La lentitud
La naturaleza no se apresura, aun cuando todo está cumplido. Lao Tzu. Los estadounidenses necesitan descansar, pero no lo saben. Bertrand Russell.
Vamos hacia el canto del herrerillo, como hacia tantas cosas de la misma manera. Nunca llegaremos, el canto del herrerillo se va trasladando según nos acercamos; ahora vuelvo hacia ese canto que sale de las zarzas, no basta el sigilo. Me digo “quédate quieto y comienza a cantar un Elyon”. El milagro sería que el tiit-tiit-tutu del herrerillo marcara el ritmo lento del Elyon. Al celebrar el mundo sobreviene a la vez el dolor y la alegría. La presencia que se desvanece si se le acosa.
Ishikawa Takuboku: primero tendría que recordar este nombre. No basta para esto la repetición, a través de algo relacionado lo recordaré en un futuro antes de que el nombre desaparezca de uno para siempre. Siempre recuerdo su poema: “Ante las montañas de mi tierra natal me quedo sin habla”.
La imagen de un anciano desdentado chupando paloduz o ¿raíz de regaliz? Al final su memoria es el rizoma de su vastedad, la raíz dulce de sus ojos, y para los locos de la Glycyrrhiza glabra de los domingos chupar la raíz dulce del mundo. Ese era el sabor de su vasta memoria.
Espera siempre aquí, en este lugar donde ni siquiera hay un cruce de caminos, un gran árbol o un hito de piedra, y por eso espera al 'otro' aquí donde no hay nada, y tarda, tarda tanto que la paciencia es un cultivo de secano, lentísimo se ahonda en la búsqueda
Ya no existe ese mundo, por eso allí hace más frío o más calor, ya no existe, y como si hubiera habido un último día, el último día de ese mundo, y ese día siguiese todavía aquí, entre nosotros, dejándose notar en las cosas y en el paisaje. Por la noche los fantasmas se van llevando las piedras un poco más allá, lo más lejos posible.
Aquellos viejos jóvenes, en algunos casos regresan después de muchos años a su pequeña ciudad del centro a morir. 'Manne'. ¿Qué es esto?
Volver a lo antiguo para ser nuevo, más radical todavía, ser antiguo desde el inicio.
Epitattei ten siopen, ordenaba el silencio, a partir de ahí la escucha.
A primeros de mayo solía comerse un ramo de muguetes. Bajo ciertos síntomas de alucinación cantaba la internacional en su versión francesa. Llegaba al negro a través de su ramo de muguetes. En ese negro, digamos el señor de los negros, si te fijas bien, si te detienes mucho tiempo en ese negro, señor del color negro, verás allí, por ejemplo, la nube de tinta de calamar que oculta ¿el sol de las diez de la mañana de ese día de mayo? Más a la derecha, hacia el allí del 'no lugar' un espacio de negro carbón azulándose, y brillos verdes imperceptibles. Justo en el centro de ese negro de hullas se celebra una fiesta de locos. La rave oscura ¿los oyes? Yo los oigo, óyelo. Música de rave pone en el subtítulo. De nuevo una versión electrónica de la Internacional en su versión china. En el centro, más lejos, el negro humo, desde el que pronto atendemos a un bosque de huesos -Ivory-. Los suelos son de negro verde perileno: ¿Hierba verde del olvido, y que pronto se vuelve azul? Nunca se seca, nunca va hacia el amarillo, y en el bosque de Ivory el cielo tiende gracias al humo de las raíces a un negro de viña; en ese negro azul oscuro el aire ligero de aves no acostumbradas a esas alturas oscuras, y en el puño la brea, el betún en el que se ahoga el último danzante en el campo de muguetes.
Tardaste tanto en llegar a aquí, a pesar de ir rápido, a la velocidad de ti mismo, a pesar de todo, de ti mismo y de tu cansancio, y de alguno que te seguían, intentando en vano mantener siempre la misma distancia
Todo ha existido ya. ¿Pero cuántas cosas se han quedado en camino sin llegar a ser? Se le arrancó a la naturaleza su capacidad de originar 'algo' nuevo, una flor, o una especie nueva y original. Ahora se engendra por visión y de palabra. No se acaba de morir del todo la muerte.
