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Narrativa pionera de Félix Grande

El escritor Félix Grande

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En la segunda mitad del siglo XX, la historia española de la literatura presenta un nombre señero, Félix Grande (1937-2014), que nació en Mérida pero que enseguida pasó a vivir en Tomelloso, pues provenía de una familia tomellosera; su abuelo era allí cabrero. Sobre todo poeta (siempre la poesía queda en primer lugar), fue también narrador y ensayista, muy volcado en el mundo del flamenco. Él pensó, en sus principios, dedicarse a la guitarra, acompañando a cantaores, orientándose, al cabo, por la escritura. Ahora he leído su novela corta ‘Las calles’; no releído, sino leído por primera vez. Este librito (su primera obra narrativa escrita) obtuvo el Premio Eugenio D’Ors en 1965. La primera impresión fue fascicular, apareciendo en 1968 en ‘Cuadernos Hispanoamericanos’, revista que posteriormente comandó él en la etapa democrática española, publicándose en 1980 una edición prologada por Santos Sanz Villanueva.

Yo he manejado el volumen, surgido en 2015, publicado por Carpe Noctem, con epílogo de Pilar Cáceres y Alberto Gómez. Félix Grande fue también muy activo en el mundo literario. Dio a conocer la obra del poeta postista Carlos Edmundo de Ory en una muy nutrida e instructiva compilación antológica, promocionando, asimismo, al primer Antonio Gala. Toda la familia, él, su mujer Francisca Aguirre y su hija Guadalupe, ambas también escritoras, se encuentran enterrados en una tumba del cementerio de Tomelloso. Cuando murió, yo publiqué una necrológica.

Como informan Pilar Cáceres y Alberto Gómez, los fenómenos, o poéticas, conjugados en toda la obra de Félix Grande: lo intimista y lo social nunca estuvieron separados. Un afán autobiográfico, y por tanto testimonial, en primera persona, también persigue su labor. ‘Las calles’ comienza detallando precios habituales que se daban en el mísero Madrid de posguerra que conoció Félix Grande: “Por entonces, cuarenta pesetas daban derecho a cinco cajetillas de ‘bisonte’ (el barato tabaco rubio patrio) o a dos localidades para un cine de reestreno. Esa cantidad no alcanzaba para una comida en un restaurante de segundo orden. Una botella de cerveza de un tercio de litro costaba unas cinco pesetas, en la barra. Se podía dormir por diez o quince pesetas en una habitación en que hubiese dos o tres camas, aunque ese precio sólo era posible a costa de buscar la pensión en la periferia de la ciudad, o en una de las calles más sombrías del interior”. Un oficinista, como el personaje de Félix Grande en la novela, que constituye su propia memoria, no ganaba, normalmente, más de 1.200 pesetas al mes, como mucho 1.500. A pesar de que la acción ya se centra en un país que iba dejando la economía cuartelera llevada a cabo por el Generalísimo, empezando a entrar, a trancas y barrancas, en el desarrollismo.

Pero, con todo, el poeta amaba, aunque había padecido sus rencores, a la ciudad de Madrid, especialmente a sus calles. Cuenta que, al tener poco dinero, y para disfrutar de los modos de la gente de la ciudad, sacaba, por tres pesetas, un billete de andén con el que podía acceder a una estación de tren para asistir “a un hermoso espectáculo, a una auténtica improvisación de la población” de la urbe. Concluye su visita con esta reflexión: “Salgo que la estación pensando que la ciudad es como una madre descomunal que asiste reposada e indiferente a la velocidad de los seres, a la congestión de la actividad, a la formación del destino. Entonces siento por esta ciudad una mezcla de agradecimiento, ilusión y torpeza que me empuja de nuevo a recorrer las calles, como si besara un brazo. Pocos cigarrillos tan sedantes como los que en esos momentos tengo la dicha de diseminar en mis bronquios”.

A veces, en esta narración establece un simple y discreto examen de la aflicción de los pobladores de la metrópoli: “Cuando un funcionario se emborracha los sábados convendría preguntarle por sus recuerdos. Cuando un hombre o una mujer pega una bofetada a un hijo pequeño habría que saber dónde y cómo se encontraba a los veinte años. Todo esto es burdo psicoanálisis o burda sociología, un método sumamente precario en cualquier caso y, sin duda, un material harto informe para iniciar el relato de una desolación”. Refiere que una noche, en la pensión, sintió los sollozos de un hombre ubicado en la cama de al lado de la suya. Concluye: “Acontecimientos como aquel son los que han ido haciendo de mí un hombre que tiene necesidad de escribir”. Esta declaración justifica la escritura literaria en la desgracia propia y ajena. Reconociendo, al instante. que “algunas zonas de mi vida no podían dar otro resultado que el suicidio o el arte”. Resuelve la cuestión aseverando que la vida del escritor puede muy bien derivar en suicidio o en arte. Ya pronto sabe, antes de entrar de lleno en la escritura, “que no puedo hacer otra cosa que me salga mejor que escribir”.

Los que conforman el epílogo de esta obra, afirman, muy acertadamente, que para el paseante de ‘Las calles’ “el movimiento para él es una terapéutica, y lo ha convertido, casi, en una ontología”. Entonces, ese paseante aprende que “la vida consiste en el movimiento, que las ideas verdaderas son las que caminan, que los sentimientos resistentes son los que se rehacen una y otra vez”. Ese movimiento es un recurso salvador de la vida, según lo expone, filosóficamente, Félix Grande. ‘Las calles’, siguen apuntando los introductores de la novela, “es una búsqueda afirmativa de la libertad, entendida como la liberación de las constricciones a las que la vida somete a esa libertad. Ya hemos mencionado la principal de ellas: la pobreza”. La pobreza, enorme verdad, es el principal obstáculo de la libertad.

Un poema suyo de su libro ‘Blanco Spirituals’, “Pasos en la escalera”, es perfectamente asociable con esta novela, sobre todo por su ostensible factor testimonial. Recordamos su primera y última estrofa, que transcribimos en prosa:

“En la ciudad existe una escalera retorcida y tentacular cuyos peldaños son pensiones llamadas económicas; cuartos estrictos con humedad, desconchones, dos, tres camas. Ellos duermen allí su clandestina frustración, se oyen roncar de pared a pared o velar o agitarse, consultan su billetero de badana reunido con una gomita, manoseando retratos y cartas de presentación.

[...]

Buscan, se cruzan, andan sin ayuda de pasamanos, bajan desmenuzando una moneda en apartados inverosímiles, escrutan las páginas de ofertas de trabajo –para ellos el periódico tiene sentido aún sin leer entre líneas-, recorren meticulosos la extensión bárbara del día entes de introducirse en su peldaño junto al papel de cartas, el reloj, el vaso de agua, miran la mesita de noche, se lavan despacio interrumpiéndose entre el jabón y la provincia, toman la medicina más económica del mercado y se masturban solitarios al borde del pañuelo de la nariz para que la vieja patrona no se entere de su miseria“.

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