Un campo de habas
La primavera es “resurrección”, anástasis. Si te levantas te irás, pero no resucitas, solo te levantas y te vas por ahí. Lo muerto no resucita, solo lo que se nutrió de esa cantidad ingente de pequeñas muertes bajo el gran bostezo azul del cielo del invierno. Renace lo vivo que estaba dormido. Entonces despierta, despiértate, levántate y ve por ahí.
¿Cuántos fuegos, cuántos soles, cuántas auroras, cuántas aguas? No lo digo por desafiaros, oh Padres. Lo digo por saber, oh poetas. Rgueda, 10,88,18.
¿Qué te aliena ahora? ¿Cuál es la tuya? No me digas que los viejos caminos polvorientos de Velada. No me digas que tú mismo. Sientes el fiasco, tu propio fiasco, Hay yendo hacia allí palabras con costra, alrededor de ellas se pega el fiasco. ¿Recuerdas la última vez que hablamos de la libertad? La llamábamos “Le grand concept”. Sabíamos que había perdido el gran significado; ya no hemos vuelto a hablar más de ello. Se había vuelto indefinible, o más pura que nunca, y por eso exigía otro nombre, y eso buscábamos, esa otra palabra nueva.
El sol por la raña de Amenes, y aquí un Rulfo del frío. Por una pequeña ventana que sirve de boca, atizando una lumbre dormida, y entonces me acordé de que “no tenía ganas de nada, solo de vivir”.
Entre Knut Hamsun y la célula de oro de Sharon Olds la vieja, esos senderos que la maleza oculta, una pequeña historia que nunca se acaba. Se teje, nunca se deja de tejer esa inacabable colcha negra que terminará cubriendo este paisaje viejo. Uno llegó a imaginar una nevada al principio de la primavera; comenzaría tal día y ya no dejaría de caer nieve nunca más. Yo no puedo llegar a imaginar que suceda tal cosa.
Para explicar o decir esto te ayudas de lo otro; deja que el otro lo diga y lo escriba por ti, aunque tú lo hayas oído y visto primero
Las malas noticias llegan rápido. También aquí, al lugar de Mogadouro. Las buenas llegan más despacio, llevan tu ritmo mientras vas despacio bajando montes pelados hacia los lugares de Peva, Leomil y Mido: las llevas tú y las repartes entre personas de ojos de cielo verde.
Para explicar o decir esto te ayudas de lo otro; deja que el otro lo diga y lo escriba por ti, aunque tú lo hayas oído y visto primero. El otro puede hacerlo porque le has donado tu silencio.
Entre Bacoco y Alcarneo. Han cambiado mucho los nombres, son más pastosos y breves, y a la vez más fáciles de recordar. La lluvia de los días pasado me detuvo en los lugares de Mayorga. Hay un abrigo rocoso; dan ganas de hacer dibujos esquemáticos en la pared de roca; raspas de peces, perros y cerdos. Las aves hay que pintarlas con líneas sutiles, es época de firmas.
Todo lugar ya ha tenido un último día. Este ya lo tuvo hace mucho. El último día a la espera del primer día. Tú y yo, ellos también, sienten la dicha de ese último día mientras llega el primer día. Ese no tiempo del lugar daría para toda una vida.
Once de marzo de dos mil veintiséis. De haber nacido hace setenta años, tal día como hoy, día de la siesta y de los bomberos municipales, pero también del riñón y de la ansiedad podrían haberte llamado Sofronio, y de ser mujer Áurea, pero entre Ramiro, Eulogio y Entimio ¿cuál? Siempre gana Áurea de Villavelayo. Once de marzo. Gana Áurea de Villavelayo, dorada mediocridad hacia el ahora. Entremos en ese reino nocturno en el que debo buscar a simple vista la super gigante azul, a la Ícaro.
El mundo se hacía leve gracias a que se podía compartir con las cosas su propia gravedad. Ahí también estaba el otro, al que se le podía abrazar y tocar
Me gustaba que aquello y lo otro pesara, que su peso fuera real, el peso real de las cosas, y no luchar porque fueran más leves y ligeras. Así me ponía a tocar casi todo lo que me rodeaba, tocando las cosas sentía su peso verdadero; con el tacto y la mirada se establecía con la materia una relación de ligereza y de levedad. El mundo se hacía leve gracias a que se podía compartir con las cosas su propia gravedad. Ahí también estaba el otro, al que se le podía abrazar y tocar. Estábamos en el “no lugar”. Hay un amor por las montañas que no entendemos, y gracias a que no lo entendemos, estas nos ayudan a liberar lenguaje. Libéralo todo, deja que se escape de ti.