Cuidado con el silencio de muchos días, el silencio a débito. En el comienzas a escuchar el humo o la nube. Si el aire no tiene en que rozar o chocar, ni tú en que amar o decir. “Siempre que uno trata de suprimir la duda, hay tiranía”, Simone Weil. Se suple de todo, suplir es la palabra que él estira hasta que se rompe, de ahí surge otra palabra que significa 'no estás nunca'. Están en silencio las sillas.
Espera siempre aquí, en este lugar donde ni siquiera hay un cruce de caminos, un gran árbol o un hito de piedra, y por eso espera al 'otro' aquí donde no hay nada, y tarda, tarda tanto que la paciencia es un cultivo de secano, lentísimo se ahonda en la búsqueda. Así espera al 'otro'. Cuando el 'otro' pase él ya puede seguir. Pero en estos lugares sin nombre, durante algunos días seguidos, ninguna presencia o encuentro con el “otro”, y de darse, al principio el temor, pero el temor ¿a qué? ¿Un temor mutuo al encuentro? Aumenta la extrañeza. Él mismo la siente hasta el paroxismo, hasta que de alguna manera desaparece el temor a uno mismo. Quería erradicarlo, y si por esa casualidad apareciera el 'otro' al encuentro, para no asustarlo ni asustarse él, levantaría el brazo a los lejos a modo de saludo. Elevar los gestos de bienvenida. El cruce, un cruce, sin temor, y un adiós, o un hasta luego.
El espacio seguía ahí, inalterable, acabado para siempre, en su monogamia perfecta con el cielo y lo celeste
Limícolas menudeando en los esteros de sal inundados, en la luz fuerte del mediodía. Volátiles son flechas de aire.
A través de él me llega un poema brevísimo de Irmhild Gebhardt: “En la puerta la despedida de los hechos no nacidos, pero en las raíces brasas ardientes” y él insinúa que prefiere umbral a puerta. Me aprendo el poema, aprendo de nuevo a memorizar, y me llevo entonces el poema de viaje, pesa muy poco. Cada vez que lo recite en voz baja en el allí pesaré poco, seré de paso por esos lugares. Antes de salir por el umbral hay que elegir lo que llevaremos; elegir entre esto y lo otro. Elegir conlleva ahora sacrificio. Se llena de aire el corazón. ¿Y qué me llevo? No elijo nada finalmente. Voy desprovisto, llevo solo una ventana, llevo un invierno detrás, y llevo el poema de Irmhild Gebhardt. Pesa su nombre, pero no su poema. Umbral.
'Nadie'. Tardaste tanto en llegar a aquí, a pesar de ir rápido, a la velocidad de ti mismo, a pesar de todo, de ti mismo y de tu cansancio, y de alguno que te seguían, intentando en vano mantener siempre la misma distancia. Ellos tenían sin remedio que acelerar o frenar tanto como para que tú no desaparecieras de su vista, o terminar chocando contigo en los latigazos de ser. De haber ido encordados los habrían arrastrado, demasiado peso, como en las conjuras o en los divorcios. ¿Y por qué tardaste tanto si de niño quisiste ser bombero en vez de policía? ¿Por qué tanta tardanza si parecía un corto viaje? Está aquí este paisaje, o los paisajes, en esos espacios ya vacíos donde el lenguaje aprecia la ingravidez hasta quedarse sin peso. El espacio seguía ahí, inalterable, acabado para siempre, en su monogamia perfecta con el cielo y lo celeste. Incluso las rocas resquebrajadas de los berrocales, al salir a caminar cada día con la fresca, a una hora en la que el sol todavía no mata, en el conjunto del batolito, se habían producido mucho antes, demasiado, y como no existía el lenguaje en esos espacios te volvías loco, y la luz te enojaba. Todo aquí es más viejo que tú, y la tierra quemada, después de una lluvia incierta huele a ropa recién lavada, huele a niño muerto, huele, no deja de oler a mundo, y entonces te llegaban de nuevo algunas frases del maestro, de tu fiel maestro: “El bote que jamás se hunde, maldad” y por ahí van criaturas de un solo ojo, y avanzan rodando. Nadie.
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