a la Casa Blanca prometiendo que no emprendería ninguna guerra, pero cambió rápidamente de opinión, y ordenó bombardeos en Yemen, Siria, Irán –en junio–, Nigeria, Venezuela… Llegó a declarar que como no se le había otorgado el Nobel de la paz se sentía libre para lanzar operaciones militares, un argumento que da una idea de la catadura moral e intelectual del personaje. Ahora, en un momento en el que su aceptación política está derrumbándose entre los estadounidenses, incluyendo muchos republicanos, nada como una bonita guerra donde los héroes americanos se baten por la libertad (¿de quién?, no será de los iraníes cuyos derechos no han sido siquiera mencionados en las negociaciones), para volver a agrupar las mentes y los corazones detrás del comandante en jefe, y recuperar algo de su perdido carisma político.

El ataque ha producido la lógica respuesta de Irán, tal vez más masiva y violenta de lo que se preveía, atacando con sus misiles y drones Israel y las bases de EEUU en los países vecinos, Emiratos, Arabia Saudí, Kuwait, Catar, aunque con pocos daños por la cúpula de hierro israelí y los sistemas antimisiles estadounidenses. Pero Irán tiene otras armas, como cerrar el estrecho de Ormuz y provocar una crisis mundial de petróleo –aunque también les afectaría a ellos–, incluso incrementar sus ataques a instalaciones de otros países árabes, y movilizar a sus milicias afines en la región, empezando por los hutíes de Yemen que podrían cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb y bloquear el mar Rojo y el estrecho de Suez. Y puede que las utilice si el ataque dura varios días, como parece probable, y se enfrentan a una situación desesperada, con lo que la crisis se expandiría y amenazaría no solo la seguridad de la región, sino la de todo el mundo. Esos son los riesgos de acercar imprudentemente una cerilla a un barril de pólvora

La reacción europea, como ante el genocidio en Gaza o el ataque a Venezuela, ha sido débil, decepcionante, e indulgente con el agresor. La Alta Representante, Kaja Kallas dice que la situación es peligrosa, pero le echa la culpa al agredido, Irán –que no había atacado a nadie–, porque es un régimen represivo y criminal, como si esa fuera la razón de la agresión, o con el ataque fuera a dejar de serlo. Habla de vías diplomáticas, pero ni siquiera pide que se detengan los ataques ni, por supuesto, los condena. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, muestra su preocupación, pide moderación a “todas las partes” (¿los atacados deben moderar su defensa?), pero tampoco menciona a Trump ni condena la agresión que al parecer debe haberse producido por generación espontánea. Antonio Costa y otros dirigentes europeos piden que acaben cuanto antes “los combates”. No tienen vergüenza. ¿Cómo se puede condenar la agresión a Ucrania y mostrar equidistancia, cuando no aceptación, ante la de Irán? ¿No son ambas una flagrante violación de la legalidad internacional?

El régimen represivo y brutal de los ayatolás en Irán es absolutamente condenable, y ojalá desapareciera en favor de otro democrático. Pero ni las sanciones ni los ataques mejoran los derechos y libertades de los iraníes, al contrario, caen sobre ellos, causan más miseria y muerte, y endurecen aún más al régimen. Pero es que la presión militar y económica sobre Teherán no se hace para implantar allí un régimen que respete los derechos humanos, sino uno que no sea una amenaza para Israel. Si cumple esa condición, no habrá ningún problema con que cuelguen de las grúas a homosexuales o disidentes, como no lo hay con los centeneres de ejecuciones en Arabia Saudí, que tampoco es una democracia

El ataque a un país soberano sin mediar agresión por su parte o resolución del Consejo de Seguridad es ilegítimo e ilegal según el derecho internacional y la Carta de Naciones Unidas. Pero la realidad es que en estos tiempos Trump puede hacer lo que quiera, como quiera, donde quiera. Y lo hace, ante la pasividad de China –que no quiere líos que le desvíen de su programa, a pesar de necesitar el petróleo iraní–, la impotencia de Rusia –que bastante tiene con Ucrania–, y la vergonzosa tolerancia europea. Si este tipo de acciones se aceptan sin reaccionar, todas las normas internacionales saltan por los aires, sustituidas por la ley del más fuerte. Cualquier país puede arrogarse el derecho de atacar a otro solo porque su régimen no le guste o le parezca amenazador, con lo que se pueden multiplicar las guerras. Y eso, considerando el número y diseminación de las armas nucleares, puede llevar al mundo a estallar en mil pedazos. ¿Podrían al menos los dirigentes europeos, aún indiferentes a la legalidad, considerar ese riesgo y oponerse frontalmente a este tipo de acciones unilaterales?