La Guardia Pretoriana, el cuerpo creado para proteger a los emperadores romanos que acabó decidiendo quién gobernaba Roma

'Proclamando a Claudio Emperador', por Lawrence Alma-Tadema

Ada Sanuy

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Pocas instituciones reflejan mejor las contradicciones del Imperio romano que la Guardia Pretoriana. Creada para garantizar la seguridad del emperador y proteger la estabilidad del régimen, esta fuerza de élite terminó acumulando tal grado de influencia que acabó interviniendo de forma directa en la política imperial. Durante más de tres siglos, los pretorianos actuaron como escoltas, policías y soldados de combate, pero también participaron en conspiraciones, derrocaron gobernantes y contribuyeron a decidir quién ocupaba el trono de Roma. Su historia es la de una unidad nacida para defender el poder que terminó condicionándolo.

Una élite privilegiada dentro del ejército

La Guardia Pretoriana fue organizada por emperador Augusto entre el 27 y el 26 a.C; poco después de instaurar el Principado. Creó inicialmente nueve cohortes destinadas a proteger su persona y la de su familia, una estructura que evolucionó con el tiempo hasta consolidarse como una de las unidades más prestigiosas del ejército romano. Al frente de la guardia solían situarse dos prefectos del pretorio pertenecientes al orden ecuestre, una de las élites sociales del Imperio. Desde sus orígenes, la proximidad al emperador convirtió a los pretorianos en una fuerza diferente del resto de tropas desplegadas en las fronteras romanas.

Ingresar en la Guardia Pretoriana era uno de los destinos más codiciados para cualquier ciudadano romano. Los pretorianos percibían salarios muy superiores a los de los legionarios, recibían generosos donativos extraordinarios cuando un emperador accedía al poder o celebraba una victoria militar y disfrutaban de condiciones de servicio más favorables. También estaban exentos de algunos gastos que sí recaían sobre otros soldados, como el coste del trigo o de parte de su equipamiento. A ello se sumaban ventajas judiciales y recompensas económicas o territoriales al licenciarse. Esta combinación de privilegios convirtió a la unidad en una auténtica aristocracia militar dentro del ejército romano.

Este relieve representa a seis pretorianos con armadura de gala. Procede de un arco triunfal en Roma que conmemoraba la conquista de Britania por Claudio.

La consolidación de su poder se vio reforzada durante el reinado de Tiberio Julio César Augusto (del 14 al 17 d.C) con la construcción del Castra Praetoria, un gran campamento situado al noreste de Roma. Concentrar allí a las cohortes permitió mejorar su organización y capacidad operativa, pero también tuvo consecuencias políticas. Por primera vez, una fuerza armada numerosa permanecía de forma permanente junto al centro de decisión del Imperio. Aquella proximidad otorgó a los pretorianos una capacidad de presión que ningún otro cuerpo militar poseía y les permitió convertirse en un actor cada vez más influyente en los asuntos del Estado.

Las funciones de la Guardia iban mucho más allá de custodiar al emperador. Sus miembros protegían el palacio imperial, acompañaban al gobernante en sus desplazamientos, mantenían el orden público en Roma, colaboraban en la extinción de incendios, vigilaban grandes espectáculos y actuaban como guardia de honor en ceremonias oficiales. Además, cuando los emperadores emprendían campañas militares, los pretorianos podían acompañarlos al frente o asumir responsabilidades de mando en operaciones de combate. Su equipamiento era similar al de los legionarios y participaron en conflictos tan importantes como las guerras dácicas y otras campañas militares desarrolladas por los emperadores romanos.

Cuando los guardianes decidieron quién mandaba

El problema surgió cuando el enorme poder acumulado por la Guardia comenzó a trasladarse al terreno político. Al estar armados, concentrados en la capital y en contacto directo con el emperador, los pretorianos descubrieron que podían influir en las sucesiones imperiales. A lo largo de los siglos participaron en conspiraciones, respaldaron candidatos concretos y contribuyeron a la caída de distintos gobernantes. La fuerza encargada de garantizar la estabilidad del sistema se transformó progresivamente en uno de sus principales factores de incertidumbre.

El episodio más célebre tuvo lugar en el año 193 d.C. Tras el asesinato del emperador Pertinax, los pretorianos llevaron su influencia hasta un extremo sin precedentes: pusieron el trono imperial literalmente a subasta. El cargo fue ofrecido a quien estuviera dispuesto a pagar más dinero a la guardia y el vencedor fue Didio Juliano. Aquella decisión provocó una grave crisis política que desencadenó una guerra civil. El general Septimio Severo, proclamado emperador por las legiones de Iliria, marchó sobre Roma, logró la ejecución de Juliano y castigó a los pretorianos implicados en la operación.

Busto romano de mármol de Septimio Severo, Museo de Arte Eskenazi

La llegada de Septimio Severo marcó una profunda reorganización de la Guardia. Muchos de sus integrantes fueron expulsados y el reclutamiento pasó a centrarse en soldados procedentes de las legiones de frontera. Sin embargo, la influencia política de los pretorianos no desapareció por completo. Todavía desempeñaron un papel relevante en las luchas por el poder del siglo III y principios del IV, demostrando que la relación entre ejército y política se había convertido en una característica estructural del Imperio romano.

El final definitivo llegó tras la batalla del Puente Milvio en el año 312 d.C. Los pretorianos habían apoyado a Majencio frente a Constantino y pagaron las consecuencias de aquella derrota. Tras imponerse en la guerra civil, Constantino ordenó la disolución de la Guardia Pretoriana y el desmantelamiento de su campamento. Con esa decisión desaparecía una institución que había acompañado al Imperio desde los tiempos de Augusto. La unidad creada para proteger al emperador terminaba así su historia después de haber demostrado que, en ocasiones, quienes custodian el poder pueden llegar a ejercerlo.

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