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CV Opinión cintillo

Prioridad nacional o democracia: la línea que España no debería cruzar

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El Partido Popular de la Comunitat Valenciana tiene enfrente una decisión clara: no asumir sin más el discurso de la “prioridad nacional” ni dejarle ese terreno a Vox. No es solo un tema de estrategia política; en el fondo, se trata de elegir desde dónde se hace política: desde convicciones propias o dejándose arrastrar por relatos simples que, aunque suenen contundentes, reducen problemas complejos a eslóganes. Porque cuando compras ese lenguaje, también te haces cargo de lo que implica.

Hay ideas que, aunque no estén bien definidas en términos legales, tienen mucho peso en el debate público. “Prioridad nacional” es una de ellas. No forma parte como tal del marco jurídico español, pero cada vez aparece más en la conversación política. Y como pasa con otras expresiones aparentemente neutras, su fuerza está menos en lo que dice literalmente y más en lo que deja entrever.

En esencia, propone algo sencillo: que los recursos, derechos o servicios se asignen primero a quienes ellos consideran “de aquí” frente a quienes no. El problema es que, cuando se aplica a la migración, deja de ser una idea inocente. En la práctica, introduce una jerarquía basada en el origen de las personas, y eso choca directamente con principios básicos del Estado de derecho, como la igualdad ante la ley.

España no es ajena a este giro. En los últimos años, la migración ha pasado de entenderse como un fenómeno estructural, ligado al empleo, la demografía o las relaciones internacionales, a convertirse en un terreno cargado de simbolismo político. Se ha simplificado hasta el punto de presentarla como una amenaza difusa: inseguridad, saturación de servicios públicos, pérdida de identidad. En ese contexto, la “prioridad nacional” aparece como una respuesta rápida, casi automática: proteger “lo nuestro”.

Pero ese planteamiento tiene varias aristas. La primera es económica. España necesita la migración, no como consigna, sino como realidad. Sectores como la agricultura, los cuidados, la construcción o la hostelería dependen en gran medida de trabajadores extranjeros. Apostar por excluir o priorizar de forma rígida no solo es injusto, también resulta poco práctico. Es como pegarse un tiro en el pie mientras se promete estabilidad.

La segunda es jurídica. La Constitución no establece ciudadanos de primera y de segunda en lo que respecta a derechos fundamentales. Es cierto que la situación legal de las personas extranjeras tiene matices, pero el principio de igualdad y la prohibición de discriminación marcan límites claros. Llevar la “prioridad nacional” a la práctica implicaría forzar ese marco, si no directamente vulnerarlo, con el consiguiente riesgo de conflictos legales continuos.

La tercera, y quizá la más delicada, es social. Dividir entre un “nosotros” que hay que proteger y un “ellos” que queda fuera genera tensiones profundas. No solo afecta a quienes llegan, sino también a quienes ya forman parte de la sociedad. Porque esa frontera entre “los de dentro” y “los de fuera” nunca es fija: hoy puede señalar a los migrantes, mañana a quienes se han nacionalizado, pasado a cualquier colectivo que encaje en la categoría de “diferente”. Europa ya ha vivido dinámicas así y sus consecuencias no son un misterio.

Además, este tipo de enfoque tiende a desviar la atención. Es más sencillo culpar al migrante que entrar de lleno en problemas estructurales como la precariedad laboral, las carencias en los servicios públicos o la falta de planificación. Se construye un culpable claro, mientras lo importante sigue sin resolverse.

Esto no significa negar que la migración plantee retos. Los hay, y son reales: gestión de fronteras, sistemas de acogida exigidos al límite, integración, coordinación a nivel europeo. Pero responder con mensajes simplistas no ayuda; al contrario, complica más las cosas. Las políticas públicas necesitan análisis serios y soluciones que se sostengan en el tiempo, no respuestas impulsivas basadas en identidades.

Hablar de migración exige, antes que nada, honestidad. Y esa honestidad pasa por asumir que la división entre “ellos” y “nosotros” ya no describe la realidad. España es, y seguirá siendo, una sociedad diversa. La cuestión no es si aceptar eso o no, sino cómo gestionarlo de manera justa, eficaz y coherente con los valores democráticos.

Al final, más allá de etiquetas como migrante, nacional o extranjero, hay personas. Y ese debería ser el punto de partida. Ni el origen, ni la cultura ni la religión pueden servir para establecer jerarquías en una democracia que aspire a ser sólida. La calidad de un gobierno no se mide por a quién deja fuera, sino por cómo protege la dignidad de todos. Apostar por la persona no es ingenuidad; es, en realidad, lo que ha permitido construir sociedades más justas. Todo lo demás, por mucho que se presente como “prioridad”, acaba siendo una renuncia.

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