El tiempo aquí no avanza linealmente gastando los días, vaciándolos y restándolos en “un-uno-detrás-de-otro”. Avanza girando retrógradamente barriendo lo que va dejando en favor de tu memoria. Lugar de Jola.
El “no lugar” es este lugar, el de hoy, pero también lo era el de ayer. Para ti no hay límites claros, fronteras o líneas imaginarias. Pero de alguna manera, y solo para ti mismo, entre ayer y hoy has cruzado por algún lado real a este lugar de hoy; posiblemente en un ligero descenso hacia el Tietar, y una vez atravesado el curso de agua por una hilera de piedras en el vado de Lanzahita te hayas adentrado en este lugar de hoy. ¿Te encontraste a muchos? No, apenas a unos pocos a los que tu marcha les parecía extraña y perezosa. Los caminos antiguos estaban pensados para la cercanía, pero allí donde acababa uno comenzaba otro. De un camino salía otro, nunca se acababan los caminos; era como un infinito árbol tumbado. Se pasaba muy cerca de muchos lugares, iban al lado de todo. El sentido de los caminos era el de sus ramificaciones.
En este parón de muchos días en el lugar de Nisa, un lugar al que nunca hubiera llegado sin la apertura del milagro, de un milagro; sin ese milagro en concreto, que es el milagro en sí mismo. Aquí, en este lugar de Piedraescrita, he tenido mucho tiempo para la ligereza y el estar de más. Ese era el milagro. En la lista de caminos que iba escribiendo les cambiaba el nombre. Deseaba haberme perdido más, haber estado del todo perdido.
Pasó el tiempo y no ocurrió nada más. Eso es bueno me decía aquel “nadie” del “no-lugar”. Que pase el tiempo y no ocurra nada de lo que tengamos que hacernos eco aquí. “Oréade enamorada de Narciso” quedó finalmente sorda para no oír siempre la última palabra que pronunciaba. Se oía solo a sí misma. Es lo terrible de estos tiempos atravesados por el hierro de la ideología. Cada uno se oye solo a sí mismo. Es un mundo de sordos.
No me obligué, me quedé quieto muchas horas en un cobertizo, en un lugar lleno de apriscos abandonados
Ahora no estaba de acuerdo conmigo, o este tú al que llamo “Sisetu” o si-se-tú, por deformación del Shisetsu del aire, y por eso obligado a ir por ese camino ya olvidado por todos, perdiéndose de Sardón a Villarmuerto, bajo una lluvia de locos. No me obligué, me quedé quieto muchas horas en un cobertizo, en un lugar lleno de apriscos abandonados. Si, “si-se-tú”, así uno se entrama más. Abadengo, un día de marzo de este año.
Estos textos son para mí, los anoto para mí, después no tiendo a leerlos. “Los pequeños textos de uno”. Después, siempre, pasado un tiempo caen en manos de alguien: “No hay una estrella llamada Mira”. Estos textos, en un cuaderno más pequeño de lo que acostumbro, de bolsillo, se puede llevar de manera fácil en la chaqueta de tweed, y donde mi caligrafía, generosa en tamaño y expansiva debe adaptarse al minifundio de las pequeñas hojas. Caligrafía de hormiga, textos cortísimos donde ni siquiera cabe la reflexión, solo la mirada larga, que en el “no lugar” no se estrella con nada, simplemente colapsa en las aberturas de estas rañas lunares. Miro allí durante largo tiempo, lo que escribo viene de “allí”, por ejemplo “Tengo una tubería por la que se me escapan palabras prudentes. Soy un grifo que gotea, uno, dos, tres, cuatro”. Pero aquí, bajo el cielo de Acha ¿no hay una estrella que se llama Mira?
¿Por qué pudiendo ir hacia allí de manera natural, sin esfuerzo apenas, la mayoría se dirige hacia aquí, con mucho esfuerzo, a este aquí desnaturalizado, tan cercano y empobrecido por nosotros mismos? Oí a Julien que los abandonados a su suerte, que conoce toda gran escuela, una media docena de hombre especiales dejan pronto los Altos estudios.
He aquí ese paisaje sin edad, en el que nada, visiblemente ha cambiado desde hace miles de años, y no había nadie en el paisaje todo color de pan tostado.
Este camino de la Jayona te lleva más lejos que el de Montesclaros. Por ahí se van quedando los amigos. A. ardió tras L. Antiguamente hubo muchos que murieron durante el viaje.
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