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OPINIÓN

Escapada en los países del este

Temporal en la playa de Xàbia.

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Salimos con prisa, cargamos el maletero a lo loco. Coged una mochila, el pijama y una muda de ropa interior. Vamos, vamos, que ya llega. Ha estado a punto de pillarnos la burbuja: la burbuja de la pena y del invierno. 

Hace un par de semanas escapamos de la ciudad. Llevábamos varios meses sin salir, aplastados por el mal tiempo y de algún modo, también, por lo que una amiga llama el puto pesimismo de izquierdas. Te sientas en un banco o donde sea y escuchas que estamos normalizando vivir en la mierda. Otras veces cazas al vuelo: “Los niños ya no bailan sin grabarse, que te lo digo yo”. Lees alguna noticia de terror: “Only fans convirtió a las chicas de clase media en prostitutas y a los chicos de esa generación en puteros digitales”. Te lo corrobora otra conversación oída al azar: “Antes que currar tantas horas de camarera, prefiero enseñar mi culo en la pantalla: cobro 1000 euros”. 

Esto ha sido un pensat i fet, pero los ánimos se van aquietando según dejamos atrás el cinturón urbano. Los niños también charlan, en el coche. Escucho sus conversaciones: “Imagina qué horror que te persigan en el patio con una rosa y poemas de amor escritos por Chat GPT”.  Otras veces, se plantean dilemas: “¿Te alimentarías a base de plátanos, con el asco que te dan, si con eso supieras que te iba a tocar la lotería?”. Cuando llevamos unos cuarenta minutos de trayecto, empiezan a anunciarse en las salidas de la carretera los pueblos donde Idealista me devuelve resultados —una vez pongo mis filtros de búsqueda—. No es ya el cinturón urbano, sino sus tobillos. Una hora y media o dos en trenes de Cercanías que fallan más que una escopeta de feria.

Comienzan a aparecer, también, almendros en flor. Mi entusiasmo es, tal vez, un poco exagerado. Mirad, son trozos de nube. Exclamo que es como si se hubiera enganchado, en las ramas, espuma de ángeles. Ya no sé ni lo que digo. Conduzco loca de contenta. Me preguntan los niños si voy a señalar cada árbol del camino y contesto que sí. Que por supuesto, dado que ya asoma la primavera trompetera. Ponemos a Lana del Rey para aprender de indolencia elegante. Nos acercamos a la costa, después de pasar la montaña del gigante dormido.

Pienso que yo no he suscrito este trato sórdido: aceptar que esto es lo que hay, que no nos tocará una VPO de lujo ni cesarán los sobresaltos cotidianos, contra un atardecer extraordinario sin móviles ni malas noticias

Llegar a una playa en febrero es un acontecimiento. Especialmente cuando se ha abierto el cielo, después de meses. Y además ha amainado el viento. Los niños salen en desbandada y suben a un barco pirata. Hay una jerarquía bien definida de capitana, contramaestre y grumetes. Antes, nos hemos descalzado y sentido la arena fría en los dedos de los pies. Abro un libro como se abre un claro en el cielo. Aparecen esas nubes rosas que hay en la costa de Valencia algunos atardeceres. Nada llameante, apenas un rosa pálido de ala de flamenco. Pienso que yo no he suscrito este trato sórdido: aceptar que esto es lo que hay, que no nos tocará una VPO de lujo ni cesarán los sobresaltos cotidianos, contra un atardecer extraordinario sin móviles ni malas noticias. 

Por un momento, presiento la lucidez: ahora mismo estamos en el centro de la fiesta. Aunque, dice Juarroz en su poema, “en el centro de la fiesta no hay nadie / en el centro de la fiesta está el vacío. / Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.” Hoy nos ha sido dado llegar a esta última. Tuve esa misma sensación en el teatro, hace una semana, cuando vi El aguante, de Víctor Sánchez. La obra está hasta el 1 de marzo en València, después girará por Castellón y Alicante. Un grupo de personajes la mar de disfuncionales se reúne en una caseta de campo. La iluminación es hermosa sobre el campo de naranjos fantasma. Entre chupitos de cazalla y reproches se dibuja un algo que no les desvelaré. 

Es como comer un bocado extraordinario cuando no lo esperas o quedarte muda delante de un cuadro ante el cual no pensabas detenerte. Cae la noche, sobre esta playa. En el cielo sonríe el gato de Cheshire

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