El mundo no puede permitirse fallar a mujeres, niños y adolescentes

18 de mayo de 2026 07:15 h

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En demasiadas partes del mundo dar a luz sigue estando más asociado al miedo que a la esperanza: una clínica sin electricidad, una enfermera sin suministros, una madre que sabe que dar vida puede costarle la suya. Estos temores no son meramente emocionales; están respaldados por los hechos. Cada dos minutos una mujer muere en el mundo al dar a luz. Cada año casi cinco millones de niños no llegan a cumplir cinco años. Una cifra que aumentará si continúan los recortes de ayuda. The Lancet estima que para 2030 podrían morir más de 14 millones de personas adicionales, incluidos 4,5 millones de niños menores de cinco años, el equivalente a borrar la población de ciudades del tamaño de Abuja, Brasilia o Roma.

La verdadera medida del progreso global no se encuentra en los mercados financieros ni en las declaraciones de las cumbres internacionales. Se encuentra en si una mujer sobrevive al embarazo y al parto, en si un niño es vacunado y está bien alimentado, y en si un adolescente puede crecer sano, seguro y con esperanza. Cuando mujeres, niños y adolescentes prosperan, las sociedades son más fuertes, las economías más resilientes y las naciones están mejor preparadas para el futuro. Cuando fallan, los costes no solo se miden en muertes evitables y sufrimiento, sino en la pérdida masiva de potencial humano.

Por eso, invertir en la salud de mujeres, niños y adolescentes es una de las inversiones más importantes que cualquier gobierno puede realizar. La evidencia es abrumadora. Cerrar la brecha en la salud de las mujeres por sí sola podría añadir al menos 1 billón de dólares a la economía global cada año para el 2040. Cada dólar invertido en vacunación infantil o en salud mental adolescente genera alrededor de 20 dólares a lo largo de la vida —en ahorro sanitario, en productividad, y en vidas que continúan construyendo algo—. Las mujeres sanas sostienen las familias y las economías. Los niños sanos se convierten en trabajadores y ciudadanos. Los niños y adolescentes sanos están mejor preparados para participar en la sociedad, desarrollar medios de vida y construir futuros más estables y prósperos.

Sin embargo, los sistemas de salud en todo el mundo están siendo llevados al límite por los recortes de ayuda, la deuda, los conflictos y la reducción del espacio fiscal. En 2025, la ayuda oficial al desarrollo cayó un 23,1%, el mayor descenso anual de la historia. En más de cincuenta países los trabajadores sanitarios están perdiendo sus empleos y se están rompiendo las cadenas de formación. En algunos lugares, la atención materna, la vacunación y la respuesta de emergencia se han reducido en un 70%. Al mismo tiempo, la salud y los derechos sexuales y reproductivos sufren crecientes ataques políticos, poniendo en riesgo avances logrados tras décadas de esfuerzo.

Las mujeres y las niñas soportan la carga más pesada. En 2023, seis de cada diez muertes maternas en el mundo ocurrieron en países en situación de conflicto o fragilidad. De hecho, una mujer que vive en un país afectado por conflictos tiene cinco veces más probabilidades de morir por causas relacionadas con el embarazo que una mujer en un país estable. Demasiadas mujeres siguen sin acceso a una atención materna de calidad, a servicios anticonceptivos y a servicios reproductivos esenciales. Demasiadas niñas se enfrentan a violencia, discriminación y barreras de acceso a la salud que limitan no solo su bienestar, sino su libertad y su futuro. Cuando los presupuestos se recortan, mujeres y niños son con demasiada frecuencia los primeros en sufrirlos y los últimos en ser protegidos.

Esto no es inevitable. Es una cuestión de voluntad política.

En Sudáfrica, estamos trabajando para fortalecer la atención primaria de salud, ampliar el acceso equitativo a servicios de calidad, invertir en el personal sanitario y construir un sistema más inclusivo que llegue a quienes más lo necesitan. Entendemos que el progreso en salud es inseparable del progreso en igualdad y desarrollo. Una sociedad no puede prosperar si se niega atención a las mujeres, si los niños quedan desprotegidos o si los adolescentes son excluidos de los servicios y oportunidades que necesitan para prosperar.

En España, un sistema nacional de salud público ha proporcionado cobertura universal y una de las tasas más bajas de mortalidad materna e infantil del mundo. Creemos que —con visión, determinación y solidaridad—lo que hemos logrado en nuestro país puede lograrse a escala global. Por eso, la Estrategia Española de Salud Global 2025–2030 sitúa la equidad, los sistemas sanitarios resilientes y la salud y los derechos sexuales y reproductivos en el centro de nuestra acción internacional; y por eso trabajamos para elevar la ambición global en la financiación del desarrollo sostenible y para defender la igualdad de género como un imperativo democrático y de desarrollo.

En la Cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo celebrada en Sevilla el año pasado, a través del Compromiso de Sevilla y la Plataforma de Acción de Sevilla, contribuimos a centrar la atención internacional en la deuda, la inversión sostenible y la reforma de la arquitectura financiera global.

Estas cuestiones pueden parecer técnicas, pero sus consecuencias son profundamente humanas. Determinan si los sistemas de salud pueden contratar y retener personal, si los medicamentos llegan a las clínicas, si las mujeres pueden acceder a la atención de forma segura y si los niños y adolescentes tienen una oportunidad justa en la vida.

También debemos ser inequívocos en la defensa de la salud y los derechos sexuales y reproductivos. Estos derechos no son secundarios ni negociables. Son fundamentales para la dignidad, la igualdad y la salud pública. Ninguna mujer o niña debería ser privada de atención vital por razones políticas, económicas o de discriminación. Ninguna sociedad puede afirmar que valora la justicia mientras tolere la violencia de género persistente o la erosión sistemática de la autonomía y los derechos de las mujeres.

La cuestión que se plantea a la comunidad internacional no es si podemos permitirnos invertir en mujeres, niños y adolescentes, sino si podemos permitirnos no hacerlo. La respuesta es clara. Los costes a largo plazo de la inacción —mayor inestabilidad, más desigualdad, economías más débiles y millones de muertes evitables— son mucho mayores que el coste de actuar ahora. Mayores que el coste de mantener encendida la luz en esa clínica.

Este es el espíritu con el que España se incorpora a la Red de Líderes Globales, que reúne ya a doce jefes de Estado y de Gobierno comprometidos con avanzar en la salud y los derechos de mujeres, niños y adolescentes. Pero este esfuerzo no puede quedarse ahí. Los desafíos son demasiado grandes y los riesgos demasiado altos como para que el liderazgo recaigasolo en unos pocos países.

Necesitamos que más gobiernos den un paso al frente para proteger los servicios sanitarios esenciales, invertir en el personal de primera línea, defender la salud y los derechos sexuales y reproductivos, y garantizar que las reformas de financiación beneficien a quienes más lo necesitan. Necesitamos más líderes que reconozcan que mujeres, niños y adolescentes no son una preocupación secundaria de las políticas globales. Son su mayor desafío.

Este es un momento de valentía política. Un momento para elegir la inversión frente al repliegue, la solidaridad frente a la indiferencia y la acción frente a la complacencia. Sobre todo, es un momento para reconocer una verdad simple: si mujeres, niños y adolescentes no están en el centro de nuestras decisiones, el futuro no será justo, estable ni sostenible. Pero si lo están, un futuro mejor permanece a nuestro alcance.