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Vacío en la política valenciana

Pedro Sánchez y Juanfran Pérez Llorca, en un encuentro en la Moncloa.

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Con la proximidad del año electoral 2027 se agudiza el vértigo en torno al vacío político valenciano. En la política valenciana, aunque nadie lo quiera ver, los fallos graves se suceden por el segmento social y económico de la burguesía. Las clases medias que han aportado la estabilidad a los pueblos y a los países. El País Valenciano es un ente social poliédrico. Ignorar su complejidad plural es un error. Hay un problema de fondo. Los dictados de la política se emiten desde Madrid, desde Catalunya y, en cierta medida, desde Euskadi. Los vascos son pocos, sin embargo tampoco han tenido interés en abrir su cercado. Defienden lo suyo con eficacia y pugnan por abrir alianzas sin empatía y sin ambición. Están bien como están. Madrid y Catalunya en la pugna desigual por la cocapitalidad bastante tienen con lo suyo. Los valencianos, según ellos, lo que tienen que hacer es no molestar.

Factor municipal

Los valencianos, que no van bien. Se sienten vacíos de contenidos satisfactorios para la mayoría social. Es el campo abonado para la colonización del sentir y del bienestar de un pueblo. ¿El País Valenciano es de campo o de ciudad? Las raíces rurales pesan. A la ciudad de València el dinero y la substancia siempre han venido desde los pueblos y las comarcas. Los negocios y las ideas también. El Reino de València se fundamentó en sus municipalidades. Para los retos del tiempo moderno se necesitan cantidades ingentes de innovación, creatividad, cultura, conversión industrial, agroalimentación avanzada, tecnología e incorporación a la era digital. Todo con alta productividad y eficiente competitividad. Comercio visión exterior a tope. ¿El turismo y la eclosión inmobiliaria, de ser gestionados por agentes autóctonos, serán suficientes para  generar el ecosistema necesario que convierta el País Valenciano en zona desarrollada, floreciente, diferenciada y de éxito en  el contexto hispano y  europeo? 

Perfiles para ganar la partida

La política valenciana se distingue por estar municipalizada. Así hemos acabado ensimismados en las disputas entre sectores y ‘provincias’ con una política que se nutre de alcaldes ascendentes y diputaciones convertidas en resortes políticos de partido. En vez de complemento y asistencia en las carencias de municipios o en acciones mancomunadas. Un alcalde de Benidorm, llamado Eduardo Zaplana, acabó liderando el Partido Popular autonómico, pasando por el encierro de Monte Picayo, con el contrapunto  y la animadversión de la exalcaldesa Rita Barberá. Otra alcaldesa de Torrent a temprana edad, María José Catalá, desplazó a la exalcaldesa dolida de la Vall d’Uixó, Isabel Bonig. El alcalde de Gavarda, Vicent Mompó, polifacético y ubicuo durante la dana de 2024, tuvo que replegarse ante el fuego cerrado del Clan de Benidorm, contra su pretensión de encaramarse a la Generalitat, tomada y acariciada por el exalcalde de Finestrat, que le colocó  tiempo después a su pareja en la Diputación de València. Por la izquierda también se asciende por la vía municipal: el exacalde de Morella, el socialista Ximo Puig, presidió la Generalitat en dos legislaturas del Botànic. En la cartera de Economía, el ex Bloc Rafael Climent, conseller de última hora, tenía sus galones políticos adquiridos en la alcaldía de Muro d’Alcoi, donde iba a dormir todas las noches. El exalcalde de Sueca, Joan Baldoví, es líder de Compromís y aspirante a la Generalitat. La escala municipal constituye una catapulta política en los partidos, pero convendría disponer de otros perfiles para diversificar las capacidades de raciocinio y decisión multidisciplinar en la política autonómica. Otro punto débil de la política valenciana. Falta de líderes forjados y preparados. Para gestionar territorio tan decisivo –alguno se lo cree–  a la hora configurar la gobernabilidad estatal: capital Madrid.

De centro a izquierda

Entre la derecha y la izquierda siempre ha estado el centro. Una sociedad completa, si quiere avanzar,  ha de movilizar por igual a todos los estamentos que la componen. Sin dejar a nadie en la cuneta. ¿Los empresarios son la derecha o la derecha engatusa a los empresarios? Recientemente han sonado las alarmas en los foros de la izquierda y ha sido Gabriel Rufián, personaje controvertido de Esquerra Republicana de Catalunya, quien ha asumido la tarea pastoral de aglutinar a la izquierda en torno a su particular tabla de salvación. Ha irrumpido en la política valenciana, a modo de campo de pruebas, probablemente sin conocer el terreno que pisa. Es el error de pasar de Cornellà–cinturón de Barcelona–directo a la Corte Madrileña de la Carrera de San Jerónimo, sin desprenderse de los trucos de vendedor del Corte Inglés. Cada papel en la función política requiere un perfil y sus consiguientes habilidades. Quien lo mandó a Madrid, acertó de pleno. Pero “Madrid es castillo famoso…. ”, como lo bautizó Joan Fuster. Los hábitos de la política capitalina, de amor y lujo, no son fáciles de trasladar a las zonas de Estado español que están cansadas de perder. Es posible que Rufián haya sobrevolado el País Valenciano con un mensaje inadecuado en el momento inoportuno. No sólo para las fuerzas de derechas, por supuesto contrarias, sino también para las desmembradas huestes que se sitúan en el frente de la izquierda. Para sumarse a una coalición, cuando falta tiempo, tan malo es llegar tarde como adelantarse. Puede que Rufián se haya precipitado, donde cree que tiene vivero abonado, cuando su filial doméstica en las últimas elecciones –Esquerra Republicana del País Valencià– obtuvo poco más de cinco mil votos. Escasos para marcar el paso.

