Las pequeñas maldades
“Siempre se dice que cuentan las acciones. Que una persona es lo que hace. Pero no me lo creo.” (El sonido de la caída).
A veces entramos en el supermercado y quitamos la cara como ofendidos cuando nos piden un euro. Siempre negamos con la cabeza, “no llevo”, porque es cierto que ya no solemos andar con calderilla en el bolsillo, aunque de paso también desoímos la barra de pan, el brick de leche que nos piden a la desesperada según cruzamos la puerta. Algún día, por lo que sea, tenemos el alma más esponjada y salimos con un paquete de pamplonés que repartimos como si fuera el Gordo. No es lo habitual, sin embargo. Solemos escaquearnos con vergüenza, tras el móvil o bajo la máscara agotada que nos ponemos para arrastrarnos al supermercado a última hora de la tarde.
Entonces una tarde vamos al teatro, porque para eso sí teníamos dinero, y representan una discusión en escena entre una señora que pide un euro y otra que no se lo da. Y el conflicto, lejos de quedar ahí, acaba en reyerta (qué gran palabra) cuando la señora que pedía agarra a la otra de los pelos y le exige su ayuda. La que no soltaba el dinero acaba por reconocer que en realidad sí que podía habérselo dado, que no sabe por qué se lo ha negado. Se envalentona y dice, entonces, que es mejor no dar limosna, pues debería ser el sistema el que se ocupara de la pedigüeña. Más que la cuestión política, en este caso, lo que me interesa es esa pequeña maldad, aquí reconocida: hacer como que no ves a alguien, rehuir esa mirada y mentir abiertamente. Me llaman, lo siento, no llevo.
Han estrenado hace poco la película que empató con Sirat en Cannes el año pasado. En El sonido de la caída hay un torrente de imágenes preciosas, de sonidos envolventes, de silencios y palabras espesos. Es muy como de arte y ensayo: dos horas y media sin apenas trama no es para cualquier paladar. Al margen de la belleza formal, que es abrumadora, aparecen varias niñas —algunas entrando en la adolescencia— que confrontan con las primeras pequeñas maldades. Las que ven en los adultos y las que les salen a ellas solas. Por esa capacidad que tiene el arte de traerlo todo de nuevo ante nuestros ojos, me recordó a esa obra de teatro que les mencionaba antes. Pensaba en ese paso que algunos llaman crecer, el que va de las primeras mezquindades, minúsculas, a la ceguera voluntaria de muchos adultos, que van por su carril.
Porque las niñas de la película todavía abren los ojos, los abren enormes. Pero a la vez se van deslizando, cada una de las cuatro, hacia ese momento en que las paredes de la infancia se han quedado pequeñitas. Varias son capaces de desear estar muertas para llamar la atención de los demás, de quien sea su cambiante objeto de deseo. Una niña cuenta de forma obsesiva las atenciones que brinda la madre de una familia numerosa a sus otros hijos (un parpadeo es “te quiero”; dos, “te quiero mucho”). Otra asusta a sus hermanos pequeños de la forma más macabra, tal y como juegan los niños, con la muerte siempre como telón de fondo. Se muerden unos a otros para ver quién aguanta mejor el dolor, cuentan con orgullo las heridas. Van estirando los límites. Eso es crecer, casi siempre. Tal vez hayamos olvidado cómo comenzamos a deshacernos de los topes que nos daban seguridad y seamos tan bobos como para suspirar “ah, bendita inocencia”.
Las niñas de la película ensayan su propia muerte, todo el rato, y también su contrario: qué será cuando ya no esté aquí, cuando tenga por fin mi vida
Porque cuando entran el dolor, la muerte, la codicia y el deseo en la escena de la vida empiezan, imperceptibles, las pequeñas maldades. Cada uno de esos primeros pasos, diría, está capturado en la película, también el vértigo y el malestar que producen. Sin embargo, las niñas de la película no lo piensan demasiado. Miran la mosca que entra en el cadáver, el muñón del tullido, los senos perfectos, el helado de fresa. Ensayan su propia muerte, todo el rato, y también su contrario: qué será cuando ya no esté aquí, cuando tenga por fin mi vida. Una vida verdadera.
0