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OPINIÓN

¡Indulgencia plenaria!

Vista general de la plaza San Pedro del Vaticano

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Fue en septiembre u octubre: entre un pásame el agua y un me alcanzas la sal, en una comida laboral, alguien contó con sorpresa que fue a Roma y que la ciudad estaba petada. Ya había pasado sobradamente la elección del nuevo Papa, así que me descaro y digo que es porque 2025 es año jubilar. A veces está bien saber estas cosas. 

Qué-me-estás-contando. Lo que oyes, jubileo que te veo. No puede ser, pero si eso es muy antiguo. Que sí que sí, digo, que la gente va a ganar el jubileo. Yo creo que es postureo, dice otro mientras insiste en la aliteración y come el arroz del día. Que no, que yo misma he ganado el jubileo otras veces, digo provocando un desconcierto confuso.

Este año que ha comenzado ya no será año jubilar, como sí lo fue el anterior. Imagínense, que lo bueno nos tenía que haber pasado ya en 2025. Más que lo bueno, no seamos bobos, se trata de algo superior: de la remisión de la pena.

Esto parece algo alejado de nuestra experiencia contemporánea, pero piensen cómo sería si pudiéramos remediar o borrar las consecuencias de nuestros errores. Creo que rara vez pretende nadie hacer daño a conciencia; somos más bien, como describía Iris Murdoch con compasión, decent chaps, gente decente que con frecuencia se equivoca.

Pero la teología, ya lo saben, siempre trata de hilar fino y suele complicar las cosas. Se distingue entre el pecado (que puede perdonarse) y la pena que el mismo acarrea, por la que hay que pagar sí o sí, en este mundo o en el otro. Algo así como sus consecuencias. Es decir, que en año jubilar nos ponían más fácil aligerar las cargas, disminuir las penas. Pero si ustedes son lectores preocupados por la salvación de su alma, no se preocupen: habrá más oportunidades. Hasta el rabo, todo es toro.

Ya, pero ¿es que el jubileo se gana? Hablemos con propiedad, que para algunos esto es muy serio. En realidad, lo que se obtiene (o se recibe) es la indulgencia plenaria —o parcial—. Aunque como seres humanos libres, para el catolicismo, debemos también poner el cuerpo: nuestros pequeños méritos. El cabreo de Lutero, la furia reformista, se desata sobre todo por esta cuestión. Qué es eso de que nos vamos restando días de purgatorio si compramos un papel o hacemos no sé cuántos ayunos. Y esta, ya saben, es la eterna disquisición entre la fe y las obras. O sea, entre el poder infinito de Dios y la libertad humana.

No sé si esto les quita el sueño, en las circunstancias actuales. Aunque hay quien habrá ganado el jubileo como quien va al fútbol el domingo, al montonet y por acumulación, también hay gente escrupulosa que se lo mira al detalle. Entonces el asunto se pone más difícil. 

Resulta que no basta con peregrinar a los santos lugares o cruzar la puerta santa (que es una imagen hermosa y ojalá hubiera muchas puertas santas en mi ciudad para cruzarlas todas), sino que debe haber propósito de enmienda, confesión y una serie adicional de requisitos complicados en los que pienso alguna noche. 

Podrán imaginar que el concilio de Trento, donde se pergeñó la respuesta a Lutero, no fue fácil. En el calor de la discusión, algunos llegaron incluso a tirarse de las barbas. El obispo de Cava intervino en 1546 y se alineó con una posición similar a la de Lutero, la de la justificación por la fe: fue posteriormente procesado por la Inquisición.

El amor es pálido y solo, mucho más frágil que las determinadas determinaciones de algunos

Me maravillo una vez más por la tensión extrema con la que vivimos cualquier asunto. Y busco esa definición de Nietzsche del hombre como “cuerda tendida entre la bestia y el superhombre, una cuerda sobre un abismo”. Pienso en la enorme voluntad de poder de Trump, de Putin. Me compadezco de la débil Europa y de sus declaraciones bienintencionadas.

Si en este año que entra todos pudiéramos dar y recibir indulgencias plenarias, no nos quedaría nadie a quien odiar y de quien rajar en el café. Viviríamos en un capítulo de los Teletubbies, pero no hay caso. El amor es pálido y solo, mucho más frágil que las determinadas determinaciones de algunos. Sea por la cuestión de la fe y las obras, sea por las cuestiones de derecho internacional y soberanía, retomo las palabras de León XIV, que pedía para comenzar este nuevo año “una paz desarmada y desarmante”. No parece haber tenido mucho ojo, el papa, y sin embargo. 

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