El Tajo enfermo
Yo me bañaba de chico, y jovencillo, en las concurridas playas de Safont, situadas a lo largo de las orillas siniestras del río, cerca de la estación de trenes. Los muchos metros que las acogían estaban llenas de merenderos ('gangos' llamados en Toledo, y en Aranjuez).
En los veranos, algunos jóvenes desocupados, negros como el tizón, poco se despegaban de los gangos. Eso sí, eran unos excelentes nadadores, salvando la vida de algunos turistas, mayormente ‘guiris’, que, incautos, se atrevían a flotar, empleando unas endebles balsas de plástico, rodeados de los peligrosos remolinos originados por la corriente. Los domingos por las mañanas, esos atestados terrenos que miraban, sobre todo, al Alcázar y al Puente de Alcántara, cierto que estaban a tope de gente, en especial perteneciente a las clases populares de Toledo.
En el año 1972 se prohibió el baño en el Tajo. Sobre la impetuosa corriente fluvial, flotaban sospechosos y antiestéticos montones de espuma, prueba de que el cauce corría degradado por los desechos producidos por las fábricas río arriba. Yo me bañé una única vez estando ya prohibido el baño en un Safont completamente desierto. Lo hice en compañía de un compañero de trabajo, Isabelo Herreros, padre del ensayista del mismo nombre que fue político izquierdista, con una gran vocación republicana, autor de muchos textos que indagan desde el emblemático personaje republicano Manuel Azaña hasta libros sobre la comida propia de la época de la República. Este compañero era asimismo tío de la afamada periodista Esther Esteban Herreros, prima del mencionado escritor.
Pocos años más tarde se autorizó el trasvase Tajo-Segura, derivando hasta un 70 por ciento de agua desde la cabecera, originando una preocupante rebaja del caudal que atraviesa la ciudad legendaria. Y al comienzo de la década de los años 80, cundió una alarma para reivindicar el río a su paso por la Ciudad Imperial.
La sociedad sintió la pérdida de ese grato espacio que ofrecía el baño en el Tajo. Se protestó pudiéndose ver pintadas como ésta: “Goma 2 contra el trasvase”, que se podía leer, por ejemplo, en la tapia del Museo del Greco. El Tajo recibía las aguas residuales de Madrid a través del Jarama, contaminándolo por completo. Hubo activos movimientos que se organizaron expresando la denuncia del maltrato que sufría el río. El penoso aspecto del Tajo persiste en la actualidad.
Por ese tiempo se publicó un libro escrito por Fernando Martínez Gil, que luego devendría historiador, profesor universitario y acreditado novelista. Toledano de pura cepa, es hijo del sobresaliente autor teatral Antonio Martínez Ballesteros, nombre sobresaliente en la historia de la dramaturgia española. De su obra, muy profusa, se ocuparon diversos especialistas, como Klaus Pörtl, Georges Wellwarth, Ángel Berenguer, José Monleón, Isabelle Reck, etc.
Fue muy conocido en los años sesenta y setenta del siglo pasado, encajándosele en el llamado teatro simbolista o experimental, junto a otros autores también célebres, como es el caso de José Ruibal o Luis Riaza, entre otros. Una obra suya muy resonante fue ‘Farsas contemporáneas: cuatro piezas breves para un solo programa’, por la que cosechó el Premio Guipúzcoa y que se pasó por televisión interpretada por el grupo Pigmalión, que él dirigía. Su hijo Fernando tiene un hermano que es un acreditado musicólogo, Carlos Martínez Gil.
El libro en cuestión se titula ‘El río de los castores’, y aunque lo puede leer todo tipo de público, fue Premio Nacional de Literatura Infantil. Su argumento está claramente inspirado por la degradación del Tajo y la intención se sanar al río enfermo. La historia se basa en que uno de los castores que pueblan el Gran Hermano (el río) tan ricamente, construyendo sus diques y contribuyendo a la perfección en una labor sumamente ecológica, al notar que el Tajo está aquejado por un mal, decide subir río arriba para averiguar el origen de la dolencia. El pequeño Moi, que así se llama el castor, emprende una larga distancia para rematar el fin de persigue. Atraviesa el bosque conversando con seres naturales (árboles, flores, animales) que le dan la razón, unos, y otros se la quitan. Pasa por pantanos y por tierras áridas, acercándose al hombre, peligroso, Ma, estando de él cada vez más cerca. Ma es el origen de la decadencia del querido río.
En la etapa final de su recorrido, se alía con el gato Ras, quien le descubre las nefastas causas que el hombre ha provocado. Un gran chorro de líquido grandemente contaminado es la evidencia del desastre. Moi vuelve a su lugar de origen. En el relato, el castor se convierte en una pequeña y milagrosa roca que redime la hasta entonces quejosa corriente, engrandeciendo, con esta secuencia, sustanciosamente el relato.
La conducta, tan justa, de la Naturaleza es el proceso de toda salvación. Conviene releer este libro en los momentos presentes, como yo he hecho, confrontando esas maldades actuales consistentes en la negación del cambio climático que si no se remedia, acarreará fatales e irremediables desgracias. Que así no sea.
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