Técnicas de arrastre (para vidas semipreciosas)
Cuando aparece sobre el escenario, el pelo rubio le tapa un poco la cara. Lleva gafas de sol —de aviador—, una americana y pantalones acampanados, rollo setentero. Parece incómodo debajo de los focos. Es Nacho Vegas y va a dar comienzo un nuevo concierto. No sé si a estas alturas hay que explicar quién es este señor o por qué es una alegría nacional y autonómica que haya sacado nuevo disco. Y es que nos encontramos entre dos hitos: la salida de Vidas semipreciosas (el 23 de enero) y el concierto que dará en València (el 26 de febrero). Espero verles ahí a todos.
Si miramos la portada del nuevo disco de Vegas, sale con pelazo. Eso siempre es buena señal más allá de los cincuenta años. La fotografía es en blanco y negro y él tiene las manos así un poco atormentadas, hundidas en la melena. Bien, no surprises. Y, una vez que nos ponemos a escuchar el disco, tampoco muchas más. Ni falta que hace. Cuando llevas veinticinco años haciendo música y además no te has muerto por tus tan manidos excesos, tal y como rezaban todos tus horóscopos, qué menos que seguir celebrando la vida: “con lo poco que somos / lo mucho que lo intentamos”, canta en Alivio.
Siempre recordaremos al primer amigo que nos habló de Nacho Vegas y que al principio este nos pareció un pesado, un tostón, un CANTAUTOR (poque había que reírse de ellos). Pero entonces venía una tristura, un desengaño o algo vergonzoso y se convirtió en el mejor lugar al que volver. No sé a ustedes, a mí me acompaña desde hace veinte años ya. Así que estamos de celebración por este nuevo trabajo de Nacho, aunque no implique una revolución estética à la Rosalía. Casi preferimos que no salga, qué sé yo, como un san Sebastián atado a una columna, asaeteado desnudo, sino que aparezca en el vídeo de Mi pequeña bestia comiéndose unas uvas en un barco. Con la camisa desabrochada. Lo más raro que hace es bailar moviendo un poco el hombrito y las manos en forma de pistola. Queremos tanto a Nacho.
La crítica musical no la van a encontrar en esta columna, porque aquí lo bancamos. Leo que es un disco “imperfecto pero coherente” o lo que sea. Claro que sí, la propia voz de Nacho es imperfecta, por no hablar de la turra que da con ciertos temas y causas que ni les cuento. Pero es que nadie como él para cantar cada vez con más solidez al don de la ternura en tiempos de lobos. Con la lúcida conciencia de que quizás todo placer sea (solo) un alivio, sigue sabiendo cómo cazar momentos únicos en sus canciones: “despunta el alba / veo dorados alfileres en tu espalda”.
Y lo mejor es que hace tiempo ya que desterró el malditismo de sus letras y se hizo a una alegría irónica. A veces un poco salvaje. Yo le compro siempre las llamadas a la acción, como las de Ciudad vampira o Nuevos planes, idénticas estrategias: un conjunto de parias afilando estacas para matar a los vampiros que nos chupan la alegría y que pueden ser los urbanistas o las enormes corporaciones anónimas. Cada uno sabe, pero lo escuchas y quisieras ser parte de alguna de las conjuras de los necios con que se divierte, “siempre a favor de estar en contra”. Cuando los niños preguntan qué es lo que comen las brujas, Nacho nos lo enseñó, hay que decirles con cara gamberra y como para darles un poco de miedo, “leche, galletas y a ti”.
Escucho a Vegas mientras conduzco. Estoy parada en un semáforo y cruza un padre primerizo con su carrito. Lo sé por el brillo que los envuelve y porque él lleva al bebé como quien llevara un botín ligero y semiprecioso, algo que pudiera volarse con un soplo, un diente de león, un cristal finísimo. Del otro lado del paso de peatones sale una señora con pinta agotada, empuja con esfuerzo una silla de ruedas. La anciana que baje de ahí, en su casa, tendrá que ser transportada despacio al sofá. Ese movimiento se llama “transferencia”, técnicamente. Son unos pasitos cortos, hacia atrás, un pequeño tango ridículo y difícil. Acabo de ver dos gestas cotidianas y diminutas, una hecha de luz y otra de sombra.
Todavía le canta al deseo insatisfecho como pocos, pero cada vez con la cabeza más clara, más consciente de todas las variedades de la existencia
Tengo la sensación de que últimamente a Nacho Vegas le cuesta disimular la felicidad y eso en su caso parece una gesta inexplicable. Todavía le canta al deseo insatisfecho como pocos, pero cada vez con la cabeza más clara, más consciente de todas las variedades de la existencia, que Juan Ramón Jiménez resumía así: “el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura”. Vegas nunca obvia la cara B de todo esto, las adherencias y las impurezas (“lo que muere dentro como un secreto feo”), pero le agradezco la generosidad de poner a brillar, una vez más, sus canciones entre fuga y fragilidad. Quién cantará, si no, la belleza de quedarnos a mitad del vuelo y, entonces, poder ponernos a bailar moviendo el hombrito.
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