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CV Opinión cintillo

El mal del relato

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En nuestra colaboración del pasado mes expusimos cómo el odio conduce al enfrentamiento violento, utilizando cuantos medios tiene a su alcance para conseguir sus fines: legitimar el conflicto y que la ciudadanía poco alertada perciba al adversario como una amenaza, como al enemigo a batir.

Y el medio infalible es el relato manipulado. El que pretende moldear la opinión pública.

Vayamos por partes.

El término “relato” procede de la literatura.

Un relato es una narración breve en la que se cuentan uno o varios hechos, reales o ficticios, de forma organizada.

Alguien (narrador) narra hechos en un lugar y momento determinados. La estructura plantea el escenario, el conflicto escala en una atmósfera que envuelve los hechos y ayuda a la transmisión de la emoción perseguida, para finalmente resolver el conflicto.

Esto en términos generales, pero vamos a encuadrar el tema en la construcción de un relato mediático. Un proceso estratégico con objetivo manipulador es moldear la percepción pública, conformar opiniones en una estructura de lucha (héroes vs. villanos) y afianzar identidades grupales.

Últimamente está muy de moda hablar de “relato” entre los políticos. Cuando les da por repetir algo como loros no tienen medida.

Así pues, estamos frente a lo que se denomina “relato político”, una narrativa estratégica que pretende movilizar emociones con el fin de ganar apoyos.

El problema es que dichos relatos simplifican la realidad de forma engañosa, presentándola sin matices, priorizando lo emocional sobre lo racional y (re)construyendo la realidad en vistas a convencer y desacreditar al adversario político. Tanto es así que se ha creado el término “relatocracia”, una nueva forma de hacer política para hacer creíble lo que se pretende meter con calzador. Da igual que se distorsionen los hechos, lo único importante es eliminar, fulminar al oponente y obtener el pretendido beneficio. ¿Informar? No, ¿para qué? Eso no sirve, ahora se conduce, se dirige el criterio del destinatario del relato arrimando el ascua a la sardina del emisor. Y como ya no hay tiempo para informarse mucho, se prefiere comunicar eficazmente y de forma partidista.

Y ante esa relatocracia, ¿la ciudadanía es capaz de distinguir la verdad de la falsedad o de la información engañosa?

El primer escollo es que la sociedad se encuentra cada vez más radicalizada, poco interesada en otros argumentos que no sean los que ya se ha apropiado en su propia burbuja ideológica, “mi verdad”. La realidad se relativiza cada vez más y esto es el caldo de cultivo de la manipulación. 

El precedente en este ardid político es la “posverdad” o “verdad emotiva”, distorsión deliberada de la realidad, fenómeno en el que los hechos objetivos tienen menos peso en la opinión pública que las emociones y las creencias personales, y que implica distorsión deliberada de la realidad para manipular las actitudes sociales. Eso sí, con apariencia de verdad porque es más importante que lo que se dice parezca verdad – o por lo menos verosímil - que la verdad en sí misma. Es decir que es afecta a la mentira y a la manipulación.

Este fenómeno de política posfactual funciona priorizando las narrativas sentimentales sobre la realidad y utilizando noticias falsas, priorizando la propaganda y el populismo (que busca soluciones simplistas a problemas complejos) sobre la evidencia y entremezclando verdad y falsedad para hacer más creíble el mensaje engañoso. Así surgen los discursos populistas que manipulan datos, los discursos negacionistas que se basan en creencias y no en consensos científicos, todo ello difundido viralmente en redes.

Y cuáles son las técnicas utilizadas para conseguir tales fines:

-plantear un problema y ofrecer una solución simplista que justifica medidas que, de otro modo, no serían aceptadas, la técnica problema-reacción-solución; el problema unificador adornado con microargumentos de consumo rápido y oposiciones binarias (opuestas) que facilitan la toma de postura

-aplicar decisiones impopulares gradualmente, a cuentagotas,  para evitar la frontalidad

-fomentar la falta de capacidad crítica activando las emociones y teniendo en cuenta que se acepta más fácilmente la información que encaja con las creencias previamente abonadas

-desviar la atención de los problemas importantes mediante informaciones insignificantes, la conocida estrategia de distracción

-excluir datos relevantes, presentando una versión imbuida de parcialidad

-enfatizar los datos que convienen al relato interesado

-repetir el mismo relato hasta hacerlo viral

En síntesis: distorsionar y simplificar la realidad reforzando creencias previas inexactas.

¿A qué tipologías de relatos mediáticos nos enfrentamos?

Citemos a modo de ejemplos:

-el rudimentario bueno/malo, incluso el héroe/villano (izquierda / derecha política)

-la alarma “del fin del mundo”, la ola imparable (cf. la pandemia de COVID-19)

-el “genio de la lámpara”, empresario de éxito que supera todos los obstáculos (cf. Elon Musk)

-el reduccionismo de los graves problemas (cf. negacionismo del cambio climático)

-el debate identitario (migración; nacionalismos, como el catalán: autodeterminación vs. desafío ilegal)

Frente a este peligroso sistema de “lavado de cerebro” bajo la apariencia de discurso político-social ¿qué se puede hacer?

En primer lugar, una adecuada alfabetización mediática fomentando la capacidad de la ciudadanía de evaluar críticamente una narrativa parcial e interesada con el fin de que pueda interpretar libremente la información. Ello implica entender el relato mediático, el framing, el marco interpretativo: qué nos cuentan, por qué, qué se omite, qué lenguaje se usa y quien lo usa, qué emociones se intenta reactivar. Cómo se estructuran los procesos mentales, las creencias, las percepciones, en relación con el lenguaje y cómo esos procesos pueden ser manipulados.

Comprender que la desconfianza y el miedo manipulados reactivan las emociones básicas, como los conflictos identitarios, la percepción de amenazas y los prejuicios sociales.

Porque el peligro no es la mentira burda sino el encuadre selectivo que polariza y simplifica los problemas y las situaciones sociales.

A fin de cuentas, ¿cómo quieren hacernos tragar eso que tiene tan mal sabor?

Los que tenemos algunos añitos ¿cómo olvidar el clásico de Mary Poppins?

“Con un poco de azúcar esa píldora que os dan pasará mejor…”.

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