Lo que el COVID-19 nos puede enseñar para la emergencia climática

Fernando Prieto

Doctor en Ecología. Observatorio de la Sostenibilidad —

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La pandemia del coronavirus, con más de 7.000 fallecidos y unos 180.000 afectados en tan solo dos meses y medio, ha sacudido al mundo entero. La rapidez de la propagación de la enfermedad, la presión que ejerce sobre los sistemas sanitarios y la ferocidad de su impacto en los mercados financieros son manifestaciones inéditas. La situación dista todavía mucho de estar controlada, los impactos económicos y sociales ya están siendo muy importantes y, dependiendo de la intensidad de la crisis, podrían aún ser duraderos.

Hemos sufrido en tan solo unas horas la fragilidad de un modelo que nos ha obligado a estar confinados en nuestros hogares, renunciar a nuestra movilidad, repensar el modelo de trabajo y a revisar las cadenas de producción de nuestras fábricas y de nuestra alimentación. La urgencia y la alarma se han extendido, pero a la vez han brotado iniciativas espontáneas de entre la ciudadanía, ejemplos de colaboración y de solidaridad, sobre todo del personal sanitario, de limpieza y desinfección, etc., exponiendo sus propias vidas y la de sus familias. Merece mencionar también la contribución de las redes sociales y de los medios de comunicación en la difusión de las buenas prácticas contra el coronavirus, así como la de los agentes económicos. La respuesta de la sociedad, en general, está siendo ejemplar.

A escala internacional se han iniciado acciones de colaboración muy contundentes con el inequívoco fin de vencer al COVID-19. Dicho esto, y a falta de una necesaria decantación de los tiempos y de los acontecimientos para formar un criterio y evaluar con la cabeza fría la respuesta de las autoridades a la crisis del coronavirus, se pueden extraer a priori algunas lecciones aprendidas de esta crisis sanitaria global, que en principio parecen asumir la clase política y el conjunto de la sociedad, y que podrían jugar un importante papel en la gestión de otra gran crisis a la que nos enfrentamos y de mayor duración que la del COVID-19: el cambio climático.

Por una parte, la importancia de tomar decisiones basadas en la ciencia. En efecto, los políticos y una sociedad inteligente saben que las decisiones en un asunto trascendental tienen que estar basadas en datos contrastados, hechos reales, evidencias empíricas o, cuando menos, en la mejor ciencia disponible en el momento. Y esta ciencia necesita recursos, una estrategia, personal, etc. Sobre las actuaciones basadas en confrontaciones partidistas, o en intuiciones o en las propias valoraciones personales mejor no opinar.

Otro tema relevante y aprendido para todos y también compartido con la emergencia climática es que afecta a todos, ricos y pobres, a la gente del norte y a la del sur, es decir, es una crisis de alcance intersocial. Es evidente que los ricos intentarán confinarse en sus urbanizaciones o dispondrán de medios de protección que no tendrá el resto de la sociedad. Pero, como nos está mostrando la pandemia, será la sanidad pública la que al final tendrá que solucionar los problemas graves y la que determine exclusivamente en base a criterios médicos la prioridad en alcanzar la UCI o en disponer de un respirador. Al menos queremos pensar que así será.

Las grandes emisiones de los agentes más contaminantes y la emergencia climática nos van a afectar a todos, aunque los más perjudicados serán –ya lo están siendo-- los colectivos sociales vulnerables, los más expuestos a la pobreza energética, olas de calor, inundaciones, temporales o a las sequías, pero nadie se podrá escapar completamente.

Otro aspecto común entre la crisis del coronavirus y la emergencia climática es la importancia de la cooperación internacional y, por supuesto, nacional. Se han logrado actuaciones virtuosas de intercambio de información sobre el virus, de buenas prácticas, de solidaridad con el envío de material médico, se ha compartido la secuencia del genoma del virus e investigaciones y experiencias y potenciado la innovación para buscar soluciones. El visor de la evolución de la enfermedad de la Universidad John Hopkins basado en ESRI es un pequeño ejemplo de todo esto.

En la lucha contra la emergencia climática es también imprescindible la cooperación y coordinación entre todos los países, de ahí la importancia de las sucesivas COP. Recordemos que faltan solo unos meses para la trascendental COP26 de Glasgow, donde se deben tomar por fin compromisos vinculantes para la reducción de gases de efecto invernadero.

Pero un problema que previsiblemente será recordado como la principal carencia en estos dos meses y medio de propagación del virus, y que se repite en la crisis climática, está recogido en el reproche de la Organización Mundial de la Salud por los “Niveles alarmantes de inacción”. De ‘solo’ unas semanas en el primer caso, pero de años cuando nos referimos al clima, según el criterio de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Es decir, hemos dejado pasar semanas en la lucha contra el COVID-19 y años en la del cambio climático sin actuar, con el enorme coste que ello conlleva y cuyas consecuencias ya estamos sufriendo por partida doble.

La OMM, que acaba de publicar su informe sobre el estado mundial del clima en 2019 detalla con datos muy recientes “el aumento de las temperaturas, como síntoma -al igual que el aumento de la fiebre en el caso del coronavirus- de las concentraciones de CO2 en la atmósfera, pero también de los fenómenos meteorológicos extremos, como inundaciones, sequías, incendios y olas de calor, además de la reducción del hielo, aumento del nivel del mar y acidificación de los océanos, junto con una disminución de la cantidad de oxígeno en los mares y pérdida de biodiversidad, de bosques primigenios, etc., detallados en otros informes internacionales, que marcan inequívocamente la necesidad de actuar de una forma rápida y contundente.

La crisis del coronavirus también nos enseña otras lecciones aprendidas y algo menos evidentes. Diferentes indicios señalan que el sacrificio y consumo de animales salvajes, incluso protegidos, en los llamados mercados húmedos de China, sin ningún tipo de higiene, ni medidas sanitarias fue una de las causas de la aparición y diseminación del virus. Sin duda, cerrar los mercados insalubres de especies protegidas en todo el mundo, empezando por China, sería lo acertado para disminuir la probabilidad de nuevos brotes de coronavirus, pero también para proteger la biodiversidad y frenar la deforestación, claves para asegurar el bienestar medioambiental.

La otra cara de la pandemia es que con toda seguridad reducirá las emisiones de gases de efecto invernadero al ralentizar la economía mundial. Y después, cuando logremos vencerla quizá sea oportuno asomarnos al futuro con la experiencia aún reciente de que el ser humano es capaz de demostrarse a sí mismo que hay objetivos comunes y que son alcanzables con valentía y cooperación. Ojalá que el siguiente objetivo que movilice al mundo entero sea el de apoyar políticas de crecimiento verde para solucionar los dos fenómenos principales que amenazan la estabilidad y la prosperidad de la economía a largo plazo: el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. El debate es tanto más acuciante una vez demostrado que después de décadas de la gran historia de una transición “verde” de la economía mundial basada en la buena voluntad individual, algunos impuestos e innovación técnica, no ha sido más que una ficción amable. La crisis nos enseña también la lección de hacer sociedades más resilientes, mejor equipadas, más adaptadas al riesgo y que se tomen más en serio las amenazas. Solo con una perspectiva temporal nos daremos cuenta de lo importante que hubiera sido adoptar a tiempo medidas de alerta temprana y, sobre todo, de actuación radical ante el tremendo reto que se nos venía encima, tanto respecto al coronavirus como al de la emergencia climática.