Vecindades y huecos

Compromís y Més Compromís andan en ebullición. Escarmentados por la decisión parcial de anexionarse a Sumar. Muy de izquierdas y de las de antes, centrípetas. Poco plurales y periféricas. Con dos mascarones de proa. Mónica Oltra, de Iniciativa, astuta y anticipada que envida por sorpresa a última hora. Joan Baldoví, eterno navegante a Ítaca, que inicia su aventura electoral el 12 de mayo de la mano de la prestigiosa oncóloga, Ana Lluch. El País Valenciano después de decidir lo que es y lo que quiere ser, ha de trabajar la relación con sus vecinos. Con los catalanes mantiene vivo el contencioso entre la realidad empírica, basada en verdad y ciencia y la telaraña tenebrosa de complejos y malentendidos urdida por quien no soporta la singularidad, la tolerancia y el derecho al autogobierno. Autonomía y europeísmo, incluidos. El Partido Socialista Obrero Español tiene claro que su futuro, como fuerza política de Estado, depende de su resultado: municipal, autonómico e hispano, en el País Valenciano. Estrena candidata a la presidencia, que no es menor, del Ayuntamiento de València, en la apuesta menos empática de Pilar Bernabé. Se siente en la duda a la Generalitat, entre la ministra Diana Morant o el aterrizaje de algún paracaidista inusitado, ungido de ministro, de nombre Arcadi España. Persiste el sonsonete del regreso de Ximo Puig. Bien sabido que segundas partes nunca fueron buenas. París, plaza favorable para  enamorados, no es feliz antesala para la brega diaria en el abrupto campo de batalla de un país perplejo.

Empresarios diletantes

La confrontación empresarial y económica siempre fue terreno incierto y resbaladizo para los partidos políticos que quieren mandar sin comprometerse. El PP ejerce la dominación sin éxito. Dejarse acompañar no es lo mismo que pretender la fusión de política y empresa.

‘Manca finezza’, advertía Amintore Fanfani, zorro viejo de la Democracia Cristiana italiana que ahora convive, amagada, con la sibilina Georgia Meloni. En estos tiempos en que Trump ha entrado en torpe confrontación con el Papa León XIV por causa de la guerra, los empresarios españoles han de ir con tiento a la hora de optar entre su preferencia política y los intereses de clase. La burguesía, en Madrid y en València, falla reiteradamente. Sus representantes en vez de fuste imperturbable son de porte fallero y cartón piedra sin consistencia. El recién estrenado presidente de la autonómica Confederación Empresarial Valenciana (CEV), Vicente Lafuente, lleva meses en expectativa de destino. ¿Con sueldo por fin? Sin programa, ni proyecto. Sin decisiones que ya eran urgentes en 2025. Sin inercia para el desarrollo de objetivos, aunque sean básicos, lo único que consigue es defraudar. Duda si ser presidente de la patronal del Metal o de la pretenciosa CEV. Y más grave todavía: ¿va a cohesionar las ramificaciones de su organización? Sectores empresariales de envergadura llevan meses a la espera de su mensaje y compromiso. La vertebración territorial, no por obsoletas provincias, sino por comarcas vivas, es urgente: La Vall d’Albaida, l’Alcoià, L’Horta Sud de la Dana, La Ribera, La Marina, La Safor, La Costera, La Plana, el Maestrat, el Camp de Morvedre, El Vinalopó, L’Alacantí, Els Ports. La Foia de Bunyol, la València castellana de Requena-Utiel, el linaje de Orihuela en la Vega Baja del Segura hasta Villena y Guardamar. 

La supeditación entre grandes y pequeñas empresas –la casi totalidad de las que constituyen el tejido empresarial valenciano– es la prueba de fuego que distingue a un gran dirigente de un pelele

Culpables, los otros

El tiempo para establecer principios de acción, compromisos y alianzas no puede esperar. La supeditación entre grandes y pequeñas empresas –la casi totalidad de las que constituyen el tejido empresarial valenciano– es la prueba de fuego que distingue a un gran dirigente de un pelele. No basta con despejar balones fuera en una comparecencia pública de cara a la galería. Jean Paul Sartre insistía en que “L'enfer, c’est les autres”. Es humano derivar hacia los demás la responsabilidad grave, que hoy tiene el presidente de la CEV recién estrenado. Comience por resolver lo suyo y de los suyos. Después pase a lanzar dardos tramposos y manidos a los políticos de aquí y de allá. Treta agradecida por el auditorio. ¿Lo que corresponde a los empresarios, a la burguesía valenciana, qué? ¿Lo han hecho todo bien? O como no se sabe bien qué decir, la opción fácil es sacudir a Pedro Sánchez y un poco a Juanfran Pérez Llorca.